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viernes, 30 de abril de 2010

LA VOZ DE LAS ESTRELLAS -poema

a pepe C. M., con amor.

LA VOZ DE LAS ESTRELLAS

El helio es la voz de las estrellas

y las estrellas hablan con voces de colores en el cielo profundo;

tienen naranja, azul, blanco, rojo, violeta

ultracaliente

infrarrojos de tierra.

Y nosotros, los pequeños humanos:

¿qué voces tenemos?

ESCRITO A LAS 15. Y PICO HORAS, hora en Spain del viernes, 30 abril 2010. Saturno y Virgo con la luna casi llena. Un besote.

La Asneida es un título, creo, de un largo poema en verso del poeta renacentista del suroeste ibérico Cosme de Aldana, hermano de Francisco. Además de poesía y literatura, otros temas de este blog son: mi diario personal (sic) y "todo por hacer, como pueden ver". Gracias por asomarse a esta ventana.

lunes, 26 de abril de 2010

NOVELA ÍNTEGRA escrita sobre el 2004, cuya última revisión ortográfica y gramatical de la autora y de Word Office fue en abril 2008)

EL PUENTE DE BIZERTE

Nota: amén de la existencia del alfabeto fenicio

y de un par de menciones más, como la palabra SPR

(=escribir, contar) el mundo que rodea al personaje

del pasado es pura ficción.

aleph - Prólogo

SPR... aleph, beth, ghimel, daleth, hè, vau, zaïn, heth...

SPR... Tres letras de un alfabeto que nadie conoce. Tres consonantes de una palabra.

Escribir un idioma que nadie sabe como suena es posible. Leerlo, no. Y sin embargo estas tres letras pueden hoy leerse: escribir.

¿Paradoja? Imaginad los signos trazados con mano hábil sobre la tablilla de cera. O los trazos del suave pincel que dibujan las líneas engrosándolas con nítidos pulsos de muñeca. Recorred con la vista, si tenéis ocasión, los símbolos grabados en piedra casi imperecedera.

* * *

Signos en piedra... Apresuradamente me decido. Escojo al azar una flecha de cuarzo que se ajusta a mis dedos, y raspo con ella sobre la roca que el agua de las primeras lluvias ha lavado aquí, en mi cima que mira al mar. Una letra: allá la línea azul verdosa grisácea blanquecina se finge amatista al cercar una curva arenosa de la costa. Otra: me rodea el sonido del bosque, las encinas perennes cuyas hojas ha lavado también esta noche la lluvia. Y acabo: un charco recién creado se abre entre tallos quebradizos. Esbozo casi descuidadamente, sobre la parda y rojiza superficie, pintada por mil soles, las tres letras que son más una declaración de intenciones que un conjuro, por ahora. Una vez inscritos, durante unos minutos o unas horas, los signos que he trazado con la punta de cuarzo serán el testigo de mi canto. Tiro el improvisado estilo, me recojo, adopto la postura más propicia y más cómoda, mientras busco las sílabas en la garganta. Sílabas... No las que acabo de escribir (escribir) sino otras. Nuevas. Sílabas que yo creo. Herramientas. Mi voz tantea, prueba, cambia, se detiene... Y surgen poco a poco, sonidos que no equivalen a ninguna letra, sílabas que son sólo sonido por ahora, sonido capaz de crear o recibir sentido nuevo, porque nunca se ha usado todavía. Canto o asisto, por mejor decir, al canto. Es algo íntimo entre yo y el espacio que me rodea

Nacieron así, para un solo uso, de algún modo que no podría explicaros más que contándoos cómo lo he hecho, las dos sílabas nuevas que empiezo a cantar hoy, en las que trabajaré hasta componerlas en un tema acabado y empezar a olvidarlas. Mientras juega mi voz, sé que el tiempo se acerca, y vosotros también. Me concentro.

En este aleph de mi canto sobre las letras, mis rodillas unidas al lado de la roca en que he escrito o inscrito su sentido para los lectores voladores del cielo, esperando su augurio, empieza este relato. En mi idioma, ése que nunca conoceréis, en el que sin embargo tengo que hablaros, aleph es el nombre de una letra, el de una medida de tiempo, es el principio del año, es la ceremonia ritual que lo acompaña y es, por extensión, todo principio, incluido el comienzo de un relato.

Mi relato... En él llegaréis a través del tiempo. Atravesaréis el mismo mar que miro mientras canto, pero lo haréis en un tiempo tan lejano que no puedo veros.

(Tiempo, esa oscura palabra que nunca volverá a pronunciarse cuando muera mi idioma... Tiempo, algo que existe para todos igual, al margen del momento y el lugar de nacimiento, y por tanto algo que nombran los idiomas con palabras distintas... Al escribir, le robamos a favor de la memoria. Tiempo, esa oscura palabra... ¿cómo os suena a vosotros? ¿os dice alguna cosa? Tiempo... Verdadera barrera infranqueable.)

Y sin embargo, tengo que veros y, aún más, tengo que hablar con vosotros antes de que el relato termine. Ha de ser este aleph o nunca. Cómo, no lo sé. De algún modo. De algún modo que deben descubrirme o abrir las sílabas que alargo, jugando con ellas en el aire, con la cabeza lo suficientemente alta para usar el tono que llamamos, en mi país, “del cielo”.

(Un país que no es el que vais a conocer cuando desembarquéis aquí, porque el tiempo separa más que los mismísimos océanos del cielo, y hace mucho tiempo que canto o canté aquí…

... para vosotros, para mí, para la tierra que me rodea, para el quebradizo coro vegetal en torno al agua nueva de la primera lluvia con la que empieza el año, para el mar como horizonte y el aire del cerro al que he subido. Cuando lleguéis a él, al punto que ahora ocupo, al lugar en que habré estado, pasará lo que espero. Lo presiento. Lo sé. Canto.)

Y acabo mi canto. Me levanto. Ahora ya sé cómo sucederán las cosas, aproximadamente. De algún modo, vendré en ese momento a recogeros. De algún modo... Para llegar a saber cómo, me llevo en la memoria de mi voz las dos sílabas. Trabajaré con ellas todavía. Lo más tarde, esta noche, ellas mismas me dirán otra vez cómo sucederán las cosas, me abrirán nuevamente lo imposible.

SPR... Mis letras quebradizas se borrarán con las estaciones de esa roca testigo. Sin conmoverla he escrito sobre ella mi prólogo. Pero escribiré en el tiempo lo que sigue, no en la roca. Como una piedra, puede moverse el tiempo con esfuerzo. Con esfuerzo, he de moverlo para entrar en contacto con vosotros.

Distraídamente, mientras vuelvo a casa, imagino qué aspecto podríais tener cuando llegue el momento en que lleguéis. Dentro de mucho tiempo, para vosotros, que he buscado en la corriente de las generaciones por venir, a las que estáis unidos. Para mí serán días.

beth - Capítulo primero: “Impresiones de un viaje

Siguen los primeros mensajes, por correo electrónico, entre XXX e YYY. 1

Estimado XXX:

No creo que hayas olvidado nuestro pequeño trato. Tengo delante el cuaderno. Empezaré a copiar lo que cada uno de los dos escribió entonces, al comienzo de las vacaciones. ¡Vacaciones! En fin, sin ironías. Como quedamos, evitaré los pocos nombres propios que entonces escribimos, Me va a costar descifrar ambas caligrafías, la tuya y la mía, y sufriré por no poder cambiar nada.

Ojalá te arrepientas de haber picado a Larra con la tontería del título. Ya te dije que era mala idea, y ahora que lo leo lamento haberte dejado ponerlo.

Cuando tenga un buen trozo te lo mando. He pensado que no hace falta explicar nada. Simplemente empiezo a copiar, y hasta que acabe el relato. ¿Ok.?

YYY

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Estimado YYY :

Creo que hay que detallar más. El relato, quedamos, sería inteligible para cualquiera, aunque nunca se lo demos a leer a nadie.

Así pues, completo: el relato... ¿de qué?, se preguntaría cualquiera. Creo que habría que explicar que nosotros, como otras personas hacen fotografías (nosotros también) o videos de sus propios viajes (nosotros no) desde que empezamos a viajar juntos (unos seis años atrás, y éste era nuestro quinto viaje de solteros en compañía, recuerdo que el tercer año te echaste atrás y me dejaste colgado en el último momento) escribimos en los ratos que nos deja libre ejercer de turistas, quizás para matarnos el mono de no tener una pantalla a mano durante esos días de asueto. Cualquier día, pensábamos, nos haríamos de un portátil, y se acabó. Mientras ese momento llegara, cada vez que salimos compramos un cuaderno, y cada uno escribe en él lo que quiere sobre el viaje. Al acabar lo fotocopiamos, quedándonos uno con el original y otro con la copia. Y después, acabados ya esa semana o esos quince días en un lugar diferente al que habitualmente ocupamos cada uno el resto del año, reincorporados ya a nuestras respectivas vidas y trabajos, acostumbramos pasarlo al ordenador, lo vamos comentando, y cuando acabamos publicamos tanto el relato como los correos electrónicos que intercambiamos sobre él en el blog donde acaban generalmente, con sus fotos, nuestros viajes.

Éste no va a ser el caso. Nada de publicarlo en el blog. Pero quedamos de hacer lo mismo que otras veces aunque no lo saquemos.

Tras esta explicación, continúo.

En esa discusión a la que haces referencia en tus últimas líneas (discusión o conversación, como prefieras llamarla, que nos ocupó en Barajas parte de la espera previa al embarque) efectivamente decidimos que uno de nosotros (me tocó a mí) empezaría como le viniera en gana, y el otro tendría que imitar el título, forma y contenido del que empezara, pero aportando continuidad temporal.

Nos saliera bien o no, ninguno de los dos supuso que estas páginas absurdas pudieran llegar a tener que copiarse de modo tan formal como acordamos hacer, y hacemos, mediante este documento.

No para el blog, sino para que no se pierda.

A mí, por lo menos, posiblemente me siente bien hablar de ello, más que sentarme solo como un imbécil a recordar lo que pasó. ¿Tú como lo llevas?

XXX

MI IMPRESIÓN DEL VIAJE, 1 (por XXX)

Copio:

“Después de dormir unas horas, madrugón y ducha. Espera en el aeropuerto, avión y turbulencias, nubes, pequeñas siestas y libro, mar, al final la costa bajo el ala derecha.

El viaje es combinado, cosa que ignoro qué significa, si no se refiere a este servicio de recogernos y llevarnos, bultos turistas, a nuestro lugar de destino por obra y gracia de la oferta de viajes organizados. Un folleto con fotos de hoteles nos ha sido otorgado de la misma manera; tras cumplimentar el pago, que incluía viaje, estancia y media pensión, hicimos las maletas el día anterior y arreglamos lo necesario para desaparecer una semana, mágicamente raptados en el avión volador que nos puso los pies en la costa mediterránea.

Por ahora, en la salida del aeropuerto, a la derecha, en la zona habilitada para estacionar los autobuses de las agencias, cemento y las primeras afloraciones vegetales. Las que la tenaz madre naturaleza prodiga aún, por obra y gracia del aire y del agua y de la tierra, en milímetros cuadrados al lado de esta acera, en metros cuadrados de jardines de la avenida que trae al aeropuerto vehículos y humanos.

La temperatura es lo segundo que constato, junto con el trabajo de maleteros eficientes y el que ahora observo: una mujer mayor recoge delicadamente basura con las manos. Me arrepiento de haber arrojado, tomándolo por papelera de cemento, la colilla de mi primer cigarro tras el vuelo movido al mismo contenedor, pensado seguramente para llenarlo de plantas, cuya parte superior ella está vaciando. En el fondo, quedan latas de refresco y arqueológicos restos de envases de PVC, testimonios de otras esperas en el mismo modesto banco que ahora ocupo, tras los vehículos parados.

Mientras se aleja lenta con su carga, aprovecho discretamente para mirarla. Después, para conservar la discreción antes de que se vuelva, levanto la vista y me vuelvo con medio paso y giro a la derecha hacia la luminosidad del cielo blanco y viejo.

Bajo de la acera y camino un par de metros con la cabeza alta. En la cara, en los ojos, el sol se adivina velado pero presente, y la primera impresión que trae el aire es calor y humedades sin bochorno: estamos a mediados de noviembre; la atmósfera está brumosa y limpia, lavada por una lluvia que yo no he conocido porque quizás cayó antes, o la noche pasada. Acabamos de llegar, son las 11 y veinte de la mañana en esta explanada seca donde motores y conductores esperan a que se completen los grupillos que tienen destinados, para repartirlos por sus alojamientos.

Nuestro carruaje, el número tres, nos llevará a unos 60 kilómetros al sur de la capital del país, cerca de una pequeña ciudad turística y costera dotada de todos los servicios, incluida una muy tentadora vía férrea.

Con ganas de mear, vuelvo hacia la entrada de la que hemos salido hace unos minutos, siguiendo la amable indicación del varón de unos veintitrés años sentado tras el ligero mostrador de nuestra agencia de viajes, un mostrador móvil instalado justo frente a la zona de desembarco, aduana y recogida de maletas.

Sin llegar a ésta ahora, tras cruzar por segunda vez en mi vida los batientes de vidrio, oteo al otro lado del ancho pasillo la señal: toilettes, y los característicos iconos de urinarios públicos. Tras una de las puertas, entreabierta, algunas mujeres entre jóvenes y de mediana edad, de pelo castaño, charlan entre ellas en algo que no es castellano, y eso, amén de la forma de ajustarse a las caderas las faldas, me recuerda que estoy en “el extranjero”, es decir, en el vasto océano de tierras y aguas que rodea el diminuto islote mental (y físico) del que provengo.

A mi alrededor, ropa que podría haberse comprado en cualquier supermercado de mi propia ciudad crea aquí una sensación de extrañeza. Testimonia seguramente que, como reza la guía turística que hemos comprado la semana pasada, éste es un país “occidentalizado”, signifique lo que signifique este participio a principios del siglo XXI.

En mi reducido cubículo mingitorio, oigo palabras árabes o quizás francesas matizadas por la satisfacción física del acto que realizo, y también por el liviano descanso mental asociado a tener una barrera entre el mundo exterior y uno mismo. Me mojo las manos tras apretar el botón cromado que hace las veces de grifo, pensado para no desperdiciar el agua si los usuarios salen dejando abierto el flujo de una tubería conectada a las canalizaciones.

Supongo que a esto y a la ropa y a los autobuses, como al propio aeropuerto, a la economía, a la forma de gobierno o a la red viaria del país, se refería el estimable autor. Pero más que la guía deparada por el azar de la librería, busco la primera impresión personal y me alegro de encontrarla al salir, recostada en la pared a la que se abre la puerta de los servicios: indiferente al tranquilo trasiego humano esta mañana de otoño, se enrosca un feliz felino doméstico. Amo los gatos, y me alegro de verlo aquí, en pleno aeropuerto. Donde encontréis un gato cómodo, seguro que también puede estarlo un humano. Y al contrario.

Vuelvo a la parada del autobús, quedan ya pocos minutos de espera...”

MI IMPRESIÓN DEL VIAJE, 1 (por YYY)

Copio:

“Por poco que uno sepa de historia antigua, asocia este país a ruinas y trozos de columnas, dejadas aquí y allá por el imperio romano tras forjarse arrasando a golpe de guerra las poblaciones púnicas. Ampliando un poco la cultura general, asoman para esos siglos (que supongo en torno al llamado rimbombantemente “principio de nuestra era”) asociaciones como Cartago-Salammbô, Cartago-Aníbal, Cartago-elefantes cruzando los Alpes hacia Roma... Eran otros tiempos, y Roma no era un imperio todavía, sino una “cosa pública” cuyo senado oligárquico y patricio sentó las bases de la gran potencia económica y militar que llegó a ser en una edad del mundo que no es ni deja de ser la nuestra: el pasado.

El imperio romano, cuna de occidente: en pocas palabras, control de la población y crecimiento económico de una clase adinerada, cuya movilidad social seguramente no superó, como no lo hace la actual a nivel planetario, el principio del tercio excluso.

Antes de Roma, anterior y diferente, fue Cartago.

En fin, que en pos de la historia antigua, si no lo hace en pos de las playas, las calles, los paisajes o el comercio, llega el turista al país llamado hoy Túnez por su único aeropuerto civil. Llega en pos, más prácticamente, de su hotel en Hammamet para dejar las maletas. Como no es plan de salir por ahí trotando a la aventura hacia unas ruinas que adivina cerradas al público cuando cae la noche en la capital y en la provincia, y como la combinación de mareo y desasosiego en los pies causada por las esperas propia del viaje contemporáneo se traduce rápidamente en cansancio o fatiga, agradezco desplomarme en los sillones de escay que para tales fines ofrece el vasto vestíbulo central del Hotel Marco Polo, que seguramente no pasó por aquí camino de la India, aunque... ¿quien sabe?

El vestíbulo, para este turista en concreto, destaca por lo espacioso a lo ancho y a lo alto. Nada que ver con el hostal-pensión madrileño donde pasamos la noche, sito en un cuarto piso, con un descansillo angosto ante el mostrador donde sestea (si hay suerte) el recepcionista. Sin embargo, el precio es más o menos el mismo.

Dos detalles: la indicación hacia los sillones del personal de recepción, que aconseja un breve reposo al cliente mientras cubre la ficha, y el cóctel sin alcohol con sabor a horchata y frutas que un bondadoso o despistado adolescente con bandeja me ofrece mientras tú haces esforzadamente bulto ante el mostrador donde el encargado comprueba nuestras reservas, cubre nuestras tarjetas de viaje y ejecuta el resto de los trámites necesarios para, finalmente, donarnos en propiedad efímera un lugar para estar y dormir: nuestra habitación.

Cuando subimos, el dormitorio tiene dos camas, un baño grande, un balcón orientado al noreste que da al jardín del hotel. Se ven dos pistas de tenis, palmeras, árboles caducos arrasados por el soplo marino, testigos del invierno que no tardará, y asomándose a la derecha una hermosa breve esquina de mar con cabo al fondo.

Sopla viento de tierra, suavemente, y pasamos el resto de la tarde durmiendo.”

SIGUE EL RELATO DEL PRIMER DÍA (por XXX )

Bien, pues me ha tocado seguir. Olvidémonos del viaje: aquella noche, después de la siesta y el buffet del hotel, donde cenamos, salimos al aire libre rodeando la piscina en forma de corazón (a la que me alegré que no mirara nuestra ventana). Continuando entre parterres por un sendero que empezaba enlosado y con lucecitas y acabó siendo una franja de tierra blanquecina, llegamos desde el jardín del hotel hasta la playa a la que éste (como especificaba claramente el folleto de nuestra agencia de viajes) se abría.

Allí nos descalzamos, y tras rodear un kiosco con hojas de palmera a modo de techado, esquivar (tú, yo tropecé en la oscuridad por mirar hacia arriba) las oscuras prominencias de unas tumbonas (en el cielo nocturno vi más nubes que claros, justo antes de empotrar en ellas mi espinilla) y avanzar prudentemente unos diez metros más, nos mojamos al fin los pies en el Mediterráneo: una masa negra, bullente y fría como el demonio.

Chapoteamos un rato, como habíamos prometido hacer, independientemente de cualesquiera que fuesen las condiciones meteorológicas, la misma primera noche que llegáramos. Es el tipo de votos absurdos que uno pronuncia cuando aún está trabajando, para asombro y befa –posible- del compañero de turno. El que no se olvidará de preguntarte “¿Y qué...? ¿te bañaste nada más llegar?... ¡Estaría buena el agua, ja, ja!”. Yo quería tener, al menos, el recuerdo del agua en mis pies desnudos, a la hora de mentir en ese momento. Que nunca se produjo, pues simplemente bufé por sistema cuando alguien osó mentarme a posteriori este viaje.

Cuando volvimos a la habitación era temprano para volver a dormir, y la decoración bajo la luz eléctrica del hotel no parecía tan acogedora como antes, así que decidimos salir de nuevo después de lavarnos.

Bajo una de aquellas colchas relucientes, mientras el sol se ponía en algún lado, yo me había enredado tres horas de las que sólo recuerdo la alegría de estirarme entre las sábanas después del largo viaje, y un confuso sueño en que pinté al hotel con una arquitectura de patios abiertos y pasillos con arcos. Bajo uno de ellos me aguardaban, vestidas con una mezcla de paños de Fidias y de paños chillones, dos mujeres con un cántaro en la cabeza, mujeres como las pequeñas efigies de plástico que pueden encontrarse en las tiendas hispanas bajo el epígrafe “5 € : Pastoras” en fechas previas a navidades.

La extrañeza de mi sueño consistió en verlas, no colgando de sus ganchos en una bolsita transparente, sino a tamaño real, vivitas y coleantes, hablando en uno de aquellos patios, casi claustros, parcialmente en ruinas, a los que llegaba deambulando en sueños, mientras en alguna parte (posiblemente al otro lado de ese mismo pasillo por el que caminaba al verlas) amenazaba con encontrarme un guardia de seguridad vestido de legionario romano con el que no me iba a entender bien, seguramente...

Estas cosas pasan en los sueños, y aún recuerdo con nitidez que yo estaba allí como cliente curioso, así que de algún modo regresé, en compañía de una de las mujeres (que, según el sueño avanzaba y terminaba, acabó ataviada como suelen las camareras de hotel, con una bata blanca y un carrito metálico para recoger toallas) al pasillo iluminado y alfombrado que era todo cuanto, junto con el vestíbulo de entrada, el ascensor y nuestra habitación, en la que acabé despertando, del verdadero hotel Marco Polo conocía.

Después de esto, soñé también que estaba durmiendo en la habitación, y escuchaba detrás de la puerta – tú no estabas- , las voces de dos mujeres y un hombre, que querían entrar a por toallas, así que me levanté a abrirles, y ahí acabó el sueño y volví a dormir otro rato antes de levantarme... Todo muy normal, el típico sueño de nerviosismo leve después de un viaje, excepto que luego tú me dijiste que nadie había venido a, por, ni con toallas mientras yo descansaba.

Un sueño, y no creo que tenga nada que ver. Después de lavarnos las arenas y la sal, esa noche decidimos salir otra vez.

SIGUE EL RELATO DEL PRIMER DÍA (por YYY )

Sí, tú pasaste la tarde durmiendo y yo leyendo en la cama. Y no vino nadie, a no ser que fuera cuando bajé a tomar una cerveza.

Después de los jardines y la playa del hotel, fuimos esa primera noche a visitar las murallas y el pequeño dédalo de las antiguas callejas de Hammamet, a unos tres kilómetros al norte en la línea de costa. El conjunto histórico estaba iluminado, un nudo blanco tras los muros de adobe. Pagamos a un guía que nos abordó en la puerta de las murallas, apostado bajo el arco de entrada con un par de compañeros frente al lugar en que nos dejó el taxi. Lo normal, supongo, hubiera sido entrar solos. Y sin embargo recuerdo haber sentido que era razonable pagarle, que sólo por haber llegado hasta allí no habíamos adquirido (junto con el billete de avión y la reserva de hostelería pagados a un banco, ni siquiera con las monedas que dimos al taxista francófono que encontramos al salir del hotel) un derecho de vistas y visitas automático. Parecía adecuado rendir ese barato tributo a cambio de un acompañante local que cruzase con nosotros el gran arco de entrada, y nos guiara apresuradamente hasta la siguiente salida del cercado intramuros, pasando por una plaza con el minarete cuyo remate afiligranado subrayaba un tendido de bombillas que creó (la tengo delante) esa extraña luz en la foto que te hice, una diminuta figura en la penumbra a los pies de la torre.

Entre las dos puertas, además de la plaza de la mezquita y de recorrer con nuestro acompañante ocho o nueve de aquellas callejas, donde se nos mostraron un par de portadas con peces labrados en la piedra encalada, una con un cartel cerámico que ponía bains turcs, otra con unas manos, etc., aprendimos también que hay en árabe dos palabras para decir gracias, y retuvimos sólo la forma antigua, que suena como “sucrám”. Recuerdo haberme despedido así del guía, cuando tres esquinas más allá de abandonar la kasbah y empezar a despedirnos conseguimos convencerle de que no queríamos que nos enseñara nada más, ni siquiera un restaurante, entre el tráfico de las dos o tres calles que retenían coches, animación y movimiento a las puertas del casco antiguo.

Volvimos solos a hacer las fotos. Se nos acercaron dos chavales más ofreciéndose a encaminarnos hacia la única tienda de recuerdos abierta esta noche en el interior de la fortaleza. Uno de ellos, tendría unos doce años, se identificó como el hermano de la aburridísima dependienta. La tienda estaba en la misma plaza del minarete, y en general el núcleo de callejas era breve, aunque hermoso allí donde las farolas no restaban magia a la combinación de blancos más o menos grisáceos, amarillentos o azulados en función de la luz.

En resumen, ventanucos estrechos y portales con escasos viandantes en la zona antigua, construcciones convencionales y peatones entre los chiringuitos abiertos de la zona moderna, poco tránsito de coches, aunque cada uno de ellos fuera por sí mismo alegremente ruidoso. Volvimos hacia la parada de taxis, después de oler y oír de nuevo el mar a los pies de la muralla.

Para mí, la noche fue tranquila. No recuerdo haber tenido ningún sueño, ni entonces, ni durante el resto del viaje.

EMPIEZA EL RELATO DEL SEGUNDO DÍA (por XXX )

Yo también dormí bien, pese a la larga siesta. Continúo:

El segundo día decidimos tomar el tren hacia la capital del país. Tras informarnos de horarios y comprar el billete, aprovechamos la media hora de margen para rondar un poco. Habíamos venido andando por la carretera, primero entre hoteles, después entre algunos terrenos de uso indeterminado, y al lado de la estación vimos tras una valla un peludo asno debajo un olivo, con una manta verde doblada sobre el lomo. Desde la estación al centro la carretera se hacía calle de pequeños negocios.

La mayor parte estaban cerrados, pues noviembre es temporada baja para el turismo, y el aspecto general era de entretiempo y descanso, con los habitantes locales volcados en sus propias ocupaciones.

Un taller mecánico, un par de zapaterías, un colmado cuyas cestas con legumbres y especias llamaron nuestra atención, dos barberías... Más motocicletas que vehículos de cuatro ruedas, más aceras que jardines, más varones en grupo que mujeres aisladas, más árabe que francés en los retazos de conversaciones que sorprendimos... No recuerdo nada sobresaliente hasta que se produjo la entrada triunfal del convoy con una de sus ruedas soltando ráfagas de chispas e incluso una breve llamarada, prontamente extinguida por la acción de los cinco o seis voluntarios que, entre los pasajeros que esperábamos, tomaron la iniciativa de formar un corro alrededor del conato de incendio para comentarlo animadamente mientras uno de ellos traía y manejaba el extintor de la estación. En apenas un par de minutos, durante los cuales percibimos más distracción que alarma, el tren se dispuso a reanudar su marcha.

El incidente nos inquietó tan poco como al resto de los viajeros. Estación a estación, las vías atravesaron un país llano y mortecino bajo las nubes brumosas, una comarca subrural de campos de cultivo, cuyo principal accidente geográfico parecían ser barrancas arenosas excavadas por cursos de agua estacionales que cruzaban a veces la vía, y a lo lejos la achatada silueta desvaídamente azul de una baja sierra. Habríamos hecho unos veinte o treinta kilómetros en total cuando un chirrido agónico y el demorado frenazo al entrar en una nueva estación (apenas un apeadero con cuatro o cinco casas bajas y un edificio más importante, que podría haber sido décadas atrás una floreciente explotación agrícola) nos anunciaron que algo, aparentemente más grave, había pasado.

Nuestro francés no es excelente, pero tras bajar nos enteramos de que nos esperaban, antes de que otro tren, o incluso el mismo, pudiera reiniciar su camino, unas dos horas en aquel pequeño apeadero anónimo a unos cuantos kilómetros de la capital del país.

