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martes, 8 de febrero de 2011

8 de febrero de 2011, a las 8.30 de la mañana, el sol a punto de rayar el horizonte, levanto la cabeza y un bando de unas cien grullas se extiende hacia el sureste. Quien ha escuchado su sonido, ya sabe cómo suena. Si pasan justo en tu vertical, y no vuelan muy alto, como es el caso, y el sol asoma en este preciso momento su cabeza roja, y llega Aurora con sus rosados dedos... Entonces tienes que contarlo, aunque sea a la nada de este vacío virtual. Decirlo al eco de un lugar que ni siquiera existe. Al vacío, pues, este envío. El arroyo era de plata y el horizonte, neblina. Azuladas dehesas. En torno, la escombrera donde acaban los restos materiales de una cultura que a nadie importa: vigas, tejas, adobes disgregados, sillas de enea, juncia o funcia, como decían algunos en Monfragüe, cojines tejidos por la abuela, puertas de carpintería y clavos de fragua, ventanas, muebles a trozos... Y también televisores rotos, colchones viejos, sacos, plásticos, juguetes de hace tres años, estampitas, algún cadáver de perro en sudario vergonzante, palets, restos de poda, montañas de tierra y piedras, maderas que se pudren, esprays, bidones, garrafas, botellas, suelas, ladrillos, plaquetas, restos férreos... No podría deciros todo lo que hay en este vertedero, entre el camino, el río y el cementerio. Por suerte, ellas lo ignoran, y bajo los túneles de los motores, y sobre las carreteras que despiertan, vuelan como si aún hubiera romanos caminando hacia África, cartagineses en los puertos de la Hispania, almohades tejiendo tapiales en los vados del Tajo, mayas creando cacao, tomates, pimientos, patatas y calendarios, maoríes orientándose por sutiles mapas de corrientes marinas tejidos con cortezas de árbol?
¿Por qué no pasan sobre nosotros, en realidad, estas grullas? ¿Por qué parecen, como los elfos de Tolkien, imágenes animadas de un pasado remoto, estampas con más vida, como si fueran, ellas solas, inmortales?

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