SIGUE EL RELATO DEL SEGUNDO DÍA (por YYY )

Sí, podíamos haber llamado un taxi, o quedarnos sentados esperando en el vagón. Pero cuando viajas está bien dejar que el azar juegue también su papel, y si el azar había dispuesto que pasáramos allí el resto de la mañana, por nosotros estaba bien. Claro que “allí”, como habíamos vislumbrado por la ventanilla, era un término bastante escaso. Apenas dos filas de casas a un lado de las vías. Un camino las dividía, un camino de arena blanca con dos claras roderas, que cruzaba transversalmente las vías.

La mayoría de los pacientes viajeros volvieron a subir al tren detenido, tras haber, como nosotros, bajado a informarse de lo que sucedía. Empezábamos a aburrirnos.

CONTINÚA EL RELATO (por XXX e YYY )[1]

Viendo que no había más que ver, a no ser que alguien abriera por las buenas una puerta y nos invitara a entrar en su casa para aliviar la espera (cosa harto improbable pues el estrecho cruce de calles -aparte del grupillo de viajeros estirando las piernas- estaba totalmente desierto), tomamos el camino.

Un par de críos jugaban con una pelota en la pequeña explanada ante las casas, pero más allá de las vías el recorrido se presentaba monótono, una ocasión para estirar las piernas a media mañana, mirar el cielo sobre el campo aún por arar, desastrado, con hojas secas de matojos tenaces que podrían (yo no sé mucho de cultivos) llevar allí años o meses, y avanzar paseando tranquilamente hacia un horizonte que mostraba pocos indicios de novedades. No recuerdo de qué hablábamos, creo que tú hiciste un par de menciones a la guía, que venías leyendo en el tren, y yo me preguntaba cuándo podríamos tomar tranquilamente un cafecito sentados. Con buen juicio, habíamos optado por desechar los pantalones cortos y las rodillas descubiertas propias del turista playero, acomodándonos lo más posible al vestuario local, pero aún así agradecimos (yo al menos, que tiendo a la timidez por naturaleza) encontrar desierto el paraje.

(...)

Me gusta, cuando viajo, tener ocasión de estar simplemente a solas sobre la tierra que piso, y al fin y al cabo era un continente nuevo, África, el que pisábamos. Al sur, muy lejos, estaría el desierto, y aún más al sur y al este cosas como las fuentes del Nilo, los últimos restos de selvas húmedas tropicales donde viven los gorilas y chimpancés que van quedando, y mucho más allá de la línea del horizonte ancha bajo el sol entrevelado por el vapor de agua concentrado en la atmósfera, todo a lo largo y ancho del continente, campos y paisajes y carreteras y caminos y ciudades y países con todo su pasado colonial a cuestas, y finalmente, en algún punto geográfico siguiendo la línea de mi mirada, se encontraría ese extremo meridional de donde, según esos documentales que uno ve en la tele, partieron los primeros homo sapiens sapiens provistos de nuestra misma dotación genética a darse un paseíto por su trozo de planeta hasta alcanzar Europa y dar fin de (o aparearse con) los últimos neanderthales...

En fin, que caminamos plácidamente unos quince minutos, distraídos. No creo que tenga la menor importancia detallar qué pensábamos, así que por mi parte puedes borrar este párrafo o continuar como te dé la gana...

(...)

El tiempo no pedía mucho abrigo. Hacía sol por encima de las nubes. Me quitaba el jersey para atarlo a mi cintura, unos quince o veinte minutos después de iniciar el paseo, cuando llegamos a una de esas pequeñas cárcavas o cañadas que habíamos atisbado ya durante el trayecto entre el hotel y la estación de tren, y también a través de las ventanillas de éste.

(...)

Un pequeño testimonio de accidente geográfico, sin nombre en ningún mapa, que cruzaba el camino. El resto, quizás, de unas riada unos años atrás, cuando el agua, buscando su propia ruta, lo había atravesado casi perpendicularmente durante unos días u horas bajo el fragor del chaparrón o bajo la calma que lo sucede, excavando el terreno.

(...)

Toda humedad, sin embargo, parecía ahora lejana, acumulada en forma de nube llana y cálida sobre nuestras cabezas. El suelo me parecía seco para estar en invierno. Me entretuve un rato mirando las hojas y los tallos de la vegetación rastrera, los troncos deslucidos de un par de arbolillos, el desnivel del lecho amarillento por el que no corría agua, sino un plástico corroído, y, a medio metro de mi pie derecho, un trozo de neumático deshilachado, alambre recauchutado que se había hecho uno con el suelo y durante unos segundos fingió, antes de que me agachara a su lado, ser polvo o piel polvorienta de serpiente enterrada. El sol había decidido traspasar un poco los velos de las nubes, y me entró cierta tristeza, porque todo parecía, en el trazo de aquel viejo arroyo iluminado, raído, envejecido, arruinado sin esperanza de salvación. Si tengo que decirlo, me entró nostalgia del bareto al lado de mi calle, y me pregunté para qué viajar si todo lo que cabe encontrar parece siempre el resto estropeado de otra cosa mejor... En fin, que decidí fumarme un cigarro, mientras tú avizorabas la continuación del camino que, tras remontar la breve hondonada, torciendo a la derecha, parecía elevarse. Te dije que fueras tirando, y me senté a liar y encender una ración de tabaco.

ghimel - Capítulo segundo

¿Tengo derecho a hacer lo que pretendo? He venido aquí a pensarlo. A mi derecha, el puerto. Me he sentado en el dique nuevo, construido apenas hace tres veranos, que contiene la tierra a mis espaldas. A mi derecha un viejo pescador echa los restos de su pan a las sombras huidizas de unos peces. Le veo de pie contemplar como devoran bajo el agua las migajas, sonreír para sí y resbalar la mirada sobre la superficie, amorosamente, los ojos abstraídos en el ir y venir continuo de las pequeñas olas.

¿Tengo derecho a hacer lo que pretendo? El viejo levanta la vista y se percata de mi presencia.

- ¿No eres tú la medidora del templo?

Asiento con la cabeza. El hombre tiene ganas de hablar, y continúa:

- Este aleph (ya está dicho: así nombra mi pueblo las fechas de equinoccio de otoño, cuando comienza el año y regresan los barcos de largas travesías) es extraño. ¿Has notado tú algo?

Hago un gesto de asentimiento, éste con un sentido diferente, antes de hablar. Intuyo algo.

- El mar (le digo) es lo extraño. Ha empezado su cambio y luego se ha parado. No han llegado los vientos. Se acerca a la playa como si el caluroso tau (la luna coincidente con el pleno verano, de días ardientes y muy leve oleaje) quisiera volver al cielo. Pero no tardará en cambiar. ¿Qué te ha pasado?

- Mi hijo se fue al mar y no ha vuelto. Él... -cabecea en dirección a la línea marina del horizonte, nombrando el mar que se aleja de la costa- ...creo que lo sabe. Y se retiene.

Asiento otra vez. No encuentro nada apropiado que decir. Los viajes de cabotaje, pesqueros y mercantes, son a veces largos. Pero por estas fechas, que marcan el final de los viajes por el cambio de vientos, los que tenían que volver ya han regresado o mandado sus últimas noticias desde puertos cercanos. Dejo sólo que tiemble en mi garganta una sílaba, la tercera de nuestro abecedario. Él entiende el mensaje y lo agradece. Entre nosotros se usan así a veces los sonidos, y esta tercera sílaba, tal y como la he pronunciado brevemente, es la mejor compañera que conozco para un dolor reciente sin arreglo posible. Él continúa:

- He venido aquí para decirle -cabecea en la misma dirección, hacia el mar- que ha pasado demasiado tiempo. Él tiene que volver a fluir y liberarse. El hijo no volverá. Y ya es tiempo. Hasta los peces del puerto, que son como gallinas, están inquietos. Quería darle también las gracias (el cabeceo vuelve y los ojos del viejo están llenos de lágrimas) por intentarlo.

A mí también me invade la congoja. El viejo habla del mar como de un perro fiel que desea servirle, y... ¿quien soy yo para contradecirle? Mi única hija murió hace once años de una enfermedad absurda, y cuando la enterré me dijeron que hablé la noche entera con un árbol del jardín bajo el que ella había dormido por última vez (era primavera) su siesta, diciéndole solamente los nombres que a ella le ponía. El viejo, como yo aquella noche, podía delirar ahora, pero aún recuerdo que eran sus ojos, los de mi niña, los que ponían blanca la oscuridad sin luna, y las palabras que nunca más pronunciaría eran las que subían por la savia del manzano con los brotes nuevos.

Pero el viejo sufría a mi lado. No debía quedarme callada.

-¿Quieres oírme?

Era el turno de él para asentir, con un lento movimiento que dejó su cabeza enterrada en sus hombros, escuchando. Tomé aliento, y empecé a entonar la única canción apropiada que se me ocurrió en ese momento. La había oído por primera vez a una mujer que venía del este, desde Kìrne, y ahora adapté poco a poco las palabras del canto hasta repetir, para acabar, el mismo verbo que él había empleado para referirse al mar: fluir y liberarse, una sola palabra en nuestro idioma, que se utiliza tanto para el agua que corre como para el animal que se desata de nuestras cuerdas y vuelve a su primera naturaleza, abandonando un rebaño o un cercado.

La repetí varias veces, no recuerdo cuántas. Mezclé el verbo con la palabra lágrimas, para indicar que ellas también podían fluir y liberarse ahora en nuestro pecho. Hablé, como hacía esa canción, del viento que nunca dejará de soplar con todas las estaciones, y del año que empezaba, a cuyo final, al final de todos los años, volveríamos a encontrar a los seres queridos. Hice, en fin, cuanto pude para dar cuerpo y sonido al sentimiento del hombre, hasta acabar transformando mi canto en uno de los trozos de melodía más repetidos entre nosotros, una antigua acción de gracias por lo que se ha tenido y jamás se puede perder, porque nos pertenece plenamente. Y mientras cantaba, comprendí que el hombre era capaz de desear que el mar retornase a su propio movimiento, aceptando que el hijo fuera ya un cadáver devorado por los peces, derivando en lo profundo para nunca volver. Y le admiré por ello. Así era como debía sentirme yo, quizás, haciendo lo que hacía.

Quizás sí, quizás no. Pero el signo estaba ahí.

Sentí el poder en mi garganta, pero no lo utilicé entonces. No quería mezclar las cosas. Era un duelo y quizás una acción de gracias del hombre hacia el mar, no mi propio empeño, lo que aquí junto al agua del puerto se cantaba. Si el poder debía reaparecer, lo haría. Y si no... Dejé que la última sílaba cesase sola, acompasada a la respiración de él, que se había hecho cada vez más ruidosa, hasta que los sollozos sacudieron sus hombros. Me levanté.

- ¿Dónde vives?

Él me miró, incapaz de hablar por ahora, pero indicó hacia las casas que remontan la primera colina. Lo más suavemente que supe le puse una mano sobre el costado, detrás del corazón, y le ayudé encaminándole muy despacio de vuelta hacia el hogar. Por cómo había hablado, estaba segura de que tenía más familia, y era el momento de que se reuniese con ellos. No parecía haber comido mucho los últimos días, y quizás ahora, después de haberse desahogado, podría volver a hacerlo. Le vendría bien. A esa edad, como le ocurrió a mi propio abuelo, algunas personas mueren antes de tiempo porque, como quien dice, se olvidan simplemente de comer, bien por un pesar o incluso, en los casos más tristes, porque una gran alegría interrumpe su ritmo habitual.

Guiándole como a un ciego, pues parecía incapaz de esquivar las piedras ni acomodar los pies a los irregulares escalones del sendero polvoriento, fui acompañándole hasta llegar al umbral del pequeño patio, compartido, como se hace generalmente entre nosotros, por familias a menudo emparentadas o unidas por otros lazos.

Allí salieron una mujer y su hija a recibirle. Aunque el hombre aún no había recuperado la palabra, tomó un gran sorbo de la escudilla que inmediatamente le tendieron. Me fui después de los primeros saludos, pretextando los deberes del templo, antes de que se iniciase una de esas ceremoniosas conversaciones a las que somos tan aficionados los habitantes de esta ciudad, conversaciones que pueden, entre invitaciones a comer, beber, descansar, dormir, ver a los niños, visitar a los parientes mayores que apenas salen del recinto familiar, e intercambiar interminablemente nombres de posibles conocidos, de personas, sucesos o lugares comunes, durar muchas y largas horas, hasta asegurarnos de haber repasado educadamente todos los posibles nexos de unión con la persona a la que recibimos. Por suerte, uno de los primos de la segunda familia, casado precisamente con la hija de la cuñada del anciano pescador, ya difunta por cierto, me rescató antes de que pasara demasiado tiempo. Entre unas cosas y otras (tenía efectivamente que preparar varios asuntos en el recinto del templo), mi tiempo de meditación parecía haber concluido cuando salí de aquella casa. Sin más reflexiones, di por bueno el signo del encuentro casual con el anciano.

La sílaba que pronuncié para él era ghimel, y dicha en su sentido de comprensión, amistad, cariño, aceptación, acción de gracias, duelo... Y sé que esa mezcla de sentimientos eran la única respuesta que recibiría a la duda que llevaba dos años albergando mi corazón, desde que la extraña idea empezó a tomar cuerpo.

¿Tenía derecho a llevarla a cabo? No sabía si lo sucedido era un sí o un no. Pero los sentimientos convocados parecían más bien afirmativos.

Comprensión de lo que iba a suceder, amistad hacia todo lo que amo, cariño hacia mis gentes, aceptación de lo necesario, acción de gracias porque ése es siempre un buen sentimiento para emprender cualquier cosa, y, finalmente, duelo.... Sí, esto era lo apropiado, eso era todo lo que necesitaba, eso todo era lo que debía sentir si seguía adelante, y el simple hecho de sentirlo era, al menos para mí, indicio suficientemente claro.

Sería este aleph. No debía demorarlo más. De hecho, ya lo había empezado. Ya había escrito spr en la roca y el aire la mañana del agua.

* * *

Acabé el día como pude, entre las nuevas telas, los problemas repetidos con uno de los pesos de la carne, y finalmente, al caer el sol, la preparación del recinto entero para la próxima ceremonia pública del aleph de este año.

Ante la sorpresa de mis dos ayudantes, mis indicaciones fueron más allá de las necesarias para preparar un fin de aleph cualquiera.

Eran, y había preferido guardar el secreto hasta ese momento, en que la rareza de la fiesta de este año transcendió a ellos ( y después se iría extendiendo por la ciudad adelante) instrucciones para celebrar y propiciar algo más que un cambio anual. La celebración se ocuparía del cambio de un ciclo entero, el giro de un aleph cósmico: un misterio que ninguno de nosotros, ni ninguna otra persona recordada del templo o de la ciudad, habíamos conocido antes. Parte de una casi olvidada tradición, puesta por escrito hace ya mucho tiempo.

Pero mi decisión era clara, y así lo percibieron ellos, poco a poco. Pese al ajetreo de los preparativos y pese a mis propias preocupaciones sobre la legitimidad de lo que había emprendido, no pude por menos de reírme con ganas ante las caritas que, según captaban la importancia del momento, se les iban poniendo a ambos.

Al final de la jornada, cuando nos despedíamos agotados, los dos me miraron con la misma pregunta. Cuando me cansé de reírme (al fin y al cabo, ya que cargo con las decisiones, bien puedo permitirme estas pequeñas alegrías) les dije sólo, antes de salir precipitadamente, que mañana o pasado como muy tarde tendrían que ocuparse hasta de la última de las máscaras del templo. Algo, por cierto, que llevaban tres meses posponiendo… Y es que preparar máscaras es un trabajo lento y paciente. Y ahora, se enteraban de que necesitaríamos todas y más para la última noche de las fiestas. En ese momento, para celebrar el aleph cósmico, todos los participantes debían tener (en el mismo momento, al acabar el último canto ceremonial de la fiesta) una máscara puesta en perfecto silencio, en todos los lugares donde se encontrasen. Si no había máscaras suficientes, éstas se distribuirían por grupos y, en cada grupo o pareja, la persona que no pudiese llevarla puesta cerraría los ojos si quería participar del momento. Luego acabaría la parte solemne y recogeríamos las máscaras que no se hubiesen roto. Esto (pues de cómo iba a desarrollarse el resto de la celebración no tenía ni idea por ahora) fue todo lo que les dije a modo de instrucciones. Y también que seguramente yo no pudiese ayudarles ni a repartirlas ni a recogerlas.

Canto de todas las máscaras... Como flordecactus y ponto sabían perfectamente, esa prescripción, que figura más o menos con las mismas palabras que yo utilicé en una tablilla de terracota que ellos conocen, pues la han analizado más de una vez en sus estudios, había sido amorosamente transportada hasta nosotros entre otras narraciones, listas de hechos y cuentos y leyendas de levante a poniente a lo largo del tiempo y a lo largo del mar que media entre las tierras, por copistas y barcos fallecidos hace ya muchas generaciones.

Los dos tragaron saliva y me miraron como lo suelen hacer cuando tengo una idea nueva. Y como un aleph cósmico es, en nuestros días y para muchos, poco más que una tontería, calculo que seguramente también se preocuparon por mi salud de los últimos tiempos, o por los efectos del exceso de trabajo en algún otro miembro del equipo directivo del templo. Un grupillo de cinco o siete personas, más o menos flotante según las estaciones y los viajes de estancia y estudios entre templos; un grupillo en el que tenemos, es verdad, algunas personalidades más o menos dispersas... Pude leer en sus ojos un par de nombres propios, candidatos a haberme propuesto realizar tal absurdo.

Pese a que a menudo aciertan, ahí se equivocaron. Ésta, celebrar con todas sus consecuencias el final de un nuevo ciclo cósmico este preciso año de mi vida y las suyas, es una decisión que he tomado, en ejercicio de mis atribuciones, sin consultar con nadie. Para bien y para mal, yo soy la única medidora del templo, del tiempo y del espacio en esta ciudad.

Además, por motivos que cualquier miembro de cualquier equipo directivo de cualquier grupo humano puede compartir y comprender, les dejé por ahora con la duda. Ya habría ocasión de hacer aclaraciones cuando esto acabara.

* * *

Y sin embargo, pese a lo ocupado del día, tuve tiempo para ocuparme de vosotros también. No sé, quizás fui efectista... Efectista... ¿Existirá en vuestro idioma esa palabra?...

En fin, no tiene importancia. Además, si vais a ser nuestros descendientes, de algún modo, tendréis al menos ciertas nociones de teatro, y posiblemente de otras artes y representaciones que ahora ni me interesa imaginar.

(No debo pensar más en esto. Hacerlo sería imitar a aquel que quería criar caballos sin haber visto nunca un potro...)

daleth - Capítulo tercero

CONTINÚA EL RELATO DEL SEGUNDO DÍA: lo que pasó durante el paseo y después (por XXX)

Después de dejarte en la exigua cañada bordeé durante unos metros, siguiendo el camino, una ladera pedregosa, sin arbolado, donde la erosión parecía haber hecho estragos... Pero no quiero ni recordar el estado mental en que volvimos al apeadero. Sigue tú.

CONTINÚA EL RELATO DEL SEGUNDO DÍA: lo que pasó durante el paseo y después (por YYY)

¿Lo que pasó durante el paseo y después...? ¡Vaya título!... Prefiero empezar por el después, cuando ya estábamos en el vagón de vuelta, sentados en nuestros sitios justo a tiempo, pocos minutos antes de que el tren empezara a moverse...

Allí (quizás fue por el susto y la incomprensión de la reciente experiencia) me dio auténtico miedo que hubiera tanta gente. Auténtica paranoia, como diría ese hermano tuyo, no me acuerdo su nombre, que nos fue a esperar al aeropuerto hace dos años, el del peinado.

Todas las miradas me parecían malintencionadas o extrañas, como si lo que teníamos por dentro no fuera una procesión interna de enorme desconcierto, sino algo visible e inocultable que giraba sobre nosotros, señalándonos como algo más que unos simples turistas extranjeros. Recuerdo que en un momento dado me entró una pesadez y un cansancio tan grandes que me adormecí, con la cabeza cayendo como podía entre los hombros hasta dar con el aire y despertarme asustado. Me sentía en una de esas películas de devoradores de hombres, como si en cualquier momento la gente que nos rodeaba estuviera pensando en levantarse de golpe y echarse sobre nosotros, y también, después de otra cabezada, como si el propio tren (que no avanzaba sin embargo a velocidad de vértigo) se hubiera desbocado y estuviéramos a punto de caer a algún tipo de abismo en que pereceríamos sin remedio.

No sabes cómo agradecí que de pronto (llevábamos unos diez minutos apenas sentados jadeando en el vagón traqueteante) empezaras a hablar frenéticamente, diciendo que teníamos que ser racionales, y que lo primero era tranquilizarnos y alegrarnos porque no nos había pasado nada malo.

Ignoro a qué te referías, como no fuera a que no habíamos perdido el tren, ya que para nuestra experiencia reciente en el camino me parecía una expresión bastante inadecuada. Pero me sentó bien que lo soltaras con tal aparente seguridad. Además, continuaste con el mismo aplastante aplomo, teníamos que bajar en la estación de Túnez, como habíamos acordado (ahí fue donde me di cuenta de lo de “frenético”), y buscar un sitio donde reflexionar tranquilamente....

Esto último ya lo dijiste con menos tono de que tales simples acciones podían ser la repanocha, y además panacea de todos nuestros males, en otras palabras con bastante menos seguridad en la voz, pues se te iba acabando el tono de “tenemos que arreglar esto cuanto antes haciendo exactamente esto que digo....”, que tan bien te conozco de otros viajes.

En este caso no te valió de nada, creo, pues al terminar de tomar tales decisiones te echaste atrás nuevamente con el desánimo pintado sobre el cuerpo, exhalando un poderoso bufido. El paisaje casi urbano se movía detrás de las ventanillas del tren, una señora dormía plácidamente dos filas más allá, y los dos sabíamos que no había mucho que reflexionar, si no en cómo y porqué era posible que nos hubiera ocurrido lo que nos acababa de ocurrir.

(…)

La sensación generalizada, en torno nuestro, en los asientos contiguos donde varias cabezas se levantaron para mirarnos mientras seguíamos hablando (algunas no se habían apartado de nosotros desde que subimos atropelladamente al vagón), debía ser exactamente la real: que llevábamos poco tiempo en el país, y que ahora mismo no nos estaba gustando nada, pero nada, la experiencia vacacional.

Y deberías reconocer, para hacer justicia a la exquisita actuación de los viajeros del tren al que volvimos jadeantes, sudorosos, despeinados y con evidentes síntomas de shock, que tuvieron exactamente el único término medio que necesitábamos: las reacciones oscilaban entre el interés por si nos pasaba algo grave, el desinterés suscitado por nuestra evidente falta de modales, y la simple simpatía.

Si no hubiera aprendido más, posteriormente, sobre la historia y la fertilidad lingüística de Túnez, me maravillaría todavía ante la facilidad para los idiomas que derrocharon nuestros dos vecinos de enfrente, sentados casi rodilla con rodilla con nuestras propias y temblorosas rodillas, que se despertaron con nuestra combinación de angustiados cuchicheos y grititos histéricos, y temieron sin duda otra incidencia antes de entrar en la capital del país y abandonar los cómodos asientos. Cuando se hubieron asegurado de que aparentemente no les invadían otra vez las huestes de Carlos V ni iba a haber muertos o heridos en el vagón por alguna catástrofe próxima, nos preguntaron si necesitábamos algo, si había previstas más detenciones o retrasos (la conversación fue una mezcla de inglés, francés y español), y, una vez que se aseguraron de que estábamos bien miraron por la ventanilla, cabecearon quince minutos más, y, percatándose de que ya cruzábamos los últimos tramos de la comarca urbana, empezaron a levantarse después de saludarnos y avisarnos de que habíamos llegado. Descendimos tras ellos en el populoso andén de la estación central del país.

(…)

Y así nos encontramos mirando libros en un comercio cercano a la estación. No sé ni porqué entramos. Supongo que hubiéramos podido ir una biblioteca, pero no se nos ocurrió.

(…)

Lo de la librería, se podría decir, fue una solución de urgencia. Íbamos por la acera, buscando algo parecido a una cafetería, tasca, bar o similares, donde sentarnos a hablar de lo que había pasado, y entonces la vimos y entramos, separándonos como dos clientes normales que vienen a hojear. Pero no estábamos precisamente normales. Cuando me acerqué a mirar sobre tu hombro, permanecías en perfecta inmovilidad ante un estante de libros religiosos en árabe, en una actitud de adoración que debió conmover al dependiente, que no había dicho ni pío cuando irrumpimos ni dijo nada, aparte de un precio y una despedida, después.

Pasaron unos minutos, que ocupé desechando guías de turismo en varios idiomas, cada vez más seguro de que no iba a haber un capítulo sobre “experiencias paranormales que se pueden tener en Túnez”, situado entre la información turística y el parágrafo “algunos teléfonos de interés”, luego fuiste tú quien rompió el silencio.

Evidentemente, la contemplación de los libros te había producido una especie de trance mientras yo meditaba, en cuclillas al lado del mostrador, hojeando sin ver lo que leía. Meditaba en que, de existir, la única información que nosotros necesitábamos en ese momento se encontraría más bien en un tratado de psicología práctica –pero tenía que ser realmente cojonudo y, además, estar escrito en un idioma más comprensible que el tomo alemán de fotografías que sostenía entre las manos-.

Como decía, unos minutos o segundos después tú saliste del trance en plan “aquí no ha pasado nada”, lo que me provocó un nuevo pánico: el de haberme vuelto yo solo loco, puesto que tú evidentemente habías perdido, o recuperado, la razón.

- “Matrilocal”, tío, este libro es terrible... – Dijiste con toda naturalidad, mirando el libro que tenías abierto sobre el antebrazo, y luego en el mismo tono casual me soltaste un: -¿Qué tal va eso?...

¿Qué contestar?... En pleno delirio post adrenalítico, ni medio recuperado de la impresión recibida, no consigo recordar ni qué te dije. Se me estaban mezclando las palabras con una especie de mareo retroactivo. Tenías un libro inglés de antropología en las manos. Los dos miramos entonces alrededor y percibimos la existencia del dependiente. Detrás de una puerta que salía de la librería se oyó una voz en árabe. También era normal el tráfico en la calle, una transversal de la avenida que tomamos al salir de la estación. Seguimos mirando libros, hasta que encontramos el que tenía la foto de la máscara, que tengo encima de la mesa mientras escribo. En él apareció la única información que en ese momento nos pareció relevante. Era un pie de foto, y decía así:

“Fragment d’oeuf d’autruche découpé et peint en forme de masque provenant de Carthage, Tunisie, VII –VI siècles av. J.-C. 10 cm. Musée de Carthage.”

No era exactamente como el que habíamos visto, pero se parecía bastante. Se parecía mucho. Se parecía incluso demasiado.

CONTINÚA, Y ACABA POR AHORA, EL RELATO DE ELLA

Regresé a casa desde el templo, pensando en eso. En si habría servido de algo el principal esfuerzo del día: buscaros. Y ya en mi propio umbral, saludando a mis matas de verbena, decido que sí, que sí habréis podido apreciar, a fin de cuentas, si la mía ha sido una puesta en escena demasiado efectista, o, al contrario, demasiado sutil, inefectiva.

Esperaba que ni lo uno ni lo otro. Ni demasiado ruido para distinguir los frutos, asustándoos meramente por su extrañeza, ni tan convencional que no os diga nada. Ambos extremos hubieran inutilizado el esfuerzo que realicé esa tarde para llevaros dos objetos que pudieran ayudaros: ser, para vuestro propio pensamiento, pistas.

Y es que yo quería, de algún modo, prepararos. Vuestro pensamiento sufriría mucho, estaba casi segura de ello, por lo que estaba a punto de intentar con vosotros.

Ha funcionado, o eso creo. Pero me siento mal. No sé si tengo aún el tiempo en mis manos, pero sí lo tengo en el triste polvo de la tierra que llevo, como recordatorio, en el rodal de la falda, en los pies y en las sandalias. Salí del templo al mediodía un rato, dejando a mis dos ayudantes contemplando con desmayo la lista de las “cosas para preparar hoy” que les di al volver del puerto en la habitual tablilla de cera bermeja, tabla donde lo único que no cambia, desde hace nueve meses, son sus dos nombres inscritos en lo alto. Flor de cactus y Ponto, un nombre de origen griego, como mi segundo ayudante. Llegaréis a conocerlos, espero.

Me había llevado una de las máscaras del templo y un trozo de huevo de avestruz recién traído. Un par de horas después, salí de nuevo a recuperar la máscara, una de las que se van a utilizar en el festival mañana. Flor y ponto ya se afanaban cada uno por su lado. Esta noche, después de acabar lo suyo, no me extrañaría que acaben anticipando los jolgorios del festival de mañana. Los días de la fiesta de otoño son siempre una ocasión para santificar, como se hace generalmente otras cuantas veces al año, también la concupiscencia. Por mi parte, no he quedado con nadie para ello. Bastante trabajo tengo por delante.

CONTINÚA EL RELATO DE ELLOS (por YYY)

Sí, recuerdo que te dije, lo primero después de entrar:

- Matrilocal, tío, este libro es terrible... ¿Qué tal va eso?...

Después del agobio del tren, la librería que encontramos a tres calles de la estación central sonaba y se sentía como un templo. Mi susurro, es verdad, resonó como un cañonazo en las dos pequeñas habitaciones silenciosas, al fondo de las cuales había una puerta, donde al entrar habíamos vislumbrado fugazmente a un hombre hablando con un muchacho sentado ante lo que parecía un escritorio, luego la puerta se cerró. Pero aunque angustiado, yo no estaba en trance, ni había perdido la memoria. Sólo me sentía como si no hubiera sido yo el que pronunciara esas frases, sino un primo hermano mío en una librería de Madrid, de Londres, de Castellón, de Barcelona, de Cáceres... de cualquiera de los muchos lugares que conocía donde me parecía improbable que nada de lo que nos acababa de ocurrir el segundo día de vacaciones nos hubiera en realidad pasado. En otras palabras, me hubiera gustado ser aquel primo mío, en el sentido de estar en un negocio de mi país con un libro en la mano, y decir algo simple sobre el texto que hojeo.

La librería... Esa parte sí que se me quedó grabada... Debía ser por el silencio que había allí, bendito Túnez en noviembre del año dos mil dos desde que nació cristo, fuera éste el año que fuera, un país sin hilo musical en los putos locales.

Y creo que es mejor dejarlo, estoy cansado ahora. Sólo decir que no creo que esos libros nos ayudaran mucho. Pero el fresquito y la tranquilidad, seguro. Salimos, de todas formas, con una bolsa y el libro con la foto de la máscara, una obra de varios autores escrita en francés sobre fenicios, con una hermosa imagen azul en la portada·.

Diccionarios al español no tenían, lógicamente.

CONTINÚA Y ACABA EL RELATO SOBRE EL SEGUNDO DÍA, entre retazos del cuaderno e intercambios, más o menos breves, de mensajes

Debemos volver al cuaderno. Nos estamos desperdigando y ni siquiera hemos contado en realidad lo que pasó ese día.

(...)

Estoy de acuerdo, pero me da repelús copiarlo. Hazlo tú.

(...)

IMPRESIONES DE UN VIAJE, SEGUNDO DÍA (por XXX)

“El sendero que tomamos al salir de la pequeña estación ascendía ligeramente desde el llano de un campo cultivado y, después de cruzar el somero barranco donde tú te quedaste sentado, bordeaba una ladera pedregosa haciendo una curva. Avancé unos cincuenta metros, vi un pequeño muro derruido que podía haber sido un límite de terrenos o el resto de una vivienda. A su lado el tronco muerto de una... de una higuera, creo.

El paraje era triste, y pensé que ya podíamos dar media vuelta. No habría pasado ni media hora, pero sería mejor no despistarse mucho y volver a la estación cuanto antes, no fuera que el tren se pusiera en marcha antes de lo previsto. Nos habían dicho dos horas, pero cuando uno viaja conviene ser cuidadoso. No me apetecía pasar en aquel lugar perdido mi segundo día de vacaciones, el primero que amanecimos en Túnez.

Y entonces me llamó la atención la pequeña mancha blanca sobre el muro. Me acerqué, y efectivamente había algo. Lo miré, y decidí volver a avisarte para que lo vieras, a ver si tú entendías qué podía ser aquello.”

(...)

Por mi parte, me había quedado sentado fumando un cigarro. La barranquilla no parecía haber albergado nunca agua. Quizás había habido lluvias más frecuentes en aquella zona mucho tiempo atrás. El índice de pluviosidad del país, por lo que me contaste durante el viaje que decía la guía, era semidesértico aún en su zona norte, donde estábamos, al lado de Tunicia.

(...)

Nunca te lo he querido decir, pero tu interés por la geografía física, como te obstinas en llamarle, es un auténtico coñazo a veces. Estoy cansado de escribir esto. ¿No deberíamos dejarlo?

(...)

El cuento de un imbécil, narrado por un loco... ¿No era algo así eso de Shakespeare? Aguanta, tío. Cuenta lo que te pasó a ti ese día, y acabemos de una vez. Ya queda menos.

(...)

Si es que es culpa tuya. ¿A qué viene cortar así tu parte de la narración, para que sea yo el que me curre describir lo que tú encontraste?

(...)

Tienes razón. Completo:

Sigue... IMPRESIONES DE UN VIAJE, SEGUNDO DÍA (por XXX)

“Sobre el muro había dos objetos: el primero, el trozo de una enorme cáscara de huevo roto. Y digo enorme porque mi familiaridad con los huevos de ave se limita a los que coloco habitualmente, provenientes del cesto de la compra, en el estante correspondiente de mi nevera. Y éste era, comparativamente, desmesurado. No me costó comprender que el ave que se correspondiera con aquel huevo era sin duda mayor que una gallina. No soy naturalista en casi ningún sentido, como no sea mi tendencia a las playas donde la gente se despelota, pero no había ni nido ni ninguna otra señal que indicara que el parto –eclosión, nacimiento, salida a la luz por primera vez, comienzo de la vida, como le queráis llamar- del animalito en cuestión se hubiera producido in situ. Por no tener, no tenía ni polvo. Ni, aparte de ser un trozo roto de algo, traza alguna de otro desgaste. La cáscara del huevo roto lucía inmaculada, limpia como una patena por dentro y por fuera... Evidentemente alguien lo había dejado ahí encima hacía no demasiado tiempo. Al lado había otro fragmento del mismo material, pero terriblemente distinto, o eso me pareció al verlo, quizás por la diferencia de color: un trozo de otro huevo semejante, pero no abierto desde dentro con un pequeño pico: era una elipse cóncava cuidadosamente cortada. Y estaba pintada: dos ojos, una boca, cejas... Sin metáforas, me parece que aún estoy viendo el tono rosáceo de la piel y las mejillas redondas, como las de esos angelotes de madera estucada, o como un clown de circo con la cara maquillada... Aunque los ojos y los trazos de los rasgos faciales no tenían nada que ver con ángeles ni payasos. Además, estaba dentro de un marco oval de fina madera cuidadosamente torneado, con sendas tiras de cuero que ajustaban dos trocitos de pulido metal cobrizo que me recordaban a la pequeña hebilla de un diminuto cinturón, y cuya función era seguramente la misma: ajustar las pieza a un trozo, a una parte muy concreta del cuerpo humano. En este caso a la cabeza... Vale, era evidentemente una máscara, no había que ser un lince para darse cuenta de ello.”

(Por cierto, hace poco he visto una foto de un lince en internet y –esto no te lo he contado todavía- era exactamente eso. Sí, ahora estoy seguro de lo que era la máscara que vimos: una pequeña cara humana de rasgos lincescos o, al menos, con rasgos de felino grande, me da igual, podría ser un león... ¿tú que opinas?... dibujada sobre un trozo convexo de cáscara de huevo.)”

Sigue... IMPRESIONES DE UN VIAJE, SEGUNDO DÍA (por YYY)

(Pienso que puedes tener razón, por lo que recuerdo de ella. Pero no nos perdamos en digresiones, quedamos en contar por orden lo que pasó esos días de viaje y nada más. Deja de personalizar la narración, por favor, como intentaré hacer yo también a partir de ahora.)

Vale, pues deberías haber contado también que te quedaste un buen rato pensando delante de los dos objetos, hasta que decidiste dar media vuelta y avisarme de que habías encontrado algo. A esas alturas a mí me había dado tiempo de acabar el cigarro y notar un movimiento raro en las cañas que tenía detrás, en aquel cauce seco donde había aposentado mis nalgas de turista, poco hechas a buscar asiento en un cacho de piedra que levantaba aproximadamente un par de centímetros del suelo.

Un suelo pedregoso puesto allí, aparentemente, con el único fin de pincharme el glúteo izquierdo, primero, el derecho, después, y los dos al mismo tiempo, al final, hasta que ya, dando la última calada al cigarro y apagándolo en el lecho arenoso que me acogía, empezaba a sentir cierta comodidad y descanso. Echaba ya de menos algo de beber a mano, y en el mismo momento escuché algo a mis espaldas, así que primero me quedé dos segundos petrificado (como tú, no se puede decir que reaccionara rápidamente) sin pensar en nada, y que luego pensé que algo o alguien accedía al camino y empecé a levantarme para no obstruir su paso. Supongo que supuse que eras tú, no lo recuerdo.

Al mismo tiempo que me levantaba y me daba la vuelta, tuve la imagen fugaz de una mujer que avanzaba un par de pasos desde las cañas. A cuatro metros detrás de mí, aproximadamente, un alto matojo de palitroques enmarañados, con la mayor parte de las hojas resecas, colgando desgarradas por el calor, supongo, del verano anterior. Las cañas, como el resto del paisaje y de la realidad que me rodeaba permanecieron, pero la mujer se esfumó repentinamente. De pronto dejé de verla, quiero decir que fue “visto y no visto”, como se dice en mi pueblo. Estaba y dejó de estar: un hecho suficientemente asombroso para que yo acabara el movimiento de levantarme con un aspaviento corporal que estuvo en un tris de dar con mis huesos al suelo. Me asusté muchísimo. Como nunca en mi vida, seguramente. Una experiencia traumática, lo juro.

La imagen que vi fugazmente (no creo que durara más de unos segundos), por lo que a mí respectaba en esos momentos, hubiera podido ser una representación holográfica tamaño real en tres dimensiones de un Houdini excepcionalmente dotado, del género hembra o además de ilusionista transformista también… O cualquier otra cosa. Sólo sé que estaba allí, que las ropas ondearon un último momento, y luego nada, las cañas otra vez. Me quedé pensando intensamente un buen rato, congelado en la misma incómoda posición al borde del camino, inspirando y expirando aire con fuerza. Luego me dominé, luego te seguí los pasos para contarte lo que me acababa de suceder.

(Esperaba que, tras ser amigos desde hace varios años, no darías por supuesto cuando te lo contara que me había tomado un tripi sin invitarte o consultarte mientras vegetábamos en el tren, cuando me levanté al salir de Hammamet a buscar los WCs que éste tuviera... Amigos, sí, pero tampoco teníamos tanta confianza entonces, como sabes.)

(...)

(¡Ni ahora la tenemos, no te jode! Un tripi en el tren... es la cosa más patética que he leído en toda mi vida... Bueno, después del exabrupto, sigo la narración.)

Al reencontrarnos, yo escuché que tú me decías que habías visto algo raro en la cañada, tú que yo también había visto algo raro al lado del camino, a unos pasos allí, luego hablamos un rato allí mismo, habían pasado diez o veinte minutos desde la última vez que miramos la hora, estábamos en un país extranjero, sí, pero no tanto, etc. etc. En último término, yo examiné el aspecto de unos metros cuadrado de terreno inculto con unas cañas que no habían cambiado nada desde que te dejé allí, luego tú miraste con tanta atención como yo lo había hecho antes los trozos de cáscara de huevo, la pintada y la sin pintar, sobre el muro, y finalmente, como no pasaba nada más y el tiempo pasaba y no queríamos perder el tren volvimos a la estación.

(...)

En fin, fuera lo que fuera era algo que nos había pasado. A los dos, a ti y a mí. ¡Y habrá que contarlo todo, no! ¿O no lo recuerdas? Te voy a refrescar la memoria:

... ¿Es o no es que nos quisimos llevar los objetos y que desaparecieron de nuestras manos reiteradas veces- aún siento el escalofrío de que algo que tienes agarrado firmemente de pronto no esté, y sabes que no se te ha caído- en cuanto pasábamos de la cañada con su cañaveral casi cañizo unos metros hacia la vía del tren y la pequeña población de la que habíamos salido hacía más de una hora, y cada vez reaparecieron, cuando nos dimos vuelta, cada vez más desorientados y sudorosos, en su lugar original... ? Era como para volverse locos.

Quizás no somos tan cobardes, a fin de cuentas, como creímos luego comparando acojonos...

(...)

En fin, era algo que nos había pasado. Seguramente, si no hubiera sido por lo de los huevos (lo que me hubiera podido hartarme de reír, en otras circunstancias, viéndote agachado al lado del muro, diciendo sobre tus gafas: “sí, es un huevo grande”) yo habría pensado que tú habías tenido una alucinación por el calor, el mareo retroactivo del avión o cualquier otra causa física asociada al hecho de “estar de viaje”, con los bruscos cambios corporales que eso conlleva hoy en día, del exterior de un aeropuerto a otro en otro país y clima en apenas unas horas... Pero no era el caso, o el síndrome nos había pegado a los dos de golpe y en ese caso la máscara pintada y la cáscara rota, que tocamos, palpamos, levantamos, movimos y manipulamos un buen rato antes de marcharnos dejándolos aproximadamente donde estaban tampoco existían. Aunque los cogiéramos, los lleváramos hasta donde has dicho, y luego desaparecieran de nuestras manos, volviéndolos a encontrar, cuando retrocedimos la primera vez, en el murete del que habían salido.

Conclusión que era demasiado paranoica. Antes de volver al apeadero ya habíamos decidido que regresaríamos la mañana siguiente a verlos de nuevo. Mientras tanto, lo que nos quedaba era recorrer intentar no perder el tren de Tunicia, lo que hicimos con menos dignidad que apresuramiento (corrimos), y comprobar si nuestro ferrocarril también había desaparecido.

Sigue tú, me estoy liando.

(...)

Lo que sigue está todo narrado. Ahorro el relato de las hipótesis que intercambiamos entonces y después, de las delirantes a las más tranquilizadoras (¿insolación? ¡Si no hacía sol!, etc.) entre crisis semihistéricas en que también nos reímos como gilipollas, atenuando sólo nuestra expresividad natural al poco de subir al vagón a toda leche, dado el evidente interés que nuestra mímica y palabras creaban en el resto de los viajeros. Las dos horas expiraban, y puntual dentro del retraso el tren avanzaba, nosotros hablábamos, y al bajar en Túnez tampoco dejamos de hacerlo hasta encontrar de casualidad esa librería. Hasta que la vimos sólo habíamos descubierto dos establecimientos abiertos al público, y uno de ellos era una zapatería y el otro una tienda con pantalones y camisas colgadas en el escaparate, y ya llevábamos varias largas calles deambulando, así que nos metimos por si acaso había en el fondo un ciber o similar, a ser posible con máquina de café o refrescos incorporada al mobiliario, porque nos moríamos de ganas de tomar algo y seguir debatiendo, sí, pero sentados... Eso es parte del porqué entramos en la librería, supongo. Además, no es de buen gusto aposentarse, como intentamos hacer un par de veces antes de abandonar la idea, en el bordillo de la acera de una estación central atestada con el gentío de los que íbamos o llegábamos. La de la librería era la cuarta o quinta calle y estaba más tranquila, pero en vez del bordillo optamos por entrar y probar suerte en ese portal abierto, que por otra parte carecía de escaparate o enseña de ningún tipo para orientarnos acerca de su probable contenido... Por eso entramos, simplemente. Lo de encontrar el libro fue mera casualidad.

(...)

Sí, en realidad no creo que fuéramos buscando información, ahora que lo dices. Allí, como ya hemos contado, no había más que libros y un chaval silencioso sentado tras el mostrador leyendo sin levantar la vista. Seguramente trabajar en una calle céntrica de un país que recibe (como testimoniaban las muchas guías de viaje en diferentes idiomas) mogollón de turistas cada año le capacite a uno para considerar normal casi cualquier cosa, por ejemplo que dos tíos extranjeros entren en tu tienda lanzando miradas furtivas a todas partes, intercambien en voz baja pero clara unas frases atropelladas, hagan ademán de salir y efectivamente abandonen el local, luego vuelvan a entrar discutiendo uno con el otro, y finalmente, tras unos minutos de indecisión y aparentar normalidad hojeando unos libros, en vez de hacer sus compras o de marcharse sin comprar nada, se queden media tarde en el fondo del establecimiento, abriendo y cerrando libros tomos de ellos, el otro contemplando extáticamente los lomos y la pared que se abren ante sus ojos, cambiando ambos de lugar de vez en cuando, como autómatas, para volver a abstraerse en la misma contemplación y en el mismo estupor, entre fases de nueva agitación.... Así imagino yo que nos vio el chaval que leía apoyado en el mostrador, y puedo garantizar que su silencio e inmovilidad me ayudaron bastante a relajarme, así como media hora después de haber entrado casi nos devolvió a la normalidad el hecho familiar de la misma adquisición –buscar, escoger, finalmente coger el objeto elegido, preguntar excusez moi, combien ça fait? “, desentrañar la respuesta y pagar con dos billetes de los que habíamos cambiado esta mañana a primera hora, antes de bañarnos en la piscina y salir del hotel a ver la capital del país, que, puedo asegurar, casi no vimos-.

(...)

El hotel, y toda la parte anterior del viaje previa al paseo inesperado parecía quedar muy lejos. Había un antes y un después, y estuvimos en el “después ”, y bastante idiotizados por la experiencia vivida el resto del día, como creo que testimonia fielmente este relato atropellado. Recuerdo que dimos vueltas desmayadamente buscando un lugar abierto donde tomar algo, con dificultades para encontrarlo debido a una festividad religiosa equivalente en varios sentidos a nuestras navidades, pero que se celebra en otras fechas del año. Nos fuimos enterando, pues, de que era Ramadán después de preguntar aquí y allá por qué estaba todo cerrado, y conseguimos ingerir un par de pastelillos de un puesto callejero que nos mantuvieron en pie con suficiencia mientras paseábamos al azar, evitando los lugares más concurridos, viendo un par de mezquitas y palacios, unos antiguos y otros modernos, asomándonos tímidamente al laberinto ya cerrado de la medina o zoco, hasta que finalmente se hizo de noche y pillamos el tren para el viaje de vuelta, que careció de más incidencias. Tunicia y los fenicios no parecían tener nada que ver, pero estaban la máscara y la mujer y las sucesivas desapariciones de aquellos dos objetos, cuyo recuerdo nos obsesionó el resto del día. Hablando de ellas, después de cenar en el hotel (otra vez, como ayer, buffet y camareros y un hambre de mil demonios) pasamos un buen rato y tardamos en dormirnos esa segunda noche, de la que poco o nada más puedo o quiero decir.

- Capítulo cuarto

¿Me estoy despistando, estoy cansada del trasiego, o me sucede algo más...? Quizás mis pensamientos de estos días no sean tan descabellados... Quizás ya estoy, sin ni siquiera darme cuenta, empezando a enviaros el mensaje... En todo caso, es el momento de refrenar mis pensamientos. Tengo que descansar antes de tomar otra decisión: ¿cuándo y cómo traeros? En eso debo concentrarme ahora.

Poco antes de abandonar el templo e irme a casa intenté “ver” si os había pasado algo. Sólo saqué en conclusión que, después de la experiencia, parecíais enteros, aunque trastornados de mente.

Estoy cansada. Cansada por lo que he visto buscándoos.

A estas alturas no debo flaquear. Entro en casa, decidida a serenarme y olvidar la fatiga. Empezaré por limpiar los platos de la casa de al lado y pasar un agua a las vasijas.

Mañana empieza la celebración pública del aleph, equinoccio de otoño... (El agua es agradable a estas horas, cayendo de mi cántara a la pila de piedra.) Ocupada en este aleph mío particular, no sé si he dedicado suficiente atención a los preparativos para la fiesta pública…

¡Pero fuera, pensamientos irrelevantes y últimos mosquitos! Concéntrate en tu trabajo, medidora del templo. No tendrás muchos más ratos para descansar y meditar estos días en la soledad de tu patio.

Miro el agua oscura. El jodido gato... Ha saltado desde lo alto del muro como el último suspiro de una sombra, casi asustándome...

¿Cómo andaréis vosotros de adjetivos?, me pregunto definitivamente, después de un buen rato de silencio mental presidido por la magia del agua y del gato que busca compañía frotándose en mis piernas... Me sigue preocupando ser incapaz de hablaros, y no sólo por el sonido, sino también por los conceptos, como éste de adjetivo, que quizás no exista en vuestro idioma, si prestáis poca atención a la estructura cambiante y diferente de las lenguas... ¿Os valdrá alguno de mis conceptos para hablaros, o habrán cambiado tanto las cosas en el futuro que sea imposible traducirnos unos a otros entre lenguas distintas? No lo creo.

Miedo... Lo llevo sintiendo muchos meses, sino no hubiera actuado. Pero esta primera experiencia de hoy ha sido definitiva. Ya no dudo de la necesidad de traeros, de intentar el conjuro, la inversión de los ciclos. Habéis llegado físicamente al lugar donde os esperaba. Y, lo que siento peor en estos momentos, yo también he llegado temporalmente al lugar donde no me esperabais. Y he visto el futuro en vuestros ojos, una vez, cuando dejé la prueba de mi estancia en el lugar antes de que llegarais, y otra, cuando asusté a uno de los dos por detrás al marcharme. Y os he visto a vosotros, después, allí donde estabais.

Vi ese lugar, y fue horrible. No debo pensar en ello. No quiero pensar en ello. Lo hecho, hecho está, y esto también vale para lo que he visto hoy a través de vosotros, preguntándome qué terrible espejismo de guerras o desastres puede dar a la tierra el aspecto que ha llegado a tener casi tres mil años después de mi vida. Enferma. Casi muerta. Y de pensarlo a verlo va un abismo. Hoy yo olí ese aire y palpé la putrefacción del suelo en el campo.

Ver y sobre todo oler me ha hecho dudar de todo, incluso de la efectividad de mi primer canto del aleph, que debe realizar cada año la medidora del templo en solitario, cuando escribí las tres letras-sílabas en un trozo de roca. SPR... Escribir, contar... ¿Para qué, si ése y el final de la destrucción que vendrá luego es el futuro que llegará, que ya ha llegado, bien lo veo? Las sílabas se borran, pero deben volver, y así, llorando en mi renovada visión de ese futuro, como llorando llegué al templo después de dejar la máscara, inicio mi tercer canto de estos días.

Ha sido un día largo. Miro el agua, y el agua me mira a mí, confirmándome su vocación de espejo de sonidos. Cuando acabo, ya tengo más confianza sobre la posibilidad de que esto pueda incluso funcionar. Pero no tengo ni una gota menos de pena. Tiempo, esa oscura palabra... El polvo del tiempo en mis sandalias... Fueron apenas unos minutos de estancia en vuestro mundo. Lloré todo el camino de vuelta, que recorrí despacio. Yo nací cerca del frondoso bosque que elegí, por lo salvaje y hermoso del lugar, para encontraros. Y he visto como será luego, y es terrible. Pese a todo lo que sabía antes, pese a todo lo que sabía y me ha obligado a buscaros, no imaginaba que verlo pudiera hacerme, simplemente, tanto daño.

Me acuesto dolorida, con un sabor amargo en la garganta.

CONTINÚA EL RELATO DE ELLOS, entre nuevos intercambios de mensajes

Vayamos directamente a la puerta. Me parece estúpido seguir intentando detallar nuestras horas previas a ese momento.

(...)

Porque tú lo digas... Te recuerdo que desde que sugeriste copiar el cuaderno íntegro y completar lo que recordáramos aparte te dije que sería una pérdida de tiempo. De lo único que habría que haber dejado testimonio antes era de lo del huevo.

(...)

Los tus huevos. ¿Habría quedado genial, no? Ya imagino el comienzo y el final: “Estábamos en Túnez de vacaciones. Encontramos un extraño huevo. Y dos días después, ya estábamos en un lugar que supuestamente era una ciudad del mismo país y sus alrededores, en un radio espacial que no podemos precisar, pero en el que en vez del año 2.002 d.C. era un tiempo anterior. Cuando acabaron las vacaciones, volvimos a nuestros trabajos y a nuestro país, España o Hispaloquesea que la llamaban los fenicios que durante las vacaciones conocimos. Luego fuimos muy felices y comimos perdices”

(...)

Sobra la pretendida ironía. ¿Te importa releer tu mensaje de hace dos horas, el primero?

(...)

Vale, entendido. Sigo yo, pues, y que te den. Pero no voy a continuar con el cuaderno, me parece lo más inútil.

(...)

Me parece bien. ¿Ya has empezado?

(...)

EL TERCER DÍA DE VIAJE (por YYY)

En el año 2.002, si así puede decirse, pasamos el tercer día de nuestras vacaciones entre la banalidad de lo que hacíamos exteriormente y el tembleque interior que no se nos pasaba por dentro. Como el día anterior, pero sin haber pasado previamente por la piscina (es decir, más temprano) cogimos otro tren en la estación ferroviaria más próxima a nuestro alojamiento, cuyas ruedas viajaron todo el trayecto en perfecto estado. Descendimos en el mismo apeadero, tomamos el mismo camino... Todo permanecía idéntico, con la salvedad de que el calor había descendido ligeramente y de que no había nadie ni nada sobre el pequeño muro ni en sus inmediaciones. El tiempo era no tanto fresco como cálido y húmedo pero agradable al tacto, si así puedo describirlo, por no decir que soplaba una brisa acariciadora.

(…)

¿No vas un poco lento? Han pasado tres días desde que me enviaste el último párrafo. ¿Quieres que continúe yo?

(…)

¿Estás bien? ¿Por qué no contestas?

(…)

Continúo después de un período de reflexión, que he dedicado a fumarme porros hasta atontarme. He decidido dejar de preocuparme. De hecho, y cuando acabemos esto, no creo ni que siga manteniendo mi correspondencia al día, así que quizás dejemos de escribirnos. Lamento si ello te afecta, pero me preocupa más mi salud que recordar lo que pasó esos días, y prefiero olvidarlo todo, ahora que estamos de vuelta sanos y salvos. Sin embargo, como un trato es un trato, no voy a abandonar mientras no vuelvas a intentar apurarme. Desde luego, no me creo responsable, como insinúas, de la morosidad de nuestro relato.

Fuimos allí, pues, y nada había cambiado, y nada raro pasó. El murito estaba limpio de polvo y paja, como lo habíamos dejado, pero sin huevo ni máscara ni nada. En círculos, rastreamos en un radio de bastantes kilómetros durante horas. Monotonía y, en los alrededores de las casas del apeadero, alguna breve conversación en (por llamar esa lengua que utilizas de algún modo) francés, sin que nuestras preguntas sobre la posibilidad de hallar “une masque” o “un grand oeuf” en los alrededores provocara más que encogimientos de hombros y miradas de incomprensión, como tampoco pareció sonarle a nadie la presencia “d’une femme avec etranges robes”...

Pasamos el día allí, dando vueltas inútiles. Antes de tomar el tren habíamos comprado comida en Hammamet, después de madrugar y caminar la línea de playas, jalonadas de establecimientos turísticos, vacíos o cerrados en su mayor parte por la época otoñal, que nos separaban de ella. Fueron unos tres o cuatro kilómetros de costa, donde sólo conocimos a cuatro camelleros despistados (tocaban a media foto con camello por persona) y a un vendedor de bisutería que nos mostró su mercancía en una bandeja que llevaba colgada al hombro. Compramos las provisiones en un pequeño colmado, el mismo de las especias que nos había llamado la atención el día antes. Revisamos también el libro con las fotos de los huevos pintados, durante el trayecto y allí mismo y cuando volvimos al hotel a última hora de la tarde y hasta por la noche, cuando ya era tarde para hacerlo, seguimos hablando y buscando respuestas sin llegar encontrarlas.

CONTINÚA EL RELATO DE ELLA

La cantidad de tiempo que nos separa es grande, pero si de algo estoy segura que no carecerá el futuro, será de las palabras. Idioma tenéis, de eso no cabe duda, así que todo es posible... Hasta que podamos comunicarnos como me dijeron ayer la magia de la gata y el agua. He decidido daros un día de descanso, y tomármelo yo también para dedicarme a las faenas del almacén y de mi propia casa. Hoy no me quiero preocupar por lo que pase mañana. Lo que sea, se verá. ¿No soy yo la medidora del templo? Para medir, sé que no hay nada peor que preocuparse.

El último plato está, como lo dejé ayer noche, bajo el agua. Las vasijas que lavé reposan bajo una tela limpia, en un anaquel al borde de la pila del patio. Espero que mi pequeño truco de ayer os haya dado que pensar... Sólo sé que seréis dos, como las dos sílabas de mi primer canto. Así que debo proporcionar señales claras, y debo, ¿verdad, Pan? (esto a mi gata, a la que he llamado como un viejo dios extranjero que conocí en mi juventud, y que es tan curiosa como aquel dios con el agua) recordar la respuesta que me dio ayer el encuentro con el anciano. Ghimel, y adelante.

Pan me mira, como preguntándome por qué invado el que ella considera su refugio privado. Tiene la cabeza pequeña, triangular, el cuerpo largo y bajo. Siempre he pensado que venía de Egipto, pero es lo que tienen los gatos vagabundos (además de no ser de nadie, salvo de aquel o aquello que deseen): es imposible saber de donde vienen. Vosotros, que sí sabéis hablar, insistiréis en contármelo aunque no me interese.

Me temo (barro despaciosamente la casa de al lado) me temo definitivamente que esto sea como esas visitas de protocolo que a veces me dedican algunos extranjeros a los que conocí hace mucho tiempo, cuando viajaba, entre treinta y veinte años atrás. Espero que no sea así. No como un encuentro de negocios antiguos...

Es hora de salir. Espero que el de esta tarde resulte un buen trabajo. Mañana es lo peor... aleph... y los rumores ya habrán corrido. Mis dos ayudantes, entre parientes y amigos y vecinos de dos barrios distintos, habrán tenido tiempo de esparcirlos. Quizás, porque me conocen, hayan preferido no despertar más expectativas. Saben que en cada festival nos jugamos mucho, en el templo, delante de la gente. Un año que empieza mal es un mal año al principio, como decía siempre mi antecesor... Esto de los templos es...

Se hace tarde. Acaricio por última vez el ronroneo peludo de la gata, antes de salir a la primera representación. Tiene una parte cómica, y espero que daremos un buen espectáculo. Mañana por la mañana, cuando la gente descanse, será un buen momento para hablar con ponto y flordecactus. Necesitaré su colaboración y he de procurar que, como yo, se preparen para hablar vuestro lenguaje.

vau - Capítulo quinto

EMPIEZA, CON UN BREVE EXORDIO PREVIO, EL RELATO DEL CUARTO DÍA (por YYY)

SPR... aleph, beth, ghimel, daleth, hè, vau, zaïn...

Hemos quedado en resumir lo que nos pasó en pocos capítulos, que nombraremos siguiendo las primeras letras de un posible alfabeto púnico-fenicio, reconstruido trabajosamente (por lo que leímos en el libro después de encontrar la máscara y aún después, al volver a casa con ese primer y único trofeo del viaje a Tunicia), acumulando una labor de muchas décadas entre un montón de investigadores, filólogos que se curraron descifrar un alfabeto muerto o casi muerto, del que quedaban, casi exclusivamente, inscripciones talladas en lápidas de piedra. Algo así como si, dentro de unos pocos miles de años, literalmente hechos polvo otros soportes de nuestras letras e imágenes, y habiendo cambiado hasta el mismo alfabeto que un día utilizó nuestra zona del mundo, alguien intentara descifrar una lengua muerta, pongamos la francesa, de la que sólo quedaran algunos restos de mármoles en el Pêre Lachaise, unas cuantas frases del tipo “se inauguró este parque siendo alcalde don Fulanito”, etc. etc. ...

¿Resucitan las lenguas? ¿Se repite la historia de unas en otras al correr de los siglos? Seguramente no. Continúo, después de este pequeño recordatorio, como puedo, porque se mezclan en poco tiempo muchos recuerdos, entre rostros, palabras, paisajes y sucesos. El primero, el que nos trasladó a ese mundo, del que tan pocas referencias teníamos. No pensábamos, mientras lo vivimos, que todo cuanto nos acontecía en ese remoto pasado al que nos vimos transportados fuera algo muerto cuando lo estábamos viviendo. Comparativamente con todo lo demás (los rostros, las palabras, los increíblemente diferentes paisajes y realidad ambiente) el milagro de que tres personas de ese mundo chapurrearan en diferentes grados el castellano contemporáneo, desde la extraña sintaxis de flordecactus y pontoeuxino hasta la extraña corrección de la medidora, nos pasó casi desapercibido. Extraña sobre todo la forma de pronunciar nuestros fonemas, ese inaudito acento que desde el principio nos sonó a tierra y aire...

¿Cómo podían hablar nuestro idioma? Visto, o mejor dicho oído, con el telón o eco de fondo de las totalmente incomprensibles voces de las otras personas que vimos, y aún más, con la certeza de la imposibilidad de lo que estaba pasando, que en un par de ocasiones nos hizo sentir que bordeábamos algún tipo de abismo, y con nuestro referente mental de un mundo nuestro con más de medio siglo de doblaje al español de las películas extranjeras, ese detalle sorprendente no nos sorprendió en realidad demasiado.

(Continúo. Escribo no desde allí, desde un allí en que ni se nos ocurrió tal idea, sino desde un mundo presente y raro al que nos alegramos, con todo, de haber vuelto.)

(…)

¿Resucitan las lenguas? Seguramente no. Lo que no resucita y de esto estoy fijo, porque lo he vivido y lo he visto con mis propios ojos (lo que me coloca en una situación que no logro asumir), son las personas, las voces, los colores, los tactos...

Si viajamos, ahora estoy seguro de ello, lo hacemos a veces buscando el pasado, por el simple placer de rememorar, con una memoria que va más allá del pasado, las enormes posibilidades de cualquier otro mundo. Pero a menudo el viaje nos decepciona aunque no lo sepamos. Creemos haberlo pasado bien, haber disfrutado o aprendido, y sin embargo nos quedamos totalmente fríos, después de haber ido y haber vuelto, con respecto a ese destino que nos había prometido, antes de alcanzarlo, otro tipo de sorpresas. Sólo este viaje, cuyo recuerdo sin embargo me trastorna y me hace dudar de mi cordura, fue perfecto para mí en este sentido.

Después de ese día cansador e improductivo pasamos la noche en la habitación. Yo me quedé quedado cabeceando en el sofá, hasta dar con mi cabeza en el respaldo y sumirme en el mejor de los sueños, mientras tú leías casi en voz alta y salpicándolo de largos comentarios y digresiones sobre el encuentro de la máscara el libro sobre los fenicios que habíamos comprado, y en concreto, el relativo a los sacrificios humanos en honor a Tanit y otros dioses, como Baal-Hammon...

En un mundo donde creo ya imposible (a no ser que por un golpe de suerte aumente sustancialmente la parte que me ha tocado en suerte por ahora de mi renta per cápita) pagarme viajes especialmente exóticos, no creo que nada pueda ya conmoverme. Creo que también voy a dejar de viajar, por tanto ni empecemos, te lo ruego, a removernos inquietos y a mandarnos mensajes que no tendrían ningún sentido para las próximas vacaciones. Ya se acercan las fechas que dedicamos, el año pasado, a cartearnos con motivo de éste. Particularmente, no me apetece viajar porque seguir teniendo un trabajo sin que me echen cuando el trabajo se acaba es lo mejor que me podía ocurrir este año, y ya me ha ocurrido. Así que disculpa definitivamente el retraso, da por narrado lo que yo ya he tocado, y anímate para que todo esto no se te haga, como me está pasando a mí, demasiado largo…

(...)

“Da por narrado...” ¿qué?, me pregunto. Coloco mi teclado encima del paquete de tabaco, y me dispongo a continuar en el mismo tono familiar que finalmente has adoptado. Siempre dije que era así, y no copiando esa libreta absurda, como teníamos que haber abordado este relato.

Bien, en primer lugar me niego a aceptar que tengas ningún tipo de depresión o similares más seria que la mía, que cursa también con angustias, sudores e ideas raras.

En segundo lugar, lo de las vacaciones me parece bien. Lo que sí, es que aunque hayas decidido ahorrarte la pasta del viaje este año... bueno, da igual, vamos a continuar un poco con esto, que ya nos ha entrado la pájara...

Te propongo que sigamos a medias, por este mismo medio.

(...)

Vale

(...)

CONTINÚA, entre nuevos intercambios de mensajes, EL RELATO DEL ENCUENTRO (por XXX e YYY)

La habitación del hotel ya tenía todos los síntomas de ocupación que le habían dejado los pocos días que en él llevábamos. Al despertarme, salí al balcón y vi que el viento, como de costumbre por la mañana, soplaba desde el mar, así que decidí echar otro sueñecito, a ver si cambiaba.

(...)

Yo, mientras el viento cambiaba o no (increíble, verdad, las excusas que uno es capaz de darse a sí mismo para quedarse en cama un día de vacaciones...) bajé a desayunar y aburrirme en la cafetería abierta al vestíbulo del hotel. Con la taza de cafè au lait en mano, pensaba que esa mañana o a lo más tardar esa misma tarde debíamos reiniciar nuestra vida normal de turistas y aprovechar los últimos días de viaje como mejor pudiéramos. ¿Quizás nos sentaría bien olvidarlo todo, y apuntarnos a alguna de las excursiones que ofrecían (junto a las actividades posibles en el mismo establecimiento –no llegamos a probar la talasoterapia, que era de pago, contentos de haber podido bañarnos en la enorme piscina climatizada-) las estanterías metálicas allí expuestas, con sus variopintas muestras de postales, carteles, folletos y fotografías de paisajes, monumentos, ciudades, desiertos, camellos y vehículos todoterreno?

La piscina... Quizás en temporada alta el recinto de aquella enorme alfombra de agua, con sus metros casi olímpicos y la fila de altas columnas que la rodeaban, creando un vasto pasillo y zona de estar en torno al agua de reflejos verdosos, hubiera podido llegar a resultar agobiante, no lo sé. En estas fechas una o dos parejas con niños y nosotros, colocados generalmente al otro extremo de aquellas muy europeas familias, éramos sus únicos ocupantes.

En fin, que la piscina olía a balneario, era agradable, etc., así que después del café y el baño subí a buscarte más relajado de lo que me había sentido desde que el maldito trozo de huevo de avestruz me desapareciera por última vez de entre los dedos cuando intentaba, por enésima vez, transportarlo para llevárnoslo. Oeuf d’autruche, ponía el libro, la verdad es que yo ya estaba de francés hasta las narices, no me extraña que la coloques en el futurible rango de lengua muerte en tu estimable párrafo al respecto de la historia de las lenguas.

Al menos sabíamos que una gente remota había utilizado en su día máscaras similares (quizás) a la que vimos, pero podía ser una mera coincidencia, que nos hubiera parecida significativa sólo por la tensión de aquellas horas posteriores al paseo.... Que tuvieran algo que ver o no... ¿quién podría asegurarlo?... Cosas fabricadas con media cáscara de esos grandes huevos, que también pintaban y cortaban para crear copas, frascos decorados y otros objetos (¿de lujo o de uso, quién podría decirlo?)... Copio literalmente, y entrecomillo, la anotación que, bajo el epígrafe “CUARTO DÍA”, escrita de mi mano en la piscina esa mañana, cómodamente recostado después del baño en mi tumbona favorita, encuentro en el cuaderno, puntuada por algunos goterones de agua:

“Lo de los fenicios no me dice nada, ¿qué coño va a tener que ver con lo del huevo? Te digo que hay cosas muy extrañas, y yo creo que va a ser algo de experiencias radioactivas o simplemente, cosa más probable, tuvimos una alucinación conjunta. ¿Cómo es posible que los jodidos trozos desaparecieran de nuestras manos como por arte de magia después de moverlos unos metros, para reaparecer como por ensalmo en el lugar de su primera ubicación, donde finalmente tuvimos que abandonarlos para irnos a coger el tren? Es eso, lo paranormal e imposible de la experiencia lo que nos tiene a mal traer. Propongo olvidarlo e irnos de excursión. Yo al menos me voy, a ver si lo siguiente es una barra de oro que no se evapora y tenemos más suerte ¿Quieres venir? Saldré sobre las once.”

Firmaba con mi nombre. Cuando subí a nuestro piso por las escaleras de la piscina para dejarte el cuaderno abierto sobre la mesilla e irme a alquilar al mostrador un coche, ya estabas mugiendo, o algo similar, en el cuarto de baño. Te dije lo del coche, te pareció bien, y una hora después partimos para un destino elegido casi al azar. Más al norte del país, a Utique y a Bizerte.

(...)

Ahorro la descripción de las hermosamente hermosas ruinas romanas de Útica, allí donde el mar, desde que llegaron los romanos hasta nuestros días, se ha retirado unos kilómetros de su anterior orilla para dejarnos en noviembre mosaicos y columnas de Apolo entre cipreses y rosales casi silvestres... Ahorro los encomiásticos comentarios, escritos mientras comíamos un pastelillo comprado por el camino, sobre esas ruinas y sobre lo que algún día lo será también, una autopista que iba a ser de peaje según indicaban los carteles anunciándolo pero que, aún por inaugurar al completarse, resultaba por ahora tan gratis como el aire... Desiertos los cubículos de los cajeros en la entrada y la salida de la misma, por habitar las instalaciones de lo que iba a ser gasolinera, pero abiertos sus cuatro carriles a la luz del mediodía y a un trafico que hiciste bien en tildar de “escaso” pues hubiera sido nulo si no lo hubiera animado nuestra entrada... El aire, por las ventanillas abiertas, era lo que yo llamaría primaveral y nuestro coche de alquiler se dejaba llevar mansamente, sin estropear con un galope excesivo el encanto de su paso solitario por la recta cinta de asfalto... Un trayecto en que tomé el volante yo, con las ventanillas abiertas, sintiéndome más navegando que conduciendo.

- ¿Nadie más que nosotros va a Bizerte, o habrá otra carretera mejor?

Esa fue una de tus pocas intervenciones de esa mañana, que recuerdo verbalizaste antes o después de escribirla en el cuaderno bajo la fecha exacta de ese nuestro cuarto día de viaje, que tan bien había resultado hasta entonces. Otra anotación, escrita ésta momentos antes de empezar a comer a muy tardía hora, aún para nuestros sufridos estómagos, en un restaurante de la ciudad, dice así:

“Comemos en un restaurante de Bizerte. Nos encantó lo que hasta ahora hemos visto de la ciudad”

Te recuerdo perfectamente, escribiendo eso mientras te echabas el cigarrito “de con la copa de vino de antes de comer” (una de las cosas que aprendí viajando contigo es a castigar con nombres largos las cosas más vulgares, je je ).

Pan y vino y aceitunas en la mesa, el camarero a punto de llegar para tomarnos nota, la agradable, si se me permite la expresión, claroscuridad del estrecho restaurante a esas horas, cuya cristalera exterior ostentaba unas persianas metálicas bajadas y la puerta entreabierta... Por el ramadán o por la hora éramos, creo, los únicos clientes, y un diminuto televisor encendido al lado de la entrada creaba, (con las voces sonoras e incomprensibles de la telenovela en árabe), un sonido ambiente bastante interesante.

(...)

El vino, tinto, era bueno. Nos sobresaltó la repentina llegada de una camarera ataviada con un curioso delantal de colores y la cara extrañamente blanquecina en la penumbra del pasillo que teníamos (respectivamente, pues estábamos sentados de frente) tú y yo a izquierda y derecha de la mesa que nos unía y separaba.

Yo la miré, tú apenas levantaste la vista del cuaderno, en una de cuyas hojas casi en blanco permanecías absorto después de escribir la antedicha frase.

Ella dijo, en mal español, algo así como que podíamos pasar al comedor, y permaneció unos segundos de pie al acabar la frase, con un gesto expresivo en la mano apuntando a la puerta de una habitación o pequeño patio al que se abría el fondo del restaurante.

Tú ya habías levantado la vista y me mirabas cuando empezó, tras una pequeña genuflexión que reiteraba la invitación a seguirla, a retirarse hacia allí.

Si cierro los ojos, lo veo con toda la claridad de una cámara lenta, y si los abro y la fijo en la pantalla que tengo ahora, mientras escribo, lo único que recuerdo es que yo te expliqué qué había dicho la mujer. El diálogo pudo ser más o menos corto antes de levantarnos y seguirla, y fue más o menos así:

- Que podemos pasar al comedor.

- ¿No vamos a comer aquí? Si ya tenemos hasta los platos...

- No sé, quizás ésta no sea la zona de restaurante.

Esto lo dije no sé porqué, pues no había habido, en la conducta del camarero que nos había atendido hasta ese momento, nada que permitiera sospechar una equivocación al ubicarnos en esa fila de mesas pegadas a la pared, separadas entre sí por mamparas de madera, paralelas a una barra de bar desierta.

(...)

No sé lo que pensé. El caso es que nos levantamos y la seguimos. En el umbral de la habitación luminosa que parecía haber al fondo del pasillo, la camarera nos esperaba levantando un paño con gesto de impaciencia, quizás el borde de una cortina adosada a la puerta. La atravesamos y salimos a otro mundo, hasta el patio al que se abría una de las puertas de... una puerta en los aledaños del templo... o por mejor decir, salimos siguiendo a la camarera desde lo que luego, más que como restaurante, vivimos como templo, al exterior de un patio... pero me estoy liando.

(...)

Fue como un juego de ilusionismo, pero lento. De principio, buscamos sólo donde sentarnos. A posteriori, me he preguntado cientos de veces qué hubiera pasado si no hubiéramos seguido a la mujer del restaurante.

CONTINÚA EL RELATO DE ELLA: el paso de la puerta

No sabía qué ponerme. Eso es lo que recuerdo. Vaya estupidez la mía. Todo preparado, mis dos ayudantes mirándome, la puerta de luz abierta ante sus ojos asombrados cuando acabo mi canto en el pequeño patio de uno de los anexos, y sólo entonces reparo en mis ropas y me quedo parada... Flordecactus me mira. Me susurra, aunque en un tono suficientemente alto para que lo oigamos los tres::

- Sea lo que sea, no te preocupes. ¿Vas a entrar ahí ahora?

Una joya de ayudante, siempre lo he dicho. Tiene razón. Asiento y le sonrío antes de atravesar el umbral.

Mido los pasos con cuidado, en una oscuridad casi completa. El mundo extraño me rodea. El aire huele a rancio. Me da náuseas.

Mientras camino, unos segundos de pánico. A diferencia de la primera vez, ahora temo caerme. Me parece haberme quedado casi ciega, en el borde de un escenario inmenso en el que tengo que internarme, un espacio que me puede precipitar al vacío en cada movimiento. Cuento mis propios pasos hasta el punto donde supongo que debo encontraros, me giro, y pronuncio, sin veros, la primera frase. No os veo. Silencio. Náusea.

Debo controlar la angustia. El gesto... ¿será suficiente si no habéis entendido las palabras? No veo vuestros bultos donde creo que están. Contengo el impulso de avanzar más y buscaros a tientas. No creo que resultase. Debo parecer normal, lo suficiente para que, simplemente, me sigáis por vuestra propia voluntad.

Éste es el momento en que todo puede fallar, pillado como está con alfileres.... La frase que he pronunciado parece estar a miles de segundos de distancia. Angustia, y control de la angustia. Nada importa. Ni el fracaso, ni el aire rancio. Camino de vuelta. En el cuarto paso que doy os siento caminar a mis espaldas. Respiro, camino. Escucho a mis espaldas que me seguís. Os abro la puerta, y decís, al cruzarla, una palabra que entiendo: “gracias”. Sonrío. Todo va bien. Como les había pedido, mis dos ayudantes, por ahora, han desaparecido del mapa.

Ya estáis dentro, pero éste no es el lugar más adecuado. Sigo caminando, ya sin contar los pasos, pues piso conocido y recupero la vista. Entráis conmigo, siguiéndome, pero también mirándome con ojos cada vez más impresionados, lo sé, entrando en el recinto del templo por una puerta trasera. Ocupado el personal como está con la resaca de los fastos de ayer, a estas horas todo será tranquilidad y silencio. Además, me he cuidado de asegurarme de que no ronde por aquí nadie.

El silencio, habrá que romperlo en algún momento. La tranquilidad, os va a hacer falta inmediatamente.

CONTINÚA EL RELATO DE ELLOS

- Bueno, que nos hiciesen atravesar un patio y siguiendo a la camarera, que se nos había adelantado, entráramos en una habitación de aspecto totalmente distinto a la que acabábamos de abandonar, pase. Pero el aire...

(...)

Sí, creo que fue por el aire por lo que nos miramos con estupefacción, mientras cruzábamos el patio y también cuando llegamos al nuevo “comedor”. Lo que nos rodeaba era asombroso y extraño. La camarera debía haberse colado por otra puerta, de la que colgaba una cortina. La puerta del patio seguía abierta. Nos miramos.

- Esto es muy raro

-Sí.

Escuchamos. La habitación no era grande, quizás unos diez o doce metros cuadrados. El techo, enladrillado, una bóveda baja. ¿El comedor? Por la puerta de la cortina entraban, sin embargo, ruidos tranquilizadores: sonidos de cacharros de cocina, y una voz amortiguada que decía en mal español : “segundo plato: ¿prefieren cordero, otra carne, pescado”?... El eco de una risa, un rumor de cazuelas... Hasta nos parecía distinguir, además del olor de la comida que empezaba a borrarnos de la pituitaria la primera impresión del súbito cambio de aire, el sonido de algo que se cociese o friera..

¿Qué íbamos a hacer? Como quien no quiere la cosa, me asomé a mirar al estrecho patio o pasillo descubierto que acabábamos de cruzar y el aire volvió a avisarme. Más que el muro que tenía enfrente, más que el suelo terroso bajo el que asomaba un cuadrado de enlosado polvoriento, más que un sonido ambiente que no se correspondía en absoluto con el entorno urbano... Más que todo eso, lo que mi nariz aspiraba era lo que no tenía nada que ver con ninguno de los aires que hasta ese momento, en el país que visitábamos ni en ningún otro lugar, hubiera conocido. Nada desagradable, desde luego, más bien embriagador y estimulante... Pero los humanos, como las ratas, dependemos aún de nuestro olfato para determinadas cosas. Algo raro estaba pasando. Algo muy raro.

- No sé si asomarme a ver...

Tú también te habías levantado, de pie al lado de la mesa dudabas mirando hacia la cortina, una tela tejida con grecas geométricas de color entre azul y malva y blanco crudo cayendo entre los muros de piedra blanqueada. El vano abierto al patio por el que habíamos entrado carecía de puerta, y por dintel tenía un arco no totalmente regular, rugoso y encalado... Fuera había sonido de pájaros, y quizás en la lejanía un rumor de voces en una lengua que podía ser árabe o cualquier otra cosa, demasiado lejano para oírlo. Contra una de las paredes del cuarto, en vez de sillas, un banco de madera con cojines cuadrados. Había poco más mobiliario, y nada que le hiciera parecer el comedor de un restaurante. Volvía a la mesa cuando una mano morena se abrió paso a través de la cortina azul y blanca... El camarero que ahora apareció llevaba una especie de delantal extraño que le tapaba, atado a la cintura y dando la vuelta alrededor, el cuerpo hasta los tobillos, enfundados estos en unas sandalias de cuero sin hebillas. Era un chico bastante guapo, flaco, moreno y no demasiado alto, que podría tener unos veinte o veinticinco años, de expresión más bien simpática. Llevaba una bandeja apoyada en el antebrazo, y entró sonriendo.

Detrás, una chica aproximadamente de su edad, con un delantal o vestido similar y una gran vasija de barro cocido entre los brazos. Los dos nos miraron, por lo menos, con tanta curiosidad como nosotros a ellos.

(...)

- ¿Beberrr...?

El acento era atroz, la “erre” final especialmente extraña, las dos “es” del verbo difícilmente podían reconocerse como tales, pero la entendimos. Quizás porque, mientras lo preguntaba, la chica dejaba la ancha vasija sobre un taburete cercano a los cojines del banco donde, cómo no, procedimos entonces nosotros a sentarnos. En vez de sillas, almohadillas de paja. Y en vez de mesa, por lo que estábamos viendo, una rústica banqueta alargada de madera sin barnizar, donde el... ¿camarero?... aposentó la bandeja que traía. No había más muebles y el techo era de bóveda de ladrillo visto. Como habían venido, las dos personas desaparecieron, dejándonos sentados al lado de la vasija, de ancha boca y llena de agua fresca hasta la mitad, agua de donde asomaban dos recipientes estrechos que, supusimos, serían las botellas de vino del extraño local. A fin de cuentas, y pese al aire y el aspecto exótico de la comida que contenía la bandeja de barro sobre la mesita alargada, a la altura de nuestras manos, y pese a la (aparente) ausencia de cubiertos y servilletas, estábamos en un país extranjero, la ropa podía ser una especie de traje típico local, etc. etc.

Si no hubiera sido por el aire… Si no hubiera sido por el huevo de avestruz del otro día...

Sin embargo, como dicen que hacen dichos animales, enterramos momentáneamente nuestras cabezas bajo la extrañeza de lo que nos rodeaba, negándonos a que algo de todo esto tuviera algo que ver con una experiencia que no deseábamos, en ése ni en ningún otro momento, recordar y mucho menos revivir, puesto que nos había resultado angustiosa y frustrante, aunque quizás no del todo inútil. Íbamos a empezar a comer cuando entró ella, claro, la mujer que había visto abalanzarse sobre mí en el camino, unos segundos antes de desaparecer de mi vista como luego lo harían la máscara y la cáscara: entró, como aquella vez, como por ensalmo, empujando con la mano la cortina y dejándola caer a sus espaldas. Era ella, la que salió de entre las cañas anteayer a mis espaldas.

Era también, evidentemente, la camarera a la que habíamos seguido, a la que sólo habíamos visto, hasta aquí, de frente en la penumbra del restaurante, y luego, caminando de espaldas por el patio..

(..)

La mujer no dio, tras unos segundos de mirarnos atentamente, ninguna muestra de estar a punto otra vez de desvanecerse en el aire. Parecía, como los muchachos de antes, enteramente real, y empezó a hablar. Y dijo así, aproximadamente...

-¿Soíssss nnnormalessss?

(...)

La pregunta ofendía, qué duda cabe. Pero has hecho bien en escribir “ y empezó a hablar”, porque de esa pregunta yo ni me acordaba.

¡Dios, como hablaba, y espero que hable todavía, en cierto modo, esa mujer!... Bueno, que no me acordaba que hubiera preguntado eso nada más llegar, aunque acaso la pregunta explique por qué me sentí, nada más verla, tan terriblemente irritado. Esa mujer, dijese lo que dijese al entrar, me debía una explicación, y nos la iba a dar de inmediato... Evidentemente, la mesita de madera que nos habían puesto delante era robusta, o la hubiera tirado al suelo con todo su contenido al levantarme bruscamente y tropezar, mientras lo hacía con ella, de forma harto dolorosa, cayéndome seguidamente hacia atrás, sobre los cojines, mientras ahogaba un lastimero gemido.

(...)

A mí me dio tiempo a pensar (recuerdo bien esta parte y que la mujer llevaba la máscara y el trozo de cáscara de huevo que tan bien conocíamos en las manos) algo así como “¡mecagüenlaleche!”, castiza expresión que seguramente verbalicé también entre dientes, porque ella dijo, deteniéndose a un par de pasos, y mirándonos con el mismo interés y con el mismo extraño acento que había utilizado anteriormente:

- ¿Cómo hasss dicho?

(....)

Efectivamente, de eso si me acuerdo. Ella te preguntó “¿cómo has dicho?”, y los dos nos quedamos en silencio.

(...)

Sí.

(...)

Habrá que explicar porqué nos quedamos en silencio, y cuanto tiempo pasó hasta que empezamos a hablar con ellos.

(...)

Efectivamente.

(...)

Vale, por mi parte, es verdad que la mujer nos debía una explicación, pero también es verdad que hubiera podido no ser ella la que se me cruzó en el camino, porque la ropa es diferente, pero también es verdad que lleva en la mano izquierda la máscara y en la derecha, mientras espera la respuesta a su pregunta, la cáscara de huevo que tan bien conocíamos. Las que habíamos intentado, reiteradamente, robar (o coger, según como se mire.) el otro día.. Todo nos era extraño, y los dos objetos eran en sus manos tan contundentes y al mismo tiempo, tan frágiles... En fin, que no hablamos.

(...)

Yo añadiría algo más sobre el miedo.

(...)

Vale sí, nos quedamos paralizados de miedo, quizás.

(...)

Y algo sobre el enfado.

(...)

Sí, el enfado. Después del miedo, nos enfadamos. Los dos.

(...)

Sí, y no hablamos.

(...)

Más exactamente, no contestamos ni media palabra a nada de lo que nos fue dicho durante unas cuatro horas, y entonces ya era noche cerrada y la situación había cambiado. Estábamos en su casa, a donde habíamos llegado dando un pequeño paseo. Ella era la medidora del templo, eso nos dijo. Podíamos alojarnos con ella esta noche, si queríamos, eso nos dijo. El gato se llamaba Pan, pero no atendía por el nombre, nos dijo. Esperaba que no nos asustara, porque tenía la manía de entrarse en la casa de... –breve pausa-... ¿cómo le llamáis vosotros?- ... huéspedes, que es ésta de aquí, y os he preparado dentro unas camas y algo de beber, también hay comida, eso nos dijo, para esta noche... ¡Dios, como hablaba, o habla, esa mujer! Aunque con las horas el acento había progresado enormemente seguía siendo algo atemorizador.

(...)

Sí, cosas como esas y otras cuantas nos dijo, antes de salir del “restaurante” y durante el paseo hasta su casa. Te has saltado un buen cacho. Dale, que vas muy bien.

(...)

(Antes de volver a la conversación, pensaba completar lo que falta, simplemente. Bueno, debemos agilizar esto. Yo contaré todo lo que pasó ese cuarto día, y también el siguiente. Te dejo el último y todo lo que quieras acotar y añadir a mis anotaciones.)

(...)

(Trato hecho. Acotaré o no, según me parezca. Tú haz lo mismo con mi parte del marrón que nos toca ahora, después de haberlo demorado tanto. Pero es un relato imposible de acabar. Por más esfuerzos que hagamos..)

(...)

(En el sentido de que se entienda, sin duda es un relato imposible. Pero eso da igual ahora. Simplemente quedamos en escribirlo entero de cabo a rabo o del huevo al viaje de vuelta, como prefieras decirlo, y quedarnos cada uno con una copia. Luego la archivaremos en nuestros respectivos ordenadores, y andando. A los dos nos está sentando bien hacer esto, reconócelo. Que llevemos intercambiando mensajes casi medio año, normal, siendo como somos nosotros. Me toca seguir a mí, según el trato.)

(...)

(...)

Vale, visto que no contestas nada, sigo. Ella nos había dicho “¿qué has dicho?” después de preguntar de sopetón y sin venir a cuento “¿sois raros?”. Y se nos había plantado delante, mirándonos. O algo así. Yo puse cara de “tía cabrona, explícanos qué coño está pasando”, y tú de “hostias, hostias, la espinilla”, mientras te llevabas la mano a la extremidad afectado por el golpe. Espero, y esperaba también entonces, que no pensaras realmente atacarla cuando te levantaste. Amigos éramos, pero más bien compañeros de viaje, y después de lo que nos estaba pasando (a esas alturas yo estaba seguramente aterrado) lo último que deseaba era que te diera una de tus crisis de agresividad nerviosa y te pusieras, después de tocarte la espinilla, a golpear la mesa con el puño, cosa que hiciste, por cierto.

Tu actitud me desagradó, ciertamente. Sólo cabe decir que la mía (congelado intentando poner cara de estar pensando exactamente lo adecuado para enfrentarme a lo que fuera que fuese que nos enfrentábamos) tampoco debía resultar especialmente alentadora o promisoria en ese momento. Fue en ese momento cuando miré con más atención todo lo que nos rodeaba. El silencio amenazaba, por nuestra parte, prolongarse.

Así lo debió entender ella, porque se acercó a la habitación de al lado, volvió empujando con el cuerpo un tablón forrado de cuero apoyado sobre dos burrillas de carpintero en las que no noté nada raro, si no fuera la consistencia del barniz o lo que fuera que las recubría, y el remache de los clavos.

Sobre el improvisado aparador, que dejó apoyado en la pared de enfrente, venían, otra vez, la dichosa máscara y el trozo de huevo. Luego, de la habitación vecina, empujando la cortina con el bulto, lo que nos permitió vislumbrar lo que parecía una habitación similar en dimensiones a la que nos hallábamos, extrajo también un pequeño taburete de corcho o eso parecía, sobre el que se sentó seguidamente. Eso hizo. Después de no alcanzar respuesta a sus dos primeras preguntas, y de preparar semejante instalache, se sentó tranquilamente a mirarnos.

En fin, ella sentada y nosotros callados... La tensión empezó a mascarse en el ambiente. Por toda respuesta a esa tensión, ella dijo, con el mismo extraño acento, que entendimos algo mejor porque hablaba más despacio, marcando mucho las pausas, hasta detenerse al final del párrafo:

-Perdonad que no os haga más de camarera, o perdonad que os haya hecho de camarera hasta ahora. Es parte de mi oficio. No sé si me entendéis, porque no he tenido ocasión hasta ahora de practicar vuestra lengua, que he estudiado algo últimamente...

Silencio por nuestra parte. Tú dejaste de frotarte la pierna y de mirarme asesinamente a tiempos alternos. Yo intenté recuperar el uso de mis facultades después del primer susto... ¡Cómo hablaba esa mujer! La combinación de las palabras familiares y el acento de su voz (cavernosa cuando empezó, simplemente intranquilizadora un rato más tarde) debió ser una de las cosas que nos dejó impactados. Quizás se dio cuenta del efecto. En todo caso, astutamente, se excusó por abandonarnos, diciendo que quizás era mejor que charláramos entre nosotros un rato, o algo semejante. Y que si queríamos cualquier cosa no teníamos más que entrar en la habitación de al lado. Y antes de salir, como remedando su propio rol de camarera, con un gesto expresivo hacia la mesa servida, expresó algo así como “Si quieren comer algo”... y mutis por el foro.

La cortina acababa de caer cuando volvió la irritación y volvió también la prudencia a la sala que ocupábamos. Ambos nos levantamos de golpe (espasmódicos Hernández y Fernández más que nunca a lo largo del viaje, ahora, al escribirlo, le veo el punto cómico a nuestro gesto de entonces), ambos igualmente dispuestos a exigir una inmediata aclaración en alguna parte. Y la cortina volvió a alzarse casi inmediatamente. La chica que había entrado primero estaba allí, mirando nuestras bocas abiertas, con unos cubiertos y un par de servilletas de tela un tanto rígida, dura y apelmazada, que dispuso gentilmente en nuestras manos antes de marcharse, murmurando:

- Los cubiertos...

Ella también hablaba muy raro, parecido, pero distinto a la otra.

Segundos de silencio por nuestra parte. Luego nos miramos. Miramos los cubiertos, dos cucharas de mango de madera tallada y un par de pinchos del mismo material. Sospechamos casi al unísono, pero por nada del mundo lo hubiéramos dicho entonces, que lo que pasaba era no sólo raro y muy raro, sino que claramente tenía que ver con la misma máscara que nos miraba, con sus rasgos extraordinarios, desde el aparador de enfrente.

Una puta cáscara de huevo con sonrisa. Tras unos segundos de vacilación, no acercamos a palparla ansiosamente, cerciorándonos de que era, exactamente, la misma que hace dos días habíamos encontrado.

EN LA HABITACIÓN DE AL LADO: sigue el RELATO DE LA MEDIDORA

- Se están precipitando sobre la máscara.

Esto susurró flordecactus. Seguramente no la oyeron, pues se nos acercó hasta soplarnos casi al oído la frase. Sin embargo, le lancé una mirada de “soy más vieja que tú, hazme caso y no sigas hablando”, pero ponto ya había cazado el chiste y ahogado, no con gran acierto, un atisbo de carcajada. En estos momentos, los veinte años que nos separaban luchaban en mi interior con la adecuada relación docente-discente, y, de hablar, sólo hubiera dicho que se dejaran de juegos populares. Preferí quedarme callada sin sonreír en absoluto.. “Precipitarse sobre la máscara” es parte de un viejo dicho de mi pueblo, de contenido bastante obsceno... (“Obsceno”… El sólo hecho de que tengáis esa palabra en vuestro idioma me hace no traducir el resto del dicho, parte de una antigua danza de origen popular donde los danzantes, con máscaras de animales... Bueno, qué más da, asunto vuestro, el dicho entero significa para nosotros que alguien se precipita apresuradamente sobre un objeto de deseo, real o figuradamente hablando. Con intención, diríais acaso vosotros, de folleteo, jodienda o copula amorosa. Ligado al comercio, el término “precipitarse sobre la máscara” se refiere asimismo, según el contexto en que se emplee, a la acción de abalanzarse, los pobladores de algún lugar especialmente remoto, sobre los objetos novedosos que los comerciantes les muestran de cara a su compra o intercambio... Por extensión, se dice también, pero generalmente a las espaldas de la persona a que se aplica, de quien compra con excesiva avidez y prisa.

Ponto y flor habían conseguido dominarse, y seguían (ella) espiando los movimientos en la habitación de al lado. Ponto a su lado, agachado. Yo un poco detrás, contentándome con oír y ser informada. Los tres listos para apartarnos rápidamente si hacían ademán de abrir la cortina.

SIGUE EL RELATO DE ELLOS

La máscara era la misma, y ya habíamos reconocido el contenido total de la habitación vacía. Al otro lado de la cortina nos había parecido percibir una risita... La situación se hacía cada vez más penosa. Tú habías vuelto a la mesa, donde estaba nuestra pequeña bolsa de excursión (la guía de Túnez, las llaves del coche de alquiler, unas postales, tu cartera – la mía la llevo en el bolsillo-, el horario de trenes, el tabaco...) y el cuaderno con su bolígrafo que habíamos dejado sobre los cojines cuadrados.

Me hiciste señas para que me acercara, bastante conspiratoriamente, mientras escribías algo en él. Me acerqué y leí: “Mejor que no hablemos. ¿Qué hacemos?” Yo te susurré casi al oído:

- Volvamos al restaurante.

Claro, había que haber estado allí para entenderlo. Echando miradas recelosas a la cortina caída que tapaba la habitación de al lado, cogimos nuestras cosas, volvimos amedrentados al patio y entramos por la puerta de la que habíamos salido, la del pasillo con sus mesas y sillas de comedor a un lado de la barra... Y nos quedamos parados en ese mismo umbral, estupefactos: ni mesas, ni barra, ni tele, ni puerta con persiana al fondo, ni pasillo de techos artesonados, ni, en resumen, traza alguna del restaurante que allí debía, como antes, encontrarse. Sólo una habitación vacía y abovedada similar a la que acabábamos de dejar atrás, salvo que en ésta unas altas cráteras de barro, tapados sus golletes con tapones de corcho, descansaban a lo largo de las paredes, y los adobes que las formaban estaban sin pintar, no blanqueados. Avanzamos sin decir nada, hasta el vano abierto del fondo, esperando contra toda esperanza regresar al ambiente familiar que habíamos abandonado... Pero esta nueva habitación se abría a su vez a otro patio, más grande, un espacio a cielo abierto rectangular y porticado, cuyas columnas eran recios maderos cilíndricos embutidos en un zócalo encalado... En la explanada de este patio, un pozo y un enorme abrevadero de piedra sobre el suelo de tierra apisonada, y en las alas del pórtico puertas que se abrían a él... Llevábamos unos segundos detenidos allí, respirando agitadamente, cuando un revuelo en la habitación de la derecha y el característico cacareo de un corral de gallinas nos sobresaltó más de lo que me gustaría explicar. Quizás esperábamos que, en vez de una majestuosa y gorda gallina blanca, hiciera su aparición un avestruz, un ñandú, una esfinge u otro animal más o menos mitológico. Pero sólo salió ésta por el vano abierto, encabezando el desfile de otras cinco o seis de distintos colores y morfologías. Una gallina oronda que se dirigió inquisitivamente hacia nosotros con la cabeza coquetamente ladeada, mientras cacareaba arrulladoramente... Pasé los primeros años de mi infancia veraneando en una casa con gallinas, y puedo asegurar que éstas tenían el mismo aspecto que las de mi abuela cuando me encargaba, después de comer, darles las migas de nuestra mesa sacudiendo el mantel en su corral todas las tardes...

Quizás por eso el respingo que di ante la inesperada aparición de los volátiles fue bastante más suave que el tuyo, urbanitas nato, que provocó un revoloteo asustado y un retroceso del grupillo hacia sus posiciones habituales... Tres o cuatro volvieron a entrar en la habitación de al lado, las otras tomaron poco a poco el patio, subiéndose las más audaces al brocal del pozo y del abrevadero anexo, donde picotearon el agua. Recorrimos a paso lento el cuadrilátero, asomando la cabeza a las estancias que a él se abrían. Las gallinas, una vez más audaces, invadían cada espacio a su antojo, precediéndonos o siguiéndonos en nuestro recorrido, como si no hubieran abandonado la esperanza de recibir de nuestras manos una ración de pienso o de grano.

La puertas abiertas a derecha e izquierda de la explanada del patio, como dedujimos por el olor y la paja mezclada con estiércol del suelo, eran las de dos larguísimos establos para vacas, sin ningún animal dentro en estos momentos..

En el ala del pórtico al que habíamos salido, buscando el desaparecido restaurante de Bizerte, había, además de la habitación de las cráteras, dos corrales de gallinas con sendos montones de paja seca, no muy altos. De frente, el pórtico tenía una única abertura, un portal grande cerrado con una alta verja de madera, a la que nos asomamos con precaución, y que incluso abrimos levantando el sencillo pestillo. Las puertas chirriantes se franquearon casi por su propio peso, al paisaje exterior de... Sí, ni Bizerte, ni calle, ni puerto, ni alcazaba, ni centro urbano, ni coches, ni taxis, ni semáforos. Ni nada, en fin, de lo que debíamos haber encontrado...

Una suave ladera herbosa, cruzada por una pista con huellas de pezuñas, resbalaba hasta un paisaje de casas bajas y dispersas que parecía llenar el breve valle, compuesto de dos o tres lomas onduladas. Al fondo, lo que se veía era la línea del mar entre los bosques circulares que cercaban el asentamiento humano, surcado éste a su vez de campos cultivados y tres o cuatro caminos principales que trepaban, entre y más allá de las casas, hasta internarse en el verde oscuro de los árboles, bosques espesos que no alcanzamos a identificar en la distancia. Parecía que el edificio al que nos asomábamos, de muros encalados, se encontraba en un pequeño alto, y seguramente en uno de los extremos de aquel... ¿cómo llamarlo?... extenso... ¿núcleo urbano...?, donde cúmulos de casas y cercados se miraban formando diseños poligonales, donde alguna edificación, aquí y allá, era más alta y rectangular, con más de un piso, y otras parecían poco más que cabañas enlazadas entre sí, donde alguna de las calles estaba enlosada por tramos y por tramos era simple franja verde con arbustos y árboles, donde las ... ¿huertas? se mezclaban entre las ... ¿cabañas?... , donde algunas columnas de humo remontaban la atmósfera de nítidas nubes blancas y grises recortadas en el cielo azul de la tarde que empezaba a tornasolarse, y donde flotaban, aquí y allá, rumores humanos que nos parecieron en la lejanía de voces o de músicas, especialmente desde la parte más cercana a la franja del mar, donde el diseño de varias callejas transitadas por diminutas figurillas humanas ofrecían un aspecto algo más regular.

No sé cuanto tiempo permanecimos contemplando la tarde que caía sobre la ciudad o el poblado con el mar al fondo y el sol a nuestras espaldas. Dimensiones aparte, y dentro de la espesa masa sólida en que parecía haberse convertido mi cabeza, (donde por únicos pensamientos hasta ese momento recuerdo algo así como un intenso, pero indoloro e inconcreto, zumbido en los oídos) la única imagen que se me pasó por el cerebro fue la siguiente: que nos habíamos convertido en algo del tamaño de un dedo, y mirábamos la inmensa hoja que ante nosotros se había abierto: una estampa a todo color de una ilustración de Astérix, pero más grande.

- Joder, dije.

- Joder, dijiste.

- Cococó, dijo una de las gallinas. No la blanca, sino otra de pintas castañas y amarillas que, viendo el portalón abierto, había decidido emprender con pasos cautelosos una pequeña excursión sendero abajo, y se dedicaba, ante nuestros ojos extraviados, a picotear amigablemente la hierba del pasto, pastizal donde sólo entonces distinguimos, aquí y allá, salpicando los bordes de la ladera en cuyo alto mirábamos, los bultos de unas cuantas vacas de cuernos torneados. Las tres vacas más cercanas empezaban a mirarnos, a nosotros o a nuestra cacareadora acompañante. Sus cuernos tenían, juzgué, un interesante tamaño, y las cabezas el típico aspecto entre omnisciente y bondadoso de los bóvidos que conocía.

- Ñiiiiii, hizo la hoja derecha de la puerta, balanceándose un poco al aire.

- Ñíiiii, hizo la hoja izquierda de la puerta, al yo soltarla.

- ¿Qué haces?, hiciste tú mientras yo rodeaba cautelosamente a la gallina extraviada.

- Cococó, hizo la gallina, mientras mi presencia la empujaba a reintegrarse, junto a las tres o cuatro que ya se disponían a seguirla, al otro lado de la verja de madera que cerraba y abría el patio de las vacas.

- Volvamos, dije yo con decisión, mientras tú te apartabas a un lado para ayudarme a cerrar las hojas chirriantes.

- ¿Qué coño está pasando? Nos preguntamos uno a otro mientras regresábamos a través del patio.

- No tengo ni idea, concluimos uno y otro mientras entrábamos, tras una pequeña vacilación, por la habitación de las vasijas donde hubiera debido estar (¡cielos, cielos, cielos, cielos!) el pasillo del restaurante.

- ¿Y quien cojones es esa tía?, me preguntaste tú a mí, como si yo pudiera saberlo, mientras rehacíamos nuestro recorrido hasta la habitación que habíamos abandonado hacía un rato.

- ¡Y yo qué se!, te susurré yo a ti mientras ambos mirábamos la cortina aún caída, al otro lado de la cual no se oía el menor indicio de presencia humana.

Y ahí nos quedamos, parados, hasta que la cortina se abrió una vez más.

Entraron, por este orden, la mujer que nos había hablado antes, la chica joven y el chico, que se habían quitado los extraños delantales, quedándose cada uno de ellos con una especie de prenda mixta entre falda y calzona que les llegaba hasta las rodillas cayendo desde los hombros, de un material y color semejante a la lana... Nosotros retrocedimos, cada vez más conscientes de nuestro avío y rostro de turistas alucinados. (De modo no demasiado diferente a como lo habían hecho las gallinas, de hecho retrocedimos ante su presencia como si fuéramos subnormales).

- Hola -dijo, entre gangueando y resoplando, la chica.- Me llamo flordecactus...

Las eses seguían siendo extrañamente sibilantes, y el acento no había mejorado mucho en este rato. La mujer que habías visto en la cañada nos miraba, el chico hizo una pequeña inclinación de cabeza, mientras, tras una breve vacilación, se acercaba a los dos montones de cojines donde antes (en un "antes" que nos parecía casi tan lejano como el propio y desaparecido restaurante, con su telenovela en árabe y su carta en francés) nos habíamos acomodado sintiéndonos aún, aunque algo recelosos, turistas y viajeros normales.

El chico dijo entre dientes, con el mismo modo de hablar extraño el castellano, algo así como “ponto”, mientras se inclinaba rodeando la mesita con la bandeja, y se dedicaba a esparcir las almohadillas del banco sobre el suelo, formando nuevos asientos. Eran de un material rígido, una especie de paja o enea trenzada

- Sentémonos, dijo la mujer mayor con su voz cavernosa. Llevaba el pelo, entre moreno y canoso, también trenzado y recogido a ambos lados de la cabeza, mientras que los otros dos lo llevaban más suelto, y no tan largo. El del chico era oscuro, un poco rizado. El de la muchacha, casi del mismo color que la paja trenzada, cortado a tropezones, estaba someramente ceñido con una cinta a la cabeza, que ladeaba un poco mientras nos miraba. La mujer mayor cogió la misma banqueta en que se había aposentado antes. Los otros, evidentemente, nos esperaban.

¿Qué íbamos a hacer? Como dos marionetas con el mismo resorte, en vez de acercarnos a la mesa preferimos apartar nuestras espaldas hacia la pared de enfrente, al lado del improvisado aparador donde estaba la máscara. La mujer, sin inmutarse ante nuestra espantada, simplemente ladeó su propio asiento para mirarnos con mayor comodidad, mientras hacía un gesto dirigido a la muchacha llamada “florrrdecactousss”, que se sentó donde yo había estado, con la espalda contra la pared y una expresión casi risueña en los labios. El chaval, de aspecto saludable y brazos y piernas poco pilosos y hermosamente atezados, tenía una escasa barba. Yo me toqué el mentón casi inconscientemente, repasando mi mandíbula, que también lleva barba, pero sólo cuando no me afeito durante un par de semanas. Él dijo, dirigiéndose a la mujer mayor, algo en un idioma absolutamente indescifrable, compuesto básicamente por un montón de consonantes y vocales extraordinarias, de tal modo que la frase sonó como una serpiente deslizándose aparatosamente entre un crujido de tallos. Ella le contestó, con un nuevo gesto admonitorio de las manos, algo así como que procurase hablar en nuestra lengua, el... (cabeceo y tono interrogador hacia nosotros, como pidiendo una confirmación de sus palabras)... “¿cuastellano?... “

La palabra sonó como un restallido de piedras que se cayeran en alguna parte, y nosotros nada contestamos. Me fijé en ese momento que tú apretabas la tira de la bolsa que llevabas colgada al hombro con los dedos crispados. Y yo, con otro alarde de valentía, me limité a retroceder unos centímetros más, hasta que mi espalda se cobijó, como si su contacto pudiera defenderme de aquello muy, muy, muy extraño que nos estaba pasando, en el muro que teníamos detrás, mientras ambos permanecíamos de pie, aterrados. Tú, y creo que yo te imité, tragaste saliva audiblemente durante unos segundos.

- Quizás nuestros invitados quieran beber algo, dijo entonces el chico, dirigiéndose a cualquiera de los allí presentes. Pronunció cada palabra con esfuerzo, pero el acento era menos extraño que el de las dos mujeres; al menos no parecía que estuviese intentando practicar la ventriloquía, como ellas al impulsar sus sonidos por el aire.

La mujer cabeceó como aprobando, y la muchacha se apresuró a pasarle una de las vasijas de estrecho talle que extrajo, goteando, del cacharro grande.

En fin, ¿para qué seguir? Esa primera tarde nuestros tres acompañantes intentaron de todo, de la mímica al ruego, para intentar comunicarse. Y nosotros, así es la vida y así se pone uno a veces cuando viaja, seguimos inmutablemente callados, intercambiando susurros cuando nos dejaban a solas o cuando, unas tres veces más, nos levantamos a seguir explorando, en un radio cercano, el mundo que nos rodeaba. En la habitación de al lado había efectivamente lo que nos pareció una cocina, con varios hornillos o chimeneas de distintos tamaños para hacer lumbre dentro, construidos con ladrillos de barro cocido, cada uno con su propia salida de humos del mismo material ennegrecido; en otra una especia de despensa, en la de más allá un pozo interior y mogollón de recipientes de diferentes tamaños, en otra no había nada más que una alta ventana circular y algunos muebles, etc. El lugar parecía grande.

Teníamos hambre y sed, sí, así que bastante más tarde, cuando ya oscurecía y un rumor como de baile empezó a entrar en la habitación desde un entorno cercano, mezcladas las percusiones con lo que nos pareció, entrando a través de la puerta del patio, el sonido de muchas voces, bebimos y comimos ávidamente lo mismo que ellos, que parecían ahora, excepto la mujer mayor, más bien desilusionados y ansiosos, e incluso progresivamente aburridos, algo que no contribuyó a mejorar nuestro propio ánimo. Poco después de que empezara la música, los dos chavales nos abandonaron. Ella, que se identificó sólo como “la medidora del templo” o “la medidora” a secas, pese a nuestro silencio y otros gestos de rechazo, se obstinaba en hablarnos, repitiendo a veces lo mismo con diferentes palabras, hasta que, a falta de cosa mejor, nos dejamos conducir, bajo la oscuridad creciente, a su casa, desde lo que, nos dijo, era el templo al que, por motivos terriblemente importantes, había tenido que trasportarnos para estas fiestas, esperando que nos recuperáramos lo antes posible de la impresión y que, por favor, por favor, le habláramos, que era algo también muy importante... Sigue tú, por favor, estoy agotado.

(...)

Y mutis por el foro, otra vez. Como si nada, después del paseo, nos abandona a nuestra suerte y entra por la puerta (sin cortinas siquiera, sólo un vano en el muro) de su casa. Nosotros nos miramos. Miramos el vano oscuro, tapado por una cortina oscura en la noche oscura, que nos había ofrecido como aposento, gemelo del hueco por el que ella acababa de desaparecer, donde sólo oímos como sacudía algo, quizás una tela o la misma pared, canturreando suavemente en voz muy baja. Nosotros seguíamos en silencio, mirando la manchas de nuestras caras a la última luz del día, que se hacía noche completa rápidamente. Miramos el breve patio, miramos el bajo murete de piedras y plantas que lo separaba de la “calle” (entre comillas lo de calle, porque era más bien un descampado alargado con árboles dispersos que parecían encinas, robles o semejantes, aunque había de varias clases). Su casa (no parecían merecer ese nombre las tres chozas de piedra rectangulares, adosadas formando una “ele” en torno al patio) estaba aparentemente en las afueras de la población, como el mismo templo, y nos parecía haber llegado hasta aquí, precisamente, rodeando las zonas más habitadas.

Al final, después de intercambiar un par de susurros más, salimos por pies lo más rápida y furtivamente que pudimos, sin que ella pareciera dispuesta a abalanzarse sobre nuestros pasos para seguirnos.

Tras alejarnos un poco, aproximadamente en la misma dirección por la que habíamos venido, nos detuvimos. En un patio rodeado de casas cercano, separado de la “calle” por otro murete bajo, había un grupo de gente en cuya presencia no habíamos reparado antes. Nos apresuramos a refugiarnos bajo la sombra protectora de los árboles. Gente que, por otra parte, no nos hizo ni caso (posiblemente ni siquiera nos veían) cuando finalmente cruzamos la calle, y que entrevimos y oímos a la luz de las estrellas y la media luna creciente que el cielo había preparado para alumbrarnos. Tenían unas lámparas que nos ayudaron a distinguirles, mientras nos mordíamos los labios y pisábamos cuidadosamente el suelo irregular para no hacer ningún ruido al pasar ante ellos: dos parejas de personas mayores, varios adultos de edad indeterminada y cinco o seis niños que correteaban a sus anchas, jugando, estoy casi seguro, a una variante del escondite que yo también he practicado en mi infancia. Caminamos, pues, sigilosamente, (aunque no hiciera seguramente falta tanta precaución, pues aquella familia parecía estar muy ocupada cenando y charlando en la misma lengua ininteligible y sonora que habían usado unas cuantas veces los chicos y la medidora del templo para hablar entre sí a lo largo de la tarde), pasamos por delante de ese patio, y, rodeando y evitando en la medida de lo posible todo encuentro (excepto con un par de gatos u otros animales que nos salieron al paso, sobresaltándonos) bajamos por la misma calle que antes habíamos subido, cada vez con menos árboles y con más tramos enlosados ante las puertas de los patios y umbrales, hasta llegar a las inmediaciones del templo.

Éste, como habíamos visto antes de abandonarlo, era más bien un complejo de patios y edificaciones, bastante amplio, desde los anexos que primero conocimos, destinados a almacenes y cuidado de animales, hasta la zona que la medidora (acompañándonos mal de nuestro grado en una de las exploraciones que habíamos hecho) identificó como las casas de huéspedes y las de largas estancias (fuera lo que fuera lo que quisiera decir con ello). Vimos también, desde una de las fachadas del curioso edificio (en la que según nos dijo era la zona principal del templo) otra explanada, ésta muy grande, enlosada por entero y rodeada de anchos escalones, con capacidad para muchas personas cada uno, progresivamente más altos y estrechos hasta alcanzar, aprovechando un desnivel de terreno, el aspecto de verdaderas gradas.

Este mismo lugar, que habíamos visto por la tarde y al que llegamos ahora rodeando el templo en la oscuridad, parecía ser el centro de una gran fiesta nocturna. Por la tarde había sido uno de los primeros lugares que visitamos, sin entrar en ninguna de las edificaciones alargadas que lo flanqueaban por dos lados, y cuando nos asomamos desde una de las puertas del templo la explanada estaba desierta, aunque al fondo se afanaban unos grupillos de gente, no muy tapada o semidesnuda, en torno a una especie de cocinas al aire libre donde se veían fuegos encendidos. Retrocedimos entonces, sin que nuestra autonombrada guía hiciera comentarios, y deambulamos por lo que parecían unos almacenes de maderas y cajas, con montones de telas teñidas de diferentes colores cuidadosamente apiladas en los anchos estantes.

Los fuegos seguían encendidos, pero ahora, bajo las estrellas y la media luna, relucían sus lenguas más altas casi amenazadoras, asomando entre la muchedumbre allí reunida. Parte de esa gente entraba y salía sin excesivo apresuramiento por las puertas de esa zona del templo, cuyo interior estaba iluminado.

Gente... Muertos de curiosidad, contemplamos el lugar: desde los grupillos más cercanos, hasta los corros que se apiñaban aquí y allá contemplando algo que nosotros no podíamos distinguir, hasta los hombres y mujeres y niños sentados en aquella especie de graderío, ocupados, por lo que pudimos ver, en descansar, conversar, cantar y, varias parejas también en besarse aparatosamente.

Me olvidaba de la música, las risas y los cantos. Cuando alcanzamos, como he dicho, el borde de la explanada, además del ruido de las conversaciones del gentío nos había atraído aquí y tanto al lado de los fuegos como entre los corros humanos, sonaban canciones e instrumentos, entre los cuales destacaban con bastante claridad varios de percusión, que, con el acompañamiento de otros para mí desconocidos, seguramente de cuerda (el conjunto sonaba como uno de esos discos catalogados como “músicas del mundo” o “música étnica” en las tiendas del ramo), eran apasionadamente seguidos por numerosos danzantes. De uno de los escalones más cercanos a nosotros procedía también una voz de mujer, entonando una melopea que apenas distinguimos, pues, pese a ni siquiera acercarnos a la humanidad allí congregada (divididos los dos entre el interés y el miedo, y, estoy seguro, ocupado tú como yo en procurar divisar a la luz escasa a alguien vestido como nosotros, al que sin dudar nos hubiéramos dirigido para solicitar auxilio, socorro y amparo) la batahola era impresionante.

Sin embargo, de algún modo, el gentío que teníamos delante era más tranquilizador que apabullante, y, aunque empezábamos a sentir frío y notar el relente de la noche otoñal, nos sentamos de común acuerdo bajo los árboles más cercanos, medio tapados por unos arbustos, mirando y escuchando cuanto nos rodeaba. Yo, particularmente, hubiera empezado a sentirme hasta medio bien, si tú no hubieras insistido en volver a comentarme, como ya habías hecho antes en un aparte, que temías estar a punto de ser, conmigo y con quien sabe quién o qué más, sacrificado a alguno de los dioses extraños cuyos nombres no recordabas, pero que habías leído en el libro. Porque los fenicios, tío, hacían sacrificios humanos y evidentemente, como también habíamos comentado antes, lo que nos pasaba era que la mujer ésa nos había hecho viajar hacia atrás en el tiempo, trayéndonos al mismo pasado del que provenía la máscara, máscara que a su vez habíamos reconocido como muy semejante a las que, desportilladas, descoloridas y fotografiadas en blanco y negro, traía el libro en la página que tantas veces habíamos repasado ayer, y el pasado en el que estábamos era sin duda la época de los fenicios esos, o púnicos, o cartagineses, o como se les llamara, con lo cual todo el asunto era de lo más jodido y no se te ocurría qué podíamos hacer para evitar ser asesinados, apaleados, torturados, quemados o, incluso, cocidos, asados y deglutidos durante las próximas horas. Eso había sido por la tarde, en uno de los ratos en que nos quedamos solos.

- No hablar, tío, no nos va a servir de nada a la larga, recuerdo que dijiste.

- Sí, pero a lo mejor es lo que nos ha salvado hasta ahora, recuerdo que te contesté.

- Sí, es posible, recuerdo que concluimos ambos.

De pronto, mientras seguíamos allí sentados, detallando el aspecto de la fiesta nocturna, se produjo un revuelo de voces y luces desde la cercana explanada. Un revuelo que se dirigía, por cierto, justamente hacia donde nosotros estábamos.

Convencidos de que podía haber llegado nuestra última hora, permanecimos mirando sin atrevernos a movernos de nuestro escondite, que se hacía cada vez menos escondite y más centro de atención, según una columna se escindía de la multitud que teníamos enfrente, viniendo hacia nosotros. Traían varios de sus integrantes unas enormes lámparas de barro, casi como botijos de más de medio metro de altura, de cuyo cuerpo agujereado salía la luz oscilante de lo que, pábulo o llama, ardía en su interior intensamente. Las lámparas se aproximaban a lo que nos pareció una velocidad vertiginosa, balanceándose en las manos de sus porteadores, que las fueron colgando, casi en torno nuestro, en las ramas de un círculo de árboles que hasta ese momento no habíamos alcanzado a percibir en la oscuridad y dentro del cual (ahora nos dábamos cuenta) nos habíamos precisamente sentado. Uno de los que se ocupaban en colgar las lámparas se nos acercó tanto que estuvo a punto de arrollarnos.

Ambos (yo por lo menos) nos encogimos sobre nosotros mismos con las manos sobre la nuca y la cabeza agachada, sin decir, eso sí, ni pío, mientras aquel tipo corpulento (llevaba, atada bajo uno de sus hombros, una especie de túnica o toalla que le tapaba la cintura y sus partes, pero que descubría para nosotros, que poco a poco levantamos la vista desde el suelo al que nos habíamos tirado como si aquello fuera un bombardeo, la mayor parte de sus dos gruesos muslos) se estiraba para suspender entre dos ramas, utilizando un trozo de cuerda, la lámpara que ahora (“¡oh, dios, dios, dios!”, recuerdo que pensé muy inteligentemente para mis adentros) nos iluminaba e incluso nos calentaba parcialmente, al tiempo que, sin hacernos más caso que echarnos una mirada curiosa y murmurar algo que nos sonó a diablos, pero que también hubiera podido ser una explicación o unas disculpas o un saludo o cualquier otra cosa, se sentaba casi a nuestro lado, al lado de nuestro arbusto, parte de un círculo de personas que se estaban a su vez colocando a nuestro alrededor, círculo del que sin querer habíamos así entrado a formar parte, círculo en el que permanecimos mientras acababa de formarse, después de deslizarnos con la misma parsimonia con que un caracol asustadizo asoma de su concha, hasta quedar sentados con las espaldas apoyadas en tronco del árbol y las piernas totalmente recogidas tapadas por nuestros brazos. Intentábamos disimular lo mejor posible, supongo, nuestras propias personas, ropas y calzados.

A nuestra derecha había quedado el hombre fornido, que portaba una barba negra recortada como una pequeña caja. En el árbol que teníamos a la izquierda se apoyó una mujer con dos niños, y poco detrás un abuelete que, previsoramente, había arrastrado hasta aquí un taburete para sentarse. Y es que el rocío otoñal empezaba a caer, aunque nosotros, presos todavía del sofoco del pánico, tardamos un buen rato en notar que nos estábamos quedando fríos. Y entonces ya no era el momento de levantarnos, a no ser que quisiéramos hacerlo, bajo la luz movediza, acercándonos al calor de las lámparas entre aquel corro de gente sentada y vestida con extraños ropajes. La mujer que teníamos a la izquierda se cubrió, e intentó también cubrir a los dos niños, con una manta, sobre uno de cuyos extremos, finalmente (y tras un breve forcejeo cuerpo a cuerpo) decidió intentar sentarlos, aunque uno de ellos prefiriera acercarse a nosotros cuatro segundos más tarde para mirar más de cerca nuestras caras y, sobre todo, tus gafas. No me atreví a indicarte que te quitaras, pues sé que sin ellas no ves un burro a dos pasos...

Al parecer, más que intentar cenársenos lo que se preparaba era una seànce de algún tipo de arte, a la que nos preparamos a asistir, quizás no con el estado de ánimo más adecuado, pero con todos los síntomas externos de la atención, como la gente que nos rodeaba. Y me pregunto: ¿cómo resumir esta parte del relato? Voy a intentarlo en tres párrafos, uno dedicado al contenido y continente del espectáculo, el segundo a la actitud del público y organización en general, y, el tercero, a algunos de sus intérpretes.

A no ser que prefieras continuar tú, desde luego.

(...)

(¡Adelante! ¡Adelante con tus tres parrafitos!)

(...)

Allá van:

El espectáculo fue variado. Hubo, para empezar, un larguísimo monólogo acompañado de mímica, pero no con la suficiente mímica para que pudiera hacerme una idea de qué se contaba, aunque pude entender muchas de las acciones. Levantarse, cocinar, comer, discutir con alguien, perder un colgante que llevaba y que volvió a aparecer más tarde, mientras la narración, en la que un único actor parecía encarnar a todos los personajes, se complicaba. Cuando acabó aquello hubo música y cantos (nada similar a lo que escucharíamos a la mañana siguiente, esto fue muy bonito). Después una mujer bastante mayor se puso a contar algo muy largo. Podían ser chistes, puesto que la gente se reía a carcajadas en las pausas, aunque durante el relato, al que todos parecían prestar mucha atención (excepto los niños, que durante la canción anterior se habían quedado dormidos arropados por su madre con la manta) hubo momentos de mucha seriedad, igual que los había habido en el monólogo del principio. Después, otros tres intérpretes y mimos hicieron algo más comprensible para nosotros, pues claramente narraban un viaje en que un personaje o personajes diferentes (creo que más bien lo segundo) se encontraban con diferentes animales. Uno de ellos, mientras escenificaba y hablaba, se sacaba y se ponía una máscara para ir recitando algo que podía ser poesía, pues me parecía que se repetían muchas palabras, y que quizás contuviese el hilo del relato. Hubo pasajes bastante líricos (en los que estuvimos a punto de hacer como los niños de al lado) y largos parlamentos. Los momentos de risas, de los que participamos como pudimos cuando nos pareció inexcusable, nos servían también para mover un poco las piernas y el cuerpo, que se nos entumecían constantemente, e intentar entrar en calor removiéndonos.

Pero me estoy yendo a la actitud del público, así que cambio de párrafo. Se puede decir también del espectáculo que fue participativo, pues varios de los que ante el corro se presentaron salían de entre los espectadores y actuaron, con instrumentos que llevaban o que les pasaban (se me ha olvidado lo del continente del espectáculo) a las luces movedizas de las lámparas, cuyo efecto acentuaron en varias ocasiones los intérpretes y el público golpeándolas para que se bamboleasen bajo las ramas después de cebarlas para que brillasen más vivamente, lo que acentuaba el dramatismo de la escena. Los presentes acompañaron el recitado varias veces. Lo hacía el hombre de al lado estentóreamente, y me fije que algunos de los intérpretes y de la gente del corro se ponían también una máscara en esos momentos de coro hablado. La sujetaban sobre una especie de varilla, tapándoles la cara y la boca, pero no las palabras, y al acabar la apartaban. También se cantó mucho, de hecho varios de los “números” que me he olvidado citar fueron a coro, y varios de los que actuaban lo hicieron sin desplazarse al centro del corro. Y ya que el improvisado escenario era circular (temo que estoy mezclando bastante) me olvidé comentar que también el espectáculo, del algún modo, lo fue, girando a menudo los artistas sobre sí mismos, caminando a veces en torno al borde interior de las piernas y brazos (para bien o para mal, nuestro sitio resultó realmente estupendo, en todita la primera fila, nos pasaban casi rozando) y jugando con la expresión tanto del rostro como del resto del cuerpo, igual que con la modulación de las palabras... Pero volviendo al público, y a la organización, recuerdo ahora un grupillo de adolescentes que teníamos detrás (podían ser incluso nietos del abuelo del taburete, pues le incluyeron con toda naturalidad entre sus filas, según fueron llegando y sentándose o acostándose, muy apiñados. Una pandilla indeterminada a la poca luz (creo que de ambos sexos), el caso es que intentamos evitar mirarlos. Que no nos vieran ellos a nosotros era imposible, pues colonizaron nuestra zona de arbustos, entre los que descubrieron unas piedras planas que utilizaron para apoyarse. Escucharles les escuchamos bastante nosotros a ellos y nada en absoluto, excepto simulacros de risas y amagos miméticos de exclamaciones y aplausos, ellos a nosotros. Además de cantar, corear y tocar incluso algún instrumento cuando se terciaba (lo que nos ponía en una situación incómoda a la hora de no mirarlos), en un momento dado recibieron de alguna parte unas jarras y vasos de cerámica con algún tipo de mejunje caliente, que un par de sus miembros más cercanos o amables (que ya nos habían dirigido la palabra antes, sin recibir mayor respuesta que un par de sonrisas de conejo acojonado y algunos amables gestos de excusas o saludos amigables por nuestra parte) se aprestaron en un momento dado a pasarnos, dándonos golpecitos en la espalda para que nos girásemos. Como no pudimos, por motivos obvios, decir no, puedo afirmar que aquello sabía bastante a alcohol en alguna de sus formas vegetales, mezclado con algo que podía ser leche especiada con algún tipo de tropezones que podían ser trocitos de higos secos, y también que deglutirlo nos sentó bien al cuerpo. La parte del público que éramos nosotros, por otra parte, intentó todo el tiempo: (a) desplazarse sutilmente, palmo a palmo, hacia un punto más oscuro y menos frecuentado, a ser posible conducente a la salida, lo que no conseguimos pues había gente por todas partes; y, (b): pasar completa, absoluta y totalmente desapercibidos.

Y esto me conduce al siguiente párrafo, al que he llegado después de algunas digresiones y vericuetos: los intérpretes.

Amén de lo ya dicho sobre ellos y ellas, para nosotros se dividieron en: (a) los que estaban más lejos; y (b) los que estaban más cerca. Categoría por orden de peligrosidad, por así explicarlo. Por ejemplo, cuando una de las muchachas sentadas detrás de nosotros procedió, con voz alta y clara que suscitó una gran atención sobre su persona y máscara, a glosar un fragmento de la actuación de uno de los monologuistas (o eso creo que hizo, yo qué sé) nos parecía percibir una especie de gran luz roja tintineante que decía “peligro, peligro” claramente. (Ahí sí que miramos hacia atrás, ya lo creo, el corro juntaba bastante gente que en ese momento nos tenía justo incluidos en el centro de sus miradas, y el tenue refugio de bajos arbusto nos parecía tan escaso como a cualquier púdica verecundia una hojita de vid.) Pero lo peor fue al final, cuando las últimas intervenciones se habían ido espaciando y nadie nuevo accedió al centro del corro, de lo cual dedujimos que el espectáculo se acababa, y que era el momento de desaparecer lo más discretamente posible. Justo entonces, una nueva división entre los intérpretes centelleó en nuestras cabezas, acompañada, más grande que nunca, de la misma lucecita roja. Había: (a) los que no conocíamos previamente, y, (b), el que sí conocíamos; el que ahora, al acabar el espectáculo y acercársenos, volvimos a tener delante. Era el mismo muchacho que la mujer de la máscara había identificado (repitiendo las presentaciones otra vez a lo largo de la tarde) como “ponto, su ayudante” y también como “ponto, estudiante”. Y su reaparición se había producido como sigue:

La mujer con los dos niños, que ya se habían despertado, se aprestaba a irse cuando finalizaba el espectáculo. Un par de veces previamente había hecho un gesto semejante, que desatendimos como si fuera invisible, pero ahora, otra vez de pie, nos tendía (mientras decía algo absolutamente incomprensible) la manta. Llegó a tomarse los codos con las manos, para escenificar el frío que teníamos y nuestra necesidad de ese abrigo, pero no nos atrevimos a aceptarla y, a riesgo de pecar de descorteses, hubimos de negar varias veces por toda respuesta y, entre sonrisas de agradecimiento, explicar con las manos que no la queríamos. En ese momento, el hombre fornido de nuestra derecha intervino diciéndonos una frase igualmente incomprensible antes de levantarse, cosa que nosotros decidimos hacer también para escaquearnos aunque fuera echando a correr, entonces precisamente uno de los muchachos de atrás pareció interesarse por lo que pasaba, y llamar al mismo tiempo, en voz que nos pareció demasiado alta, diciéndole nosequé, a uno de los intérpretes que por el centro del corro (ya deshecho, pues todos se estaban levantando para irse) en esos momentos pasaba. Por lo que pudimos colegir, lo mismo podía estar diciendo “Jose, mira a ver, que estos dos parecen alelados” como “Oye, llama a la guardia, que se han escapado dos destinados a los sacrificios de mañana”. Y así reconocimos, en uno de los que había actuado bajo máscara, al mismo muchacho al que habíamos aburrido por la tarde. Él no pareció muy sorprendido, lo que nos hizo suponer que ya nos había reconocido antes. No hizo nada inmediatamente, aparte de decir un par de frases a nuestros vecinos, y acompañarnos mientras huíamos como pudimos de las caras aún expectantes. No llamó a nadie, tampoco, aunque cuando ya habíamos dejado atrás la explanada, entre el resto del gentío que, como nosotros, la abandonaba, reconoció a alguien y pronunció un nombre (no el que nosotros conocíamos, claro, sino otro más corto en su propia jerigonza) mientras agitaba la mano. Consiguió así llamar la atención de la chica que interpelaba, no otra que flordecactus.

(Bueno, hasta aquí he llegado. Te ha tocado continuar, y no olvides que hubo entonces una larga conversación...)

(...)

CONTINÚA EL RELATO: LA NOCHE DEL CUARTO DÍA (por XXX)

(Lee y aprende: en tres breves párrafos, no en tres botes de engrudo con palabras, como llego cual alado Céfiro al momento de acostarnos... )

Hubo en aquella conversación tres fases. En la primera, siguiendo una estrategia previamente acordada, nosotros dos no hablamos, intentando al mismo tiempo escaquearnos de ellos, que nos seguían, hablando. En esta primera fase nos enteramos de que hubiéramos podido coger la manta si teníamos frío, que no era de nadie o era de todos o era del templo, según diferían las explicaciones que nos daban. Después conseguimos perderles de vista.

En la segunda, habiéndonos reencontrado en algo que yo llamaría “el exterior de un bar del puerto”, a punto, creíamos, de llevarnos un par de hostias de unos hombres que no se creían que no les entendíamos, fuimos rescatados por la pareja, que al parecer nos habían seguido sin darnos nosotros cuenta. Entonces fue cuando nos dijeron que, si queríamos, estaban dispuestos a enseñarnos a decir “si”, “no”, “gracias” y algo así como “disculpe, no entiendo ni jota de su idioma” en un par de minutos, antes de que siguiésemos nuestro paseo, para evitar en los sucesivo más incidentes.

En la tercera, la conversación se generalizó. Ésta fue la fase más larga, y en ella intercambiamos información mientras tomábamos algo en otro bar (ellos nos dieron toda la que quisimos sobre sus vidas respectivas, que puedes completar en otro momento, y a otras preguntas como “¿qué hacemos aquí?” nos remitieron al día de mañana y a la persona y palabras de la medidora del templo, de la que hablaban como si fuera una especie de profesora muy reputada, que enseñaba, entre otras cosas, idiomas. Por cierto, ponto era extranjero, de un lugar que podía ser una isla de Grecia, según el dibujo del mar Mediterráneo que entre los tres improvisamos sobre la arena de una playa llena de gente. Además, y visto que negábamos tener sueño, nos enseñaron el puerto a la luz de la luna y de algunas antorchas, donde más gente parecía haberse apalancado comiendo, bebiendo, haciendo música, oliendo incienso y practicando otras variadas actividades recreativas, así como también nos mostraron el exterior de los edificios más importantes, como los otros tres templos de la ciudad. Instituciones que no acabo de saber si eran exactamente religiosas, o había algún error de traducción en la palabra que empleaban y unas cuantas calles o instalaciones ligadas con determinados oficios, antes de decir que mejor nos acostáramos, que si no íbamos a estar muy cansados mañana.

Y así, aquella noche del cuarto día del viaje, primera en cierto sentido, recorrimos de punta a punta la ciudad con pontoeuxino y flordecactus. Una ciudad en plena fiesta de año nuevo, según nos contaron, con mucha gente despierta. Con muchas luces, comidas, bebidas, hogueras y bailes.

(Y como un trato es un trato, digas lo que digas: ¡adelante!)

ACABA EL RELATO DE LA NOCHE DEL CUARTO DÍA (por YYY)

(Sin comentarios.)

Una ciudad demasiado larga, decidimos unas horas más tarde. Una ciudad demasiado ancha, también. Flor y ponto nos acompañaron hasta la casa, dándonos las buenas noches en el patio. Al entrar vimos que alguien, seguramente la medidora, había dejado una de lamparilla de barro encendida en el interior de nuestra habitación, en un alto anaquel excavado en uno de los muros, al lado de una vasija con agua y de dos platos tapados que contenían una especie de grano húmedo, quizás algún tipo de avena, mezclado con miel y leche fresca. Las paredes parecían forradas de ladrillos. Gracias a la luz descubrimos, además de lo anteriormente descrito y del suelo enlosado con piedras irregulares, una gata marrón y peluda que tras mirarnos con cara de cabreo se marchó muy dignamente cuando entramos, así como dos duras camas bajas, poco más que sendos tablados de madera apoyados sobre filas de ladrillos (unos ladrillos pequeños y compactos, blanquecinos), con unas mantas gruesas extendidas sobre las tablas y otras pulcramente dobladas sobre ellas. Teníamos los pies cansados y el cuerpo entero cansado, así que nuestras anotaciones en el cuaderno fueron, esa noche, bastante exiguas, antes de acostarnos sobre el armazón de madera y las mantas que lo cubrían, que nos parecieron de lana. Aunque fuera duro, no se estaba mal allí tumbado, con el machaque que llevábamos.

“La ciudad es grande” ( escribiste tú)

“Me ha gustado mucho, pero he pasado frío” (escribí yo)

Dos anotaciones, unidas a unos últimos murmullos que intercambiamos después de acostarnos y taparnos:

- Creo que deberíamos dejar de susurrar.

- Sí, duerme, es tarde. ¿Apago la cosa ésta?

- Um.

Prudentemente, aunque se me había pasado el miedo y me empezaba a parecer singularmente estúpida la conducta que habíamos mantenido horas antes, dejé encendida la lámpara antes de caer, rendido, en un abismo sin sueños del que me costó, cuando la luz del sol empezó a inundar la habitación por la pequeña ventana, despertarme. Tenía una gata, seguramente la misma que habíamos visto la noche antes, acurrucada conmigo debajo de las mantas. Tenía también agujetas en todo el cuerpo, y, viendo que tu dormías aún plácidamente, decidí quedarme descansando un rato antes de levantarme.

Así, de forma increíble, se había desarrollado nuestra cuarta jornada de viaje.

(Y, ya que te habías hecho cargo de esa parte, explica al menos la explicación que nos dieron ponto y flor a preguntas como “¿dónde, cómo y cuándo habéis aprendido a hablar... así... nuestro idioma?”, “¿se estudian lenguas del futuro en ese templo del que habláis?”, “¿qué es, una especie de academia?”, “¿y ése, es entonces un hospital?”,”¿y el vuestro, es también entonces una especie de hotel y de almacén y de banco?”, etc. etc. etc. Y di también que esa noche empezamos a dejar de temer por nuestras vidas, al menos de modo inmediato).

(...)

ADDENDA: UNA LECCIÓN DE ESPAÑOL (por XXX)

Bueno, va. Ponto y flor (el nombre de ella era traducido al castellano, de su idioma impronunciable, el de él una palabra griega que significa “paso”) nos dijeron que lo de poder hablar nuestro idioma era la cosa más extraordinaria que les había pasado nunca, al menos hasta que nos vieron aparecer detrás de la medidora (de ella no nos dijeron el nombre propio, ni nosotros nos acordamos de preguntarlo) por la puerta de aquel patio a media tarde. Antes de transformar esa puerta durante unos minutos en una especie de marco luminoso que ellos apenas se atrevieron a palpar con la mano, sin notar frío ni calor, ella les había solemnemente convocado para una ceremonia, que supusieron ligada a las fiestas en curso.

Al llegar al lugar en que les había citado se sorprendieron al ver que eran los únicos celebrantes, y según nos dijeron se sintieron halagados. La medidora, que aparentemente es una persona reservada, les dijo sólo que iba a necesitar que hablaran una lengua extraña para comunicarse con dos extranjeros que iban a llegar esta misma tarde, así que ellos cogieron sus tablillas y le miraron expectantes, y ella se rió y les dijo que no había tiempo para eso, y que si querían arriesgarse a un tipo de aprendizaje directo al que no estaban acostumbrados. Aprenderían muy rápidamente, les dijo, pero seguramente olvidasen también muy rápido ese nuevo lenguaje, y seguramente, como a ella, la experiencia no les resultaría agradable, de hecho les dolería la cabeza después, probablemente. Tampoco, les dijo, ni deberían ni podrían volver a utilizarlo cuando la visita de los dos extranjeros acabara.

Nos lo estaba contando la chica, y en ese momento ponto rió y la interrumpió diciendo que ojalá, pese al dolor de cabeza, ella quisiera enseñarles así todas las lenguas. Flordecactus (el nombre le iba bien; nos dijo, y nos dio a oler esa noche en sus cabellos, que era el de un perfume que nos resultó familiar y exótico al mismo tiempo) le devolvió la sonrisa antes de continuar su relato, pero se tocó la frente con la palma de la mano, como si todavía le molestara. La medidora les dijo que se sentaran en el suelo juntos, les dio una máscara (la palabra, que dijo primero sin traducirla, sonaba algo así como “pataraptar”) y un huevo de avestruz roto esa temporada, para que los cogieran, y, según les dijo, se los fueran pasando y palpando mientras duraba el aprendizaje. Luego les tapó con una tela las cabezas y cuerpos, y les indicó que cerraran los ojos e intentasen no pensar en absolutamente nada.

Dijo que ambos vieron entonces, aún con los ojos cerrados, imágenes extrañas, desde los centelleos de una especie de lámpara que no era de barro ni de aceite ni tenía ninguna llama, pues ardía ella misma, diminuta y esférica, hasta que empezaron a cruzársele por la mente unos extraños sonidos y gritos y palabras y, poco a poco, frases cada vez más largas, que siempre parecían a punto de entender sin lograrlo. Los dos se marearon, pero respiraron como mejor pudieron bajo la tela, y se fueron pasando, como la medidora les había dicho, esos objetos, cada vez más rápido, hasta que ponto no pudo aguantar más, porque le parecía que ambos giraban tan fuerte y velozmente que iban a salir despedidos y destrozarse la cabeza contra las paredes del patio. Gritó y cayó de lado, tardó unos minutos en recuperarse. Flor sintió algo parecido, y creía haberse muerto cuando recuperó la conciencia. Después de destaparles y animarles, la medidora les preguntó cómo se decían en aquella nueva lengua una serie de frases, hasta que quedó satisfecha del resultado, les mandó a bañarse y les pidió que volvieran lo antes posible cuando se sintieran más descansados. Cuando llegaron, después de un baño rápido, ella abrió el portal de luz, les pidió que la esperaran en la cocina donde luego les encontramos, y entró por él. Al cabo de pocos minutos, que a ellos se les hicieron muy largos, se reunió allí con ellos, diciendo que los extranjeros ya estaban llegando.

El relato, aún más que cuanto habíamos visto, incluidos los templos que al parecer tenían diversos usos, incluidos aquella especie de bares donde se comía y bebía sin pagar nada, y que al parecer disponían durante las fiestas los propios vecinos de los barrios, incluidas las ropas, los adornos, los peinados, las barbas, los collares, los instrumentos musicales, los pendientes y los tocados, nos pareció increíble e inaceptable, puro primitivismo mágico. Sin embargo, ponto y flor hablaban y entendían castellano. O todo aquello era una asombrosa mistificación de la que no podíamos adivinar el objetivo, o ellos decían la verdad, y, a fin de cuentas, qué más daba, si todo un país, si todo un mundo se había borrado y desaparecido bajo nuestros pies desde que salimos por aquella puerta desde el local del restaurante.

En su lugar, ropas, olores, adornos, peinados, barbas, collares, vasijas, instrumentos musicales... Todo lo que habíamos visto y oído, la playa, las calles, las gentes, la media luna y la oscuridad entre los árboles. Les dijimos que nosotros también nos sentíamos mareados, y entonces fue cuando empezamos a volver hacia nuestro cuarto.

SIGUE EL RELATO DE ELLA: la mañana después

La mañana era plácida y soleada, de lo que me alegré. Del mar llegaba un soplo fresco, y la tensión de ese viento me dijo que seguramente el mar y el clima estaban normalizándose. Posiblemente en dos o tres días, sólo un poco más tarde de lo normal, las nubes que ayer habían empezado a rondarnos acabasen, como deben hacer por estas fechas, de desplomarse con los segundos aguaceros otoñales sobre árboles y campos.

Hubiera debido acercarme al templo, a supervisar una labor que suele acumularse en estas fechas (fundamentalmente la primera contabilidad y almacenamiento de las mercancías provenientes de los barcos, que a lo largo de los próximos meses se irían sacando en los mercados quincenales, para consumo interno y comercio con las poblaciones del interior) pero estaba demasiado interesada en el experimento que estábamos llevando a cabo, así que decidí tomarme el día libre y olvidar esos cuidados rutinarios. De todas formas, era probable que tras la fiesta de ayer, que seguramente se habría prolongado hasta tarde, fuera a encontrar el templo otra vez semivacío, cuando no tomado todavía por los últimos ciudadanos resacosos. Esas labores podían esperar, y solían hacerlo durante más o menos una semana, hasta que, generalmente ya bajo el tamborileo de la lluvia, reorganizáramos la actividad normal del período anterior a teth, el solsticio invernal.

La cortina de mi casa de huéspedes estaba echada. Con cierta inquietud me detuve un rato delante, escuchando, antes de decidirme a levantarla y comprobar que nuestros dos polluelos seguían en el nido. Dormían, por lo que pude comprobar, plácidamente.

Dejé caer la cortina, volví al patio y después de lavarme y secarme me enfrenté al problema que tenía entre manos. Hasta aquí había actuado casi por instinto, llevada por la terrible premonición que me había acosado en los últimos años hasta empujarme a la acción. El futuro...

Sí, pero... ¿ yo qué tenía que ver con el futuro? En ese momento, y no era el único a lo largo de mi carrera, eché de menos que mi oficio como medidora del templo fuera algo menos indeterminado. Bien estaba que medir, contar y pesar fueran labores bajo mi responsabilidad, pero ese medir, que para vosotros (por lo que desde que empecé a desarrollar mi plan fui aprendiendo de vuestro idioma) se limita como quien dice a contar la extensión o superficie de algo, es para mi pueblo algo bastante más delicado. Medir no es para nosotros una actividad neutra, en la que el objeto de medición no se vea afectado de ningún modo por la misma. Medir es volcar nuestra mente al extremo de aquello cuya dimensión evaluamos, y es también hacernos conscientes y responsables, precisamente, del efecto de nuestra mente sobre aquello que examinamos. Medir el tiempo me ha traído hasta aquí. Medir el tiempo me ha hecho responsable del futuro que mi mente ha llegado a penetrar. Y mi mente no es sólo mi mente individual, sino, en cierto sentido, la mente de una comunidad de la que formo parte, de la que soy seudópodo extendido, desde hace más de un año, a un futuro tan lejano que quizás no hubiera debido interesarme.

Pero he medido el tiempo y he sabido que un nuevo aleph del cielo se avecinaba. Pero he ido a los extremos de ese nuevo período y he intuido oscuramente, durante demasiadas lunas, la enorme cantidad y calidad de sufrimiento y muerte que el ciclo por venir encerraba. Pero he llegado a desplazarme físicamente a vuestro mundo y, más allá de la pena y el terror de ver la desaparición de mis bosques, he olido en el aire y he visto, en los huesos al descubierto de la tierra, la reseca podredumbre de una muerte y de un envenenamiento sin posibilidades de recuperación. Y así, sin quererlo, poco a poco, desde lo que no fue más que una idea impalpable y unos repetidos sueños de destrucción, hasta el clímax de los últimos días, me he hecho responsable del buen fin de ese ciclo, como acepto mi parte de la responsabilidad en el fin y comienzo de todo aleph anual. El sol se mueve, las generaciones se suceden y la tierra, mi tierra, todas las tierras que conozco y aquellas que me están vedadas se preparan para morir sin ventura a nuestras manos. Cuanto hay de hermoso y bueno en la herencia que, de generación a generación, de madres a hijos y de hijos a nietas y nietos los pueblos transportamos estará amenazado de pérdida completa si, al acabar, ese ciclo se cierra sin abrirse en él nuevos caminos. Y ésa es mi función de cara al siguiente, en este fin de aleph que me ha tocado vivir. Lo que me ha tocado hacer no será definitivo ni determinante, pues ninguna medidora ni medidor de templo alguno posee tal poder. Pero, como si de un paño de tela se tratara, debo arrimar ambos extremos y, plegándolos sobre sí mismos, del remoto pasado al remoto futuro, permitir que se toquen. El tiempo no es un trozo de tela inerte, y en ese momento, si debe fluir del remoto pasado al remoto futuro algo que rescate la herencia de ese porvenir, lo sentiré correr a través de mis manos, de mi cuerpo, de mi mente volcada en el esfuerzo. Y el aleph que comience entonces llevará esa semilla.

Semilla... ¿Será posible alguna regeneración de vuestro mundo infecto? ¿Cómo se habrá llegado a crear en él tanto veneno?

Desde mi patio poca tierra es visible, pero cualquier rincón del mundo es el centro del mundo si hace falta considerarlo así. Y éste es el momento, antes de que las guerras y el exterminio que se preparan comiencen efectivamente, empezando a construir el futuro del que procedéis o procederéis vosotros, signos y testigos al borde del abismo. Hace ya mucho tiempo mi pueblo emigró al oeste, y encontró tierras libres con la que comerciar y establecerse, pueblos que no se conocían entre sí, idiomas diferentes. Mi propio pueblo está destinado a morir entre catástrofes, y lo mejor que hayamos inventado se volverá contra nosotros y contra vosotros, que seréis nuestros descendientes y nos habréis ya olvidado. Sin embargo, entre todos los pueblos actuales o futuros del mar que media entre las tierras, el futuro del nuestro está ligado a vuestra propia civilización por vías subterráneas que ahora debo sacudir y levantar para que se encuentren, y circulen por ellas, por las venas del tiempo, aquello que guerras y desastres y males perpetuados han ido o habrán ido dejando atrás. El canto debe fluir ahora, y vosotros también debéis estar preparados. ¿Entenderéis vuestra parte del canto, vosotros, miembros y representantes de una generación vocinglera que se balancea al borde del abismo? Da igual. Habéis llegado aquí, y esto es suficiente estímulo como para intentar cualquier cosa.

zaïn - Capítulo sexto

CONTINÚA EL RELATO DE XXX: EL QUINTO DÍA

El despertar del quinto día fue, por así decir, inusitado, insólito, excepcional, inaudito... ¿Había estallado una tormenta? ¿Nos hundíamos?... Jamás he navegado en un barco de vela, y sin embargo mientras salía del agua de mis sueños viví, creo, un auténtico naufragio del que recuerdo las sacudidas, el fragor desatado contra el puente, batacazos terribles, crujidos y gemidos de las cuerdas, el aullido del viento, el martilleo de la última ola y la succión brutal que me tragaba. Si era un sueño fue el último, y me dejó anonadado como experiencia.

Recuerdo que grité, incorporándome de golpe en el lecho. Tú me mirabas con cara de “¿qué coño pasa?”, pensé que era por el naufragio cuando recuperé de golpe mis sentidos y escuché lo que tú. Luego me dijiste que llevabas despierto un rato, y que cuando repentinamente grité estuviste a punto de caerte de la cama del susto. La cama era tan baja que el golpe no hubiera sido gran cosa, y que levantarme me iba a costar un rato, mientras tú palpabas el suelo buscando las gafas que te habías quitado para dormir y yo me hacía a la idea, arrodillado como un orante medieval, de que el mar no me había engullido y de que... ¿qué era eso que sonaba? Era una voz humana, y al tiempo no lo era. Era un canto, pero más que canción parecía un recitado sin melodía, y sin embargo cada sílaba era música y sobre todo, lo más extraño, el ritmo era cualquier cosa excepto pausado, y el tono en su conjunto, o el volumen, que me pareció fortísimo, creaba para el sonido una presencia casi sólida, como si más que vibraciones de aire lo que inundara nuestra cabaña fuera algo vivo, un extraordinario animal invisible que se enroscaba como un dragón y se estiraba como un tigre, que alzaba, como Pegaso, el vuelo, y como una salamandra se lanzaba a su fuego, para salir de él coleteando como un pez, como un banco entero de lomos muy brillantes entre fugas de luz que se hiciera luego pájaro, bandada de cuerpos palpitantes y de plumas y músculos encrespados al viento...

El canto... Abrí y cerré los ojos varias veces. Sacudí la cabeza como hacen los viejos. Enderecé la columna y apoyé los talones con fuerza en el suelo, acuclillándome en el borde del camastro como si conociera desde siempre esa postura. Mis fémures, mis últimas vértebras, toda la parte baja de la columna de mis huesos parecía, a través las mantas y las tablas, conectarse de algún modo, como el tronco a las raíces o las verticales raíces a la tierra, con ese mismo suelo, formando un todo único de seguridad perfecta...

La impresión fue tan placentera que me agrada detallarla, rememorarla en el fondo de mis células. El naufragio, el canto, la sensación casi vegetal que conoció mi cuerpo... No sé cuánto duró todo ello. Posteriormente, comparando experiencias, me contaste que, por lo que podías recordar, el canto había empezado muy suavemente, y que, suponías, llevaba poco tiempo sonando cuando empezaste a incorporarlo, al parecer, a un sueño que tenías y que no habías tenido desde tu bastante lejana infancia, un sueño en que volabas o corrías casi volando con enorme ligereza, y que después de empezar a escucharlo te habías ido transformando, según tus propias palabras, en puro movimiento, desde lo que, según tú, había sido el bullir de los primeros protozoos o bacterias o lo que fuera que en los océanos primigenios del planeta transitaron miles de años liberando el oxígeno de las aguas al cielo, hasta, como me intentaste explicar una y otra vez, recorrer todas las escalas que se te ocurrieron del reino animal unas cuantas veces, con vericuetos de libélulas y saltos de primates, pasando, como no, por todos los animales reales y mitológicos que yo había creído hacerse sonido invisible pero terriblemente corpóreo en el interior de la habitación, y que todo el tiempo te habías sentido moviéndote tú o siendo tú el movimiento o, mejor decir, el propio hecho de moverse existiendo de esas formas de vida...

(Espero haber demostrado que, contra lo que me echaste en cara varias veces, sí estaba atento mientras hacías, una vez más, el esfuerzo expresar aquello que habías sentido en forma de palabras. )

Me contaste también que yo me había debido despertar durante una especie de crescendo que tuvo el canto antes de acabar, dejándonos a mí sentado en el borde de la cama, con expresión, según dijiste luego y no pienso callarlo: “de estar en éxtasis y más exactamente, en éxtasis cagando” y tú... (¿cómo puedo contestar a tal lindeza?)... tumbado boca arriba con las gafas ya puestas, las piernas abiertas como pidiendo guerra y la mandíbula inferior caída, como si estuvieras babeando aunque no salivaras...

Hubiera podido decir también, más brevemente, que el canto nos dejó bastante impresionados, pero no hubiera sido fiel a la realidad. Otra cosa: ¿por qué coño querías ponerte las gafas? En el momento creo que pensé que lo habías hecho para ver los animales, pero eso carece de toda lógica.

Bien, he llegado hasta aquí. Te mando el documento para que hagas las acotaciones que consideres oportunas, y continúes si quieres. Si no, según el trato, seguiré yo golpeando las teclitas del teclado hasta acabar de narrar lo que me falta.

(...)

SIGUE EL RELATO DEL QUINTO DÍA (por YYY)

(Lo lamento, no pensaba que fueras tan sensible a las observaciones escatológicas. Dejaré pasar, pues, sin subrayarlo más con la delicada pluma de mis dedos sobre las letras, ese curioso “como pidiendo guerra” de uno de tus estimables párrafos finales. Y antes de continuar, he de decir, con todas las letras, ¡bravo!, y ponle tú las comillas y signos de exclamación que consideres pertinentes. Bravo, pues has superando con solvencia buena parte de una narración que a mí me parecía casi imposible, animándome a intentar imitarte.)

¿Acotaciones? Encuentro poco que añadir, a no ser que me puse las gafas, simplemente, para no marearme. Dicho así suena estúpido, pero a mí me sentó bien. Siempre me he mareado más sin gafas que con ellas, y aprovechando que me habías interrumpido con tu estúpido grito, decidí ponérmelas por si acaso, aunque en realidad, hasta poco antes de que gritaras, todo había sido muy placentero, quizás un pelín menos agitado de como tú lo pones.... Y ya que he empezado a comentar ese punto, me gustaría añadir que lo que yo sentí fue algo así como.... ¿conoces esas representaciones de curvas del azar? Pues imagínate muchas de ellas, ponlas en movimiento, dales música para que dancen, y métete dentro de un salto. Y a gozar. Una vez (esto creo que nunca te lo he contado) estaba con unos amigos de excursión por el sur de nuestra península (y no pienso precisar, es algo que juramos no contar y yo pienso mantener mi solemne promesa) y encontramos casualmente una plantación de opio. Bueno, yo creía que la encontrábamos por casualidad, pero la verdad es que uno de mis amigos, por así decirlo, tuvo durante su etapa de estudiante algo que ver con el mundo de la farmacia, y precisamente esa etapa en la que entonces todos estábamos estaba a punto de acabarse, quiero decir que era el final de unas vacaciones locas durante las cuales, borracho como estaba de sol y manzanilla esa mañana andaluza, me pareció que el hallazgo se debió tan sólo a que sin querer, buscando un lugar apropiado para echar una siesta a la sombrita y para charlar con un par de litronas frescas que veníamos de comprar, echamos a andar por el camino adecuado y que también por casualidad, justito en ese punto la elevadísima malla metálica tenía un hueco cuidadosamente cortado con unas cizallas, lo justo para que entráramos los cuatro a cuatro patas y viéramos el percal. Una plantación de adormideras, y no precisamente fuera de estación, con sus cápsulas recién maduras y llenas de algo blanco y viscoso. Ni ésa que abrimos para ver desaprovecharon los colegas, y en un sombrero empezó la recolección (ahora que lo pienso, el hecho de que ninguno llevara ni una bolsa les exculpa de toda premeditación y alevosía, aunque el colega –o la colega, no quiero romper ningún punto de mi promesa- de farmacia y otro que le acompañaba supieran muy bien qué era aquello, y cómo, rudimentariamente, prepararlo para ser ingerido. Eso sí, cuando me dieron mi parte se les olvidó comentar algo acerca de cantidades y tiempos, así que, según me dijeron posteriormente, me pasé como un mulo y, a lo que iba, estuve unas quince horas seguidas con sensación de orgasmo y, luego, durante casi una semana, con un estreñimiento que me puso a las puertas del hospital, donde no llegué a ir porque me negaba a contar lo que me había pasado, aparte de porque me sentía como si me estuviera muriendo y prefería hacerlo en casa y a solas. ¿A qué viene esta larga anécdota? A lo que iba: que he tenido otras experiencias extraordinarias (bueno, al menos otra: ésa) en mi vida, antes de irme contigo al maldito viaje ahora que estoy en mi etapa de madurez y de ser buena gente (siento no haberte contado antes lo del opio, ni siquiera cuando tuvimos en La Gomera aquella discusión sobre drogas, me imaginé que te parecería raro, pero después de lo que llevamos... ) y que ésta no tuvo nada que ver. Fue la música sólo, tío, eso es lo asombroso. Bueno, más que la música, como tú dices, el canto. El canto de la mujer ésa.

No sé si de este tipo de experiencias se puede tener una intensa sobredosis, pero de ésta en particular no nos dio tiempo (ni, sobra decir, nos quedaron síntomas físicos). El canto se acabó... pronto, soy incapaz de precisar lo que duró, pero no fue muy largo, media hora como mucho, como poco unos diez o cinco minutos. Nos miramos sin hacer comentarios. Tú seguías con pinta beatífica (y a ti también te colgaba la mandíbula, evidentemente, he leído en alguna parte que es algo que pasa cuando estás muy relajado), y yo empecé a sentirme como si me hubiera caído del techo sin darme cuenta. Veía lo mismo que antes, el techo y un cacho de pared, y el canto se había acabado. En su lugar (antes no los recuerdo) los pájaros y el viento empezaron a cantar, y la techumbre de la cabaña crujía muy suavemente. Fue sólo una ráfaga, creo. Después me levanté, me dirigí a la cortina y la levanté para mirar afuera, saliendo debajo de una especie de saledizo de la cabaña, sostenido con dos palos firmemente hincados en la tierra del patio. Tú saliste conmigo, y los dos nos quedamos mirando a la medidora, que estaba sentada en el brocal del pozo, con las dos manos apoyadas en él, mirando el cielo y el sol que se levantaba detrás de nosotros, sobre las tres casuchas de piedra y de madera. Detrás de su figura, las matas que habíamos visto la noche anterior, separando el patio del camino y la franja de árboles.

Ella permaneció así unos segundos, como descansando después de un esfuerzo, y por dios que me pareció normal que lo necesitara. Si se hubiera estado revolcando por el suelo, echando espumarajos por la boca, rodeada de un coro de bocas aulladoras, me habría sorprendido menos que al verla casi normal. Llevaba un vestido hasta los tobillos, que eran finos y muy morenos, igual que los pies. Su tono de piel, creo que aún no lo hemos comentado, era oscuro y algo arcilloso, y sus huesos delgados pero, supongo, fuertes. Aunque no era una mujer muy alta, andaba y te miraba como si lo fuese.

Tardó en hablar después de recuperarse. Simplemente nos estaba mirando, a nosotros o a las cabañas o al sol que se levantaba detrás de nosotros, trepando por el cielo, pero todavía no asomaba en todo su esplendor. En otras condiciones, creo que hubiéramos sido nosotros los primeros en decir algo, pero después de lo que habíamos sentido simplemente nos quedamos allí, mirándola e intentando que no se nos notase mucho que la estábamos mirando. Al final enfocó claramente sus ojos hacia el punto exacto que ocupábamos, y preguntó con voz un poco vacilante:

- ¿Os he despertado?

Me olvidé de comentar que, evidentemente, de lo que dijera el canto, si es que decía algo, no entendimos ni jota. Ahora escucharla hablar en castellano con esa voz semiahogada, nos produjo, a mí por lo menos, un pequeño pálpito. Me sentía avergonzado de nuestra actitud de la tarde anterior, pero aún así me daba como miedo hablarle. Imagino que más que miedo era respeto. Ella continuó:

- No pretendía... – En ese momento, el gato salió de la casa y se dirigió en línea recta hacia ella, maullando con la cola enhiesta. Si los gatos vitoreasen, doy por hecho que era eso lo que el animal estaba haciendo. Quizás por lo que había experimentado momentos antes, recuerdo que me fijé como nunca antes lo había hecho en el modo en que se desplazó, levantando como un caballo las patitas en un breve galope, un paso casi de danza... Cuando el gato llegó a su altura, ella se agachó para recogerlo, y con él en brazos se nos acercó antes de soltarlo debajo del sombrajo. La gata, el gato o lo que fuese, no lo recuerdo, entró por la puerta sin cortinas de su casa, y ella detrás, y nosotros nos quedamos en el umbral. Salió con un platito hondo de barro, que puso en el suelo delante del gato. No me fijé en su contenido, sólo en que el animal empezó a comerlo. Luego dijo, sonriendo levemente:

- Yo también tendré hambre luego. ¿Os apetece dar un paseo? ¿Qué tal la excursión de anoche? ¿Habéis cenado? Ponto me dijo esta mañana que se os había desatado la lengua.

Nos apetecía dar un paseo, efectivamente. Dijimos que sí, encantados, gracias. Dijimos que bien, ayer, y soltamos sendas risitas que, si hoy las volviéramos a escuchar, nos harían taparnos los oídos realmente avergonzados. Y después de entrar prestamente a calzarnos la seguimos, rodeando la casa, mientras le contábamos, de forma más breve de lo que tú has hecho, nuestras actividades de la noche antes.

Si alguien leyera esto algún día hablaría de síndrome de Estocolmo, pero lo cierto es que nuestros sentimientos habían dado un giro de ciento ochenta grados. Se podría decir que habíamos perdido todas nuestras reservas, y sólo el percatarnos de que su cansancio tardaba en desaparecer nos impidió, durante el paseo, asediarla a disculpas, preguntas, confidencias y más preguntas.

Eso, o que nos sentíamos ambos bastante tímidos. Eso, o que ella misma nos guió casi imperceptiblemente el paseo, de tal modo que primaran, sobre las preguntas, el interés por ver, oír y oler lo que nos rodeaba. Supongo que se percató de cómo nos sentíamos, e intentó, cosa que me pareció muy cortés por su parte, desviar o canalizar nuestros sentimientos hacia el entorno que nos rodeaba.

Me gusta el campo, pero nunca he sido excesivamente sensible hacia la naturaleza. Sin embargo, fuese porque nos duraba la impresión del canto, fuese porque realmente el paraje era muy hermoso, ese paseo se me ha quedado grabado, unido a una impresión de... ¿cómo decirlo?... exquisitez, frescor... que aún me asombra al recordarlo. Y total, ¿qué?... Simplemente rodeamos el muro de la cabaña en la que habíamos dormido, cuya ventana miraba al patio. Un árbol acercaba bastante, sin llegar a tocarlas, sus ramas a la pared construida con trozos de roca y mortero, que rocé con la mano al sobrepasarla, rugosa solidez que no se disgregaba... El árbol me pareció un frutal, pero no sé, en todo caso era de hojas caducas que amarilleaban, caídas ya la mayor parte en el suelo, formando un redondel dorado en torno al tronco grisáceo. El terreno ascendía, y una especie de sendero, más bien simplemente la huella de un paso repetido, apoyado en algunas piedras semienterradas en el terreno, se internaba, dejando atrás las cabañas (en la casa de ella, que aún no habíamos visto por dentro, una ventana miraba hacia nosotros desde los muros de piedra con broches vegetales) en el bosque circundante, que se hizo rápidamente más espeso. Al cabo de pocos metros, la sensación era de estar alejados kilómetros, perdidos en una selva que sin embargo no era oscura ni amenazadora, pues el sol llegaba, todavía horizontal, en largos rayos, al lecho de hierba que empezaba a hacerse quebradiza, acusando el final del verano, de musgo que empezaba a cobrar fuerza, acusando el principio del otoño, a una alfombra, en fin, con miríadas de hojas, texturas, tamaños y colores diferentes, armonía de verdes y tierras y piedras y ramitas que el sol punteaba, aquí y allá, con manchas y gotas y lagunas de oro que parecían crujir bajo nuestros pasos.

Poco a poco recuperamos la normalidad, y creo que simplemente disfrutamos del paseo. Lo que más nos asombró, creo, además de la variedad de plantas y el porte de los árboles, que me parecieron centenarios, fueron los sonidos de vida del bosque. La presencia de la fauna sobre, entre y debajo de las ramas. Había muchos pájaros. Caminábamos, como ella hacía, lentamente, y pronto nos sentimos demasiado ruidosos, así que intentamos pisar con cuidado para intentar imitar lo que parecía una forma de andar sin que se escucharan las pisadas, que seguramente no posee nadie más que yo conozca. Nada premeditado, nada de evitar los chasquidos de las ramas, simplemente un avance en que ningún sonido dejaba de fundirse con el sonido ambiente. Las perneras de mis pantalones, en cambio, eran cada vez más audibles al rozarse una contra la otra, y mis pies parecían golpear el suelo como las pezuñas de una vaca. El ambiente... En un arroyo que bajaba la ladera del bosque vimos una pareja de diminutos mamíferos listados, uno sentado al sol y el otro bebiendo. El que estaba sentado tenía las dos patas o manos delanteras levantadas, y golpeaba con ellas, como si boxease, un tallo de hierba alta. El que bebía se levantaba después de cada trago y echaba la cabeza atrás, apoyándose como el otro en las patas traseras plegadas bajo el cuerpo. Tú y yo, y ella después, nos quedamos como clavados al verlos, y tardamos unos segundos en darnos cuenta de que parecían dos cachorrillos de algo... El tamaño era como la mitad de un gato, y el pelaje, con delgadas pinceladas negras en el costado y la cara, una hermosura brillante..

- Les vais a asustar... - dijo, y nos tocó el costado ( a ti, que estabas más cerca) para animarnos a seguir andando.

- Son preciosos, ¿verdad? Nosotros les llamamos.. - y pronunció en su propio idioma una de esas palabras cortas de sílabas imposibles que no me atrevo a intentar grafiar. El nombre parecía apropiado, de todos modos.

La seguimos. Tú dijiste algo así como que creías que si nos parábamos era mejor, y ella te contestó que era pararnos demasiado a mirarlos lo que los asustaría, en vez de continuar nuestro camino. También nos dijo que el “hueco” (supongo que se refería a la madriguera) estaba cerca, a lo que sólo supimos responder dos variantes de “ajá” con tono de interés, interés que realmente sentíamos. Esos fueron los animales que, aparte de los pájaros, vimos más de cerca. Un par de veces más, y en una de ellas la medidora se rió levantando la cabeza, sonó la presencia de algo a un lado y otro, en los arbustos o en las ramas bajas de uno de los árboles, como si algún animal más grande estuviese allí, pero no alcanzamos a ver lo que hubiese.

El paseo fue breve. Poco después de encontrar a los dos bichitos que he intentado describir antes (bigotudos, por cierto) descendimos por otro lado abandonando los árboles. Desde un repecho herboso nos asomamos a las lomas de la ciudad vista con el mar al fondo, y después, sin bajar hacia ella llegamos, rodeando las traseras de un grupo de casas cercano, a la construcción en forma de ángulo donde vivía la medidora, que nos invitó amablemente a desayunar con ella antes de “darnos algunas explicaciones”. Lo que evidentemente ambos, pese a respetar hasta entonces su silencio, estábamos deseando.

CONTINÚA EL RELATO DE ELLA: la mañana después

Quizás me había precipitado con el canto. Pero el resultado parecía haber sido bueno. Me había traído del templo provisiones, que sacamos al patio. Antes de comer, me aseguré de que ponto y flor os habían mostrado nuestras letrinas, una de las realizaciones de mi pueblo de las que me siento personalmente más orgullosa, y que con una adecuada combinación del uso de las aguas, pozos profundos y canalizaciones, exigen apenas cegarlas y cambiarlas de emplazamiento cada generación, y permiten evitar los olores y gases malos que a menudo se acumulan en los pozos de las granjas o del exterior de las viviendas particulares. No hemos abandonado el uso de éstas, pero tienen mucha menos presión y son más salubres desde que empezamos con las otras, comunales y distribuidas por barrios y lugares de concentración humana.

Parecíais incómodos con el tema, así que lo dejé.

A ver: habíais llegado, nos habíais conocido, se os había pasado el miedo (bueno, dormía en vuestro interior recubierto de una costra casi transparente, pero no estabais, como ayer, en su disparadero), os habíais aliviado el vientre, comido, bebido y dormido entre nosotros, escuchando nuestras palabras y compartiendo una de nuestras fiestas. Habíais incluso participado, de algún modo, del canto que me asedió mientras pensaba este amanecer, quizás como respuesta a la angustia acumulada, y que me liberó parcialmente de ella, también.

Sí, mientras miraba casi cautelosamente como (con bastante precaución vosotros también) compartíais mi grano de la mañana, me sentía satisfecha, aunque no supiera exactamente qué debía seguir ahora. Era el momento adecuado para iniciar las preguntas, y para que me lo dijerais, quizás, vosotros mismos.

- Bueno, ¿qué queréis saber?

Os mirasteis antes de contestar, como cediéndoos uno a otro la iniciativa.

CONTINÚA EL RELATO DE ELLOS SOBRE EL QUINTO DÍA

-¿Qué hacemos aquí? ¿Cómo hemos llegado? ¿Qué nos va a pasar? (Esto, por no preguntar: ¿qué vais a hacer con nosotros?...).

Ella nos dejó acumular preguntas, incluidas las del tipo “¿quién eres?, ¿nos has traído tú aquí o es algo que hemos hecho nosotros?” y las del tipo “¿esto es el pasado, verdad, quiero decir el pasado con respecto a nosotros...?” o “¿cómo es posible que estemos aquí comiendo si aún no hemos nacido?, ¿seguimos en nuestro presente mientras estamos... –titubeo y gesto tuyo, que recuerdo bien-... aquí?”, pasando por las del tipo “¿seguimos en la tierra, o esto es otro planeta, no sé si me entiendes...?” y “¿cómo has aprendido nuestra lengua? ¿qué les hiciste a flor y ponto para que la aprendieran...?”, etc., etc.

Hasta que dejaron de ocurrírsenos interrogantes no empezó a hablar, sino que nos hacía gesto de que siguiésemos. Al recordar este momento supongo que formulamos más y otras, pero ahora mismo recuerdo mejor el aire y el cielo, y como nos sacamos los jerseys mientras comíamos porque el sol empezó a calentarnos la cabeza, y que más allá de las copas de los árboles del camino o calle o parque o lo que fuese había un trocito de mar de plata, y que debajo de los árboles pasó deambulando un rebaño de cabras con el que retozaban unos chiquillos con una especie de taparrabos, y que una de las cabras llevaba una esquila o campana que repiqueteaba agudamente... En cuanto a las explicaciones, sacamos en conclusión que la medidora había tenido como una especie de visión, según la cual el mundo se estaba yendo al tacho (cosa que nos parecía bastante verosímil, creo que una de las cosas que más le sorprendió de lo que nosotros mismos le dijimos fue precisamente la cantidad de información que le pudimos dar acerca del cómo y el porqué están como están -en “nuestro mundo”, como ella decía- las cosas, el medioambiente –de esta palabra nos pidió muchas explicaciones- y, -como ella decía- las relaciones entre personas y grupos, algo así como la sociedad). Bueno, y que a raíz de esa visión o premonición o lo que fuera (en la que no “veía” nada, al parecer hasta que nos llevó la máscara nunca había “estado” en, ni visto ni oído ni olido ningún otro “mundo” más que el suyo) se había preocupado mucho. Además el tiempo para ella era un montón de alephs o ciclos muy largos (de varios miles de años por lo menos, pero que, creía, podían ser más largos y también más breves, no lo podía precisar, dijo, -estas cosas no son como un palmo de tierra que se pueda medir, añadió cuando insistimos-), y que le parecía que la relación entre un comienzo y fin de alephs y otro era muy especial, porque posiblemente el tiempo no es una línea recta –como, según dijo, parecíamos creer nosotros- sino otro tipo de cosa o “verdadera realidad” en la que nada permanece, ni siquiera “un espacio que quede atrás o delante”, pues todo perece y nace de nuevo en cada inspiración y movimiento, y lo que realmente existe, más allá de nuestra... –duda por su parte sobre la palabra a elegir- interpretación o vivencia, es una especie de océano vastísimo, donde hay “islas” o remolinos que...

Bueno, que la mañana avanzaba y cada vez estábamos más liados, así que decidimos abandonar la metafísica.

En resumidas cuentas, por lo que entendimos, se trataba de propiciar un nuevo final y comienzo de aleph, y que eso había que hacerlo desde el anterior, que era donde estábamos, a no ser, claro está, que ella se equivocase por completo y nada de esto tuviera ningún sentido (como reconoció con una naturalidad que no nos acabó de parecer bien, ella detectó nuestra molestia y se limitó a sonreírse, en ese instante recuerdo que pensé que me parecía, pese a ser bastante mayor, muy guapa). Al parecer había una tradición muy antigua, que se podía remontar incluso a cuando (no se cortó de precisar esto, ante nuestra estupefacción) “los primeros hombres bajaron de los árboles y andando sobre sus pies empezaron a matar y comer con instrumentos de sus manos y empezaron a elaborar historias con sus bocas y a cultivar los primeros bosques”, o algo semejante, una parrafada que aún en castellano tenía un soniquete que nos recordó los recitados de la explanada.

De esa tradición formaba parte algo así como una profecía (que, según dijo, podía ser naturalmente “muy posterior”) según la cual habría dos alephs breves y que durarían aproximadamente lo mismo (que algunos habían identificado con el fin y comienzo de aleph anterior y con el que empezaba “ahora” –su ahora, el tiempo o la época a la que nos había traído-, que acabaría en nuestro propio “ahora”, en ese otro tiempo o época del que nosotros procedíamos) y que, “gemelos terribles” (volvía el sonsonete), entre los dos harían “de la mujer y del hombre niño, y del niño asesino de su madre”, a la que “chuparán y desgarrarán y asfixiarán con sus propias heces mientras dan gritos terribles”. Estas últimas frases (que pronunció primero en un idioma resonante que no supimos distinguir del que habíamos oído por doquier la noche antes, y luego nos tradujo) eran al parecer citas textuales de esa remota tradición oral, de la que incluso se conservaba parte de una copia en una tablilla que tenían en el templo, escrita por primera vez unos 2.500 o más años atrás, en el comienzo del primero de esos dos alephs gemelos. Ella había soñado con la destrucción de la tierra, nos dijo. “Tapados todos con máscaras” - nos explicó que así rezaban una especie de instrucciones rituales que completaban el texto- “propiciaréis” – o “traeréis y retraeréis”, especificó la variante de traducción- “el fin del segundo ciclo gemelo y el comienzo del ciclo que les seguirá, como habéis hecho con los anteriores en el momento de su inicio”... (Por lo visto, se lo montasen como se lo montasen, un principio y fin de un aleph, como ellos llamaban a esos “ciclos”, no podía separarse del fin y principio del siguiente ni del anterior, como si estuviesen plegados sobre sí mismos, tocándose las dobleces, o como si fueran ruedas “que giraran comunicándose”...)

Ésta fue una de las partes más difíciles de la conversación, pero nosotros queríamos entenderlo, así que hasta sacamos el cuaderno al patio para apuntar las citas y pedirle que nos hiciera un dibujo o un gráfico, lo que provocó una demora porque la gata o el gato había hecho rodar nuestro bolígrafo hasta esconderlo, y luego la propia medidora lo examinó con atención, desmontándolo y volviéndolo a montar y presionando la punta sobre sus dedos para catar la tinta, pero no quiso emplearlo, aunque al parecer le encantó verlo en acción, y nos hizo preguntas sobre la forma de escribir que teníamos y de dónde venían nuestras letras, escuchando nuestras respuestas sobre griegos y latinos se rió también un buen rato, soltando de vez en cuando una especie de ruiditos apreciativos chasqueando la lengua con los dientes, hasta que retomamos el tema y ella, sin levantarse, dibujó una serie de círculos o elipses con una piedra blanca que recogió del suelo a modo de tiza en una de las losas que había junto al pozo, borrándolos y nombrándolos y volviendo a trazarlos sin que aquello nos aclarara gran cosa.

Finalmente, y aquí entrábamos al parecer nosotros, aunque la tablilla no ponía nada sobre esto, sino la “tradición oral” que la acompañaba, después de los dos “gemelos terribles” (de los cuales se decía que se volverían “malos” cuando el primero acabase y que empezarían a “dañar de verdad a su madre y su padre”, abalanzándose sobre ella a desgarrarla, cuando acabase el segundo) el tercer ciclo (el próximo, vamos, el que supuestamente empezaba en algún momento de lo que nosotros consideráramos presente) era un tema muy chungo. “Peso”, “locura” y “necesidad en la destrucción” serían, al parecer, sus tres características, nos dijo, y se detuvo.

Y aquí, cuando el sol ya estaba sobre los árboles de enfrente a la casa, aparecieron flor y ponto, y además estábamos cansados y nos apetecía, discretamente, acercarnos otra vez a alguna de las letrinas, así que hicimos una interrupción.

CONTINÚA EL RELATO DE ELLA: la respuesta a las tres preguntas

-¿Qué os parece? - Los tres les mirábamos, una vez que se volvieron a sentar ante nosotros. Empezaron a decir que muy interesante y muy bonito y bien preparado, respectivamente, así que hubo que precisar más y explicar que no les preguntábamos por las letrinas ni por las casas.

Entonces volvieron a quedarse callados, pero ahora pensando.

- Si os parece -les dije-, podéis tomaros un tiempo. ¿Queréis dar un paseo o descansar un rato mientras lo pensáis?

Asintieron, y les dejamos marcharse. Estaba segura de que nos traerían alguna respuesta.

CONTINÚA EL RELATO DE ELLOS: continúa y acaba la mañana del quinto día

¿Que qué nos parecía? ¿“Peso”, “locura” y “necesidad en la destrucción”...? Bueno, efectivamente eran tres de las muchas cosas que se podían decir sobre nuestro tiempo, y sobre cualquier otro tiempo, seguramente. Pero nos habían pedido que concretásemos, y éste sí era nuestro terreno, o al menos eso creíamos. Salvando eso de que las personas habíamos bajado de los árboles (luego les preguntamos que cómo lo sabían, y nos dijeron que era evidente por observación de “especies” y porque así lo decía su tradición histórica, cosa que no nos dejó menos impresionados que antes, y esta creencia suya en el evolucionismo sigue pareciéndome una de las cosas más asombrosas que escuchamos, con todos mis respetos para Lamarck y Darwin), dejando a un lado esa parte, digo, lo del tiempo y los ciclos nos recordaba (frivolizando un poco, claro) una versión antigua de Stephen Hawkings con algunos discutibles añadidos y metáforas. (A dicho autor, por cierto, ninguno de los dos lo habíamos leído entonces, supongo que lo de la “tradición oral” sigue funcionando en nuestros días).

Pero esto era otra cosa. Si no habíamos entendido mal, en el tiempo histórico que mediara de nosotros a ellos (y aseguraban que estábamos en el mismo “lugar” o “país” físico en el que habíamos aterrizado cinco días atrás, aunque quizás –eso ni la medidora podía asegurarlo- no en el mismo “punto” geográfico exacto que ocupaba el restaurante) esas tres características, que nos habían pedido que concretáramos, eran las que se habían desarrollado hasta amenazar ni más ni menos que el final de otras: el fin de lo que, de ciclo en ciclo, sucesivas generaciones habían atesorado como lo “propio y característico de las vidas humanas, lo que las sostiene y les da toda posibilidad de felicidad o alegría...” O, hipótesis que la medidora consideraba más posible, y que había sido el tema de “demasiados” –dijo así- de sus sueños o “visiones”, se trataba del final de “la vida de la tierra y del cielo” en general, al menos de la susodicha vida en la forma a la que “pertenecíamos” o “de la que éramos” los seres humanos...

(Qué era esto que se iba a acabar después de nuestros días, si no el final de la vida en el planeta, tal y como la conocíamos nosotros y ellos, fue algo que, cuando después les pedimos que concretaran, les hizo perderse a los tres en digresiones y ejemplos que versaban sobre temas tan divergentes, pero supuestamente ligados, como el cultivo cuidadoso de las plantas y la amistad con los animales, incluidos con los animales que se mataban para comer y con aquellos con los que no se podía convivir, la educación de los padres por los hijos -o algo así, no es un error de trascripción sino una de las expresiones que utilizaron, para luego contar un montón de recetas y consejas más o menos absurdas en que intervenía el hecho de la crianza- y de los hijos por los vecinos y parientes y hermanos –anécdotas parecidas, con mención a la organización de sus vidas sociales y familiares-, la búsqueda de cura para los males, - “males” que no se referían sólo a enfermedades, entre otras cosas volvieron aquí algunas anécdotas acerca de la construcción de los saneamientos volcadas sobre todo en cómo se tomó la decisión de emprenderla colectivamente-, el ansia de la aventura y los viajes que terminan volviendo a casa, y un sinnúmero de cosas más que ahora no recuerdo... En fin, que no sirvió de mucho pedirles que concretaran, pero que eran al parecer cosas para ellos muy importantes, pero que no conseguían fácilmente, en resumidas cuentas, explicarnos a qué se referían de forma breve y clara.)

Así que, después de la metafísica de los ciclos y de la física de su desarrollo venía la pregunta por la historia, por nuestra historia, y ése era un tema en el que los dos nos sentíamos juez y parte. Además, hay que admitir que ese quinto día de vacaciones estábamos sencillamente eufóricos, y nos aprestamos a participar en todo ese delirio de buen grado (dime la verdad: ¿no te vuelve a parecer a veces que todo esto nos lo hemos inventado, que desde el restaurante de Bizerte, y antes, lo que tuvimos fue, es verdad, una curiosa alucinación conjunta, de la cual lo que más me sorprende es, precisamente, que sean coincidentes las versiones de ambos?...– Si te hace, contéstame en el siguiente párrafo-).

En fin, después de que nos hubiesen preguntado por esas tres cosas y de que nos dijeran que, si queríamos, nos tomáramos un tiempo para pensárnoslo, nos fuimos a sentar en un lugar con buenas vistas, pues no queríamos perder la ocasión de contemplar ese mundo al que como turistas habíamos llegado: un paisaje desaparecido.... ¿cuando?. La “necesidad en la destrucción” podía ir de eso, claro, de las cuestiones medioambientales que no podían, supuestamente, enderezarse por diferentes “necesidades” económicas y sociales... Ésa fue nuestra primera idea, y a ella volvimos después de darle un par de vueltas y de volver (yo) a las letrinas comunales, porque antes había un par de personas usándolas y a mí, aunque el asunto se reparta en algunos asientos techados de diferentes alturas para apoyar en ellos los fémures esparcidos en un campo, con un profundo cilindro debajo y un montón de algo blanco, para echar un poco dentro del agujero después de usar, al lado, me gusta cagar solo. En la letrina, por cierto, aceptando la palabra que de nuestro diccionario mental había extraído la medidora (nos dijo que lo de “acceder” a nuestro lenguaje le había costado mucho, y que no tenía muy claro como había sido, cree que tuvo que ver con una historia de un marinero que no volvió de un viaje, y que, concentrándose, había llegado hasta nosotros aunque tardó mucho en entender cómo hablábamos, más o menos un día o dos antes de “llamarnos” había empezado a ser capaz de traducir in mente de su lenguaje al nuestro, y viceversa, dijo también que lo que más le y les había costado –asentimientos de ponto y flor- había sido intentar pronunciarlo); en la letrina, como digo, encontramos además un montón de pequeñas toallitas que parecían de hojas prensadas, con las que frotar al acabar las partes implicadas, y que en la duda eché en el mismo agujero que mis deposiciones, sin inquietarme demasiado por ver que un asiento se estaba ocupando en la otra punta del campo.

Cuando acabé, tú te habías acercado a una de las ovejas que por allí pastaban, entre la hierba del campo y debajo de los árboles, y le mirabas, agachado, a la cara de grandes ojos, ojos de cuadrúpedos vegetarianos, ojos de caballo o de gacela o de vaca, ojos como los que pintaba esa gente en los costados de la proa de sus barcos.

(Esto, porque me acordé mientras escribía que no lo habíamos mentado. Los habíamos visto en el puerto, la noche antes. Los barcos eran barrigudos y crujían audiblemente aún a bastante distancia, pero la pintura de los ojos era clara a la luz de la media luna que, como no, rielaba las aguas. Tampoco hemos hablado de los nidos de cigüeña y de golondrina sobre las casas, ni de la decoración de los platos, ni de las pequeñas garrafas...

Continúa tú un poco, anda. ¿Has hecho como yo, que me he tomado unos días de asueto para adelantar esta narración? Ahora sí que me han entrado las prisas, y al mismo tiempo, cuanto más escribo, más cercano se me hace todo, así que quizás nuestro principal objetivo al empezar este relato –olvidarlo- vaya a ser un fracaso.)

(...)

(No quiero responder a tantos interrogantes. Una de las claves de nuestra relación epistolar y viajera, por si no lo recuerdas, era tácito pero claro, pues los dos evitábamos hacernos preguntas personales. No creo que esto deba cambiar ahora de modo tan tajante. Continúo el relato.)

Nos sentamos, pues, en unas peñas, cerca de aquel repecho herboso que miraba hacia el mar, y decidimos que podía ser eso. (Me parece correcta la formulación que has dado a las “cuestiones medioambientales”, aunque todo lo anterior suena, al escribirlo, muy complicado.

Añadiría que especificamos lo de los suelos o suelo fértil, en el que la agricultura intensiva, y los productos artificiales (abonos, fitosanitarios, etc.) que esa actividad había acabado generando, provocaban cambios químicos a tan gran escala que, según algunas publicaciones que comparamos, le quitarían a corto o medio plazo la mayor parte de su fertilidad y capacidad de ser soporte de vida. Sobre los transgénicos no supimos qué decidir, aparte del daño que producen sus sistemas de cultivo, el problema de las polinizaciones cruzadas y el potencial peligro que suponga su difusión e ingesta, aunque también los consignamos con un interrogante. Seguían la capa de ozono, el efecto invernadero, la pérdida de masa arbórea, la urbanización a gran escala de lo que nunca había estado urbanizado, la desertización y los posibles cambios climáticos acelerados, la quema de gas y petróleo, los residuos nucleares, las grandes infraestructuras, la manipulación mecanizada del terreno que, (entre y unidos a otros factores, como la contaminación y las enormes cantidades de residuos “degradables” y no degradables generados), estaba acabando, al menos en nuestra zona del mundo, con buena parte de la flora y fauna que antes había habido. Y todo ello menos de un par de siglos, cada vez más velozmente, cada vez más incuestionablemente.

Eso, por la “necesidad en la destrucción”. En cuanto a la “locura” y al “peso” lamentamos inmediatamente no haber pedido aclaraciones, y, como creíamos estarnos retrasando, pergeñamos rápidamente que loco era el que hacía guerras y pesado... no teníamos ni idea, y volvimos al patio de la medidora, donde no encontramos a nadie.

Sin embargo, como si estuviéramos en nuestra propia casa, nos sentamos después de sacar agua del pozo y beberla, comentando todavía la calidad del aire y la cantidad de animales (dos grandes aves sobrevolaban precisamente nuestro cacho de cielo) y vegetación del paisaje que nos rodeaba, que difícilmente podíamos asimilar a lo que habíamos visto antes de cruzar lo que flor y la medidora habían llamado “la puerta de luz”, sin dejarnos muy claro si con esas palabras hablaban de una puerta de alguien o de algo.

Todo era muy extraño, aseveramos. Nos encendimos, en este caso para ambos, un par de cigarritos, pensando en cómo era posible que, dentro de lo extraño que era todo, estuviéramos allí fumando. Hasta nos acordamos del coche de alquiler, preguntándonos donde lo habíamos dejado, y si alguna vez (la propia extrañeza de lo que vivíamos, supongo, nos hizo considerar el tiempo con esa absurda tranquilidad) lo recogeríamos en la misma calle... Ponto y flor salieron de la casa de la medidora mientras nosotros fumábamos, y nos hicieron un gesto de saludo. Después colgaron (de dos palos horizontales que sostenían, apoyados en los dos verticales, el saledizo de ramas que daba sombra a las fachadas) un par de sencillas hamacas y se tumbaron a echar aparentemente una siesta. Al cabo de un rato, y puesto que nadie parecía hacernos caso, entramos también nosotros en “nuestra habitación” y nos estiramos sobre las camas.

CONTINÚA EL RELATO DE LA MEDIDORA: una visita a shadra

He vuelto al puerto. He vagado por la ciudad que, en este día de aleph que atravesamos hoy, fundamentalmente descansa y se emborracha y vuelve a descansar después de emborracharse. De muchas casas, como suele suceder durante las fiestas, lo que salía a mediodía eran ronquidos sonoros o ruido de gente que se excita hablando o tocándose. También escuché, sin detenerme, unos cuantos orgasmos. He vuelto al puerto, he vagado por la ciudad, he mirado los barcos que son para nosotros símbolo de algo, he caminado por lo que esta gente extraña llama “calles”... Repasaba las palabras que habíamos intercambiado. Inquieta, he entrado también en el templo de aschmun.

- ¡Shadra! -llamé.. - ¿Shadra...?

Estabas en una de las salas, y apareciste casi inmediatamente a ver qué quería. Estoy casi segura de que te alegraste al ver que no traía a ningún enfermo o herido que poner bajo el cuidado de ashmun, como podéis llamar, trascrito a vuestros extraños sonidos, al dios de la curación o a la organización y sistemas de nuestros “hospitales” y “tanatorios”.

- Sólo soy yo, te dije. ¿Qué tal va eso?

- Tenemos tres muertos. (“Muertos”... Esta palabra es rara en vuestro idioma. Para nosotros, “moribundo” y “muerto” son parte del mismo estado, y “muerto” es algo que también tiene varias fases... ). Yo sabía, por la desinencia que empleaste, que no menos de tres personas agonizaban en ese momento en la ciudad. Bastantes, para un día corriente. Muchas, para una tarde de fiesta en que, estaba seguro, a ti te habría pasado como a mí, que me había quedado casi sin personal.

- Si quieres te ayudo. - No es que lo deseara, pero tú tenías trabajo y yo quería consultarte algo.

Aceptaste mi oferta, claro. Eshmún o ashmun y mi propio templo son dos cosas distintas, pero mezclar y medir no dejan de ser cosas semejantes, y tú y yo somos (o éramos, no olvido que te hablo del futuro y también del pasado) personas muy ligadas. Te seguí por la sala que se abría a la derecha de la entrada, haciendo un último repaso. Ayudaste a un enfermo a tomar una tisana. Bromeaste con amrit en la siguiente sala, ocupada sólo por un hombre joven que no parecía enfermo, y que se obstinaba, entre carcajadas y observaciones procaces, a quitarse las sábanas de encima para mostrársele. Cruzamos el patio y salimos al exterior.

- Dos están en sus casas, me dijiste.

Por el camino comencé a contártelo. Antes de llegar al umbral nos callamos. Tú eres más joven que yo, pero a veces me pareces realmente sabio. Ésta fue una de esas ocasiones, cuando meditabas en el umbral de la casa, mirando el plantón de vid que allí había arraigado. Entraste en el recinto de aquella familia sin contestarme nada.

- La tierra y el cielo han llegado, lixis. – dijiste- ¿Cómo estamos?

El moribundo, que había elegido sentarse en el umbral de su casa, respiraba estertóreamente, y nos miró con ojos extraviados, casi cegados por la irreparable caída de los párpados.

- Todavía no quiere beber nada, shadra. – Esto lo dijo una mujer más joven, que debía ser una de sus hijas o una vecina próxima, y que se había puesto, como señal del parentesco, unas hojas enredadas en el pelo.

Tú quisiste comprobarlo, y te agachaste delante del hombre, pegando casi su boca a tu boca, y seguramente sus ojos confirmaron las palabras de la mujer. Te quedaste así, agachado entre sus piernas abiertas, casi besándolo a través de dos dedos de aire, mirándoos. No le diste nada a beber. Un par de veces, soplaste en su cara y le tocaste las mejillas con las manos. Luego él empezó a hablar, y tú le contestaste en voz muy baja, hasta que él retorció las piernas y el cuerpo, y abrió los ojos totalmente y se quedó con ellos fijos en tu rostro, mirándote con una ira que nunca crees destinada a ti, sino al movimiento casi imperceptible de los astros, que toda vida acaban.

Te levantaste, señalaste la vid y cantaste lo que él te pedía, una oración breve sobre el crecimiento y la maduración repetida de los pámpanos. Lo hiciste suavemente, con una suavidad que siempre te he admirado, capaz de desatar las lágrimas del más adusto. Yo te acompañé lo mejor que supe. El hombre llamó entonces a su compañera y sus otros parientes y amigos (la que nos había recibido era efectivamente su única hija, que además vivía dos casas más abajo), que estaban dentro de la casa, escuchando. Salieron bajo las hojas de la vid, le rodearon, se pegaron a él, acariciaron por última vez sus rodillas y vientre. La mujer se sentó a su lado. Un amigo o primo de su misma edad, aproximadamente, hizo lo mismo, llorando. Él, lixis, había cerrado los ojos, y después te llamó para que le dieras de beber, mientras intentaba tocarse el pecho, que había vuelto a resoplar angustiadamente, y también el vientre. Susurró algo que no entendí, y empezó a esperar el efecto.

Al cabo de un rato nos fuimos. Volvimos al templo, así que supuse que a la otra casa ya habías ido antes. El que agonizaba aquí, a la izquierda de la puerta tras cruzar el otro patio, era una joven y tu mirada no dejaba lugar a dudas.

- Hola, le dije. ¿Cómo te llamas?

Nadie la acompañaba. Eso era extraño. Hiciste un gesto y me fijé en sus ropas al lado de su almohada. Ella tenía los ojos cerrados, pero la vestimenta era claramente meridional, y en general todo su aspecto. Me advertiste que ya habías avisado, pero lo más probable es que no llegaran a tiempo más que a recoger el cadáver.

No tuviste qué explicarme a qué se debía la muerte. Ella tenía el tono de piel de los que sufren una tos que acaba ahogándolos. Debía llevar enferma mucho tiempo, y posiblemente no había venido al templo por sus propios medios, sino traída por un barco. Probé todos los idiomas que me parecían posibles, y respondió al tercero. Susurré, después de repetir la pregunta, una voz de manada. Sonrió como si la reconociese, pero parecía tan extraviada que me costó entender las siguientes palabras:

- ¿Me estoy muriendo?

- Como todos, mi amor, le dije desde el alma.- Pronto habrás llegado a los siguientes pastos.

- Nunca he creído en ellos. No tengo aquí a mis padres ni a mis hermanos. Siento no poder avisarles.

Te miré, y tú lo confirmaste, y yo te traduje a toda prisa:

- Les han avisado. Ahora descansa. Puedes recuperarte.

Ella se quedó callada. No tosía, y yo sabía que eso podía ser tanto bueno como malo. Le cogí las dos manos, y empecé a tocárselas, de las venas de la muñeca a la punta de los dedos, masajeando. Me confirmaste con la mirada que estaba bien, y que hiciera lo mismo con sus piernas, mientras salías a buscar algo. Al cabo de un tiempo que me pareció bastante largo, cuando ya había decidido improvisar un aire del sur porque no sabía si la chica escuchaba o estaba realmente al otro lado, volviste con una taza cuyo contenido soplabas y removías para que se enfriase. Deseé de todo corazón que no fuera la que se da a los que quieren morir sin sufrimiento, sino de las que sanan y te ayudé a deslizarla entre sus labios. Tenía aroma de hierba, y la chica la sorbió lo mejor que pudo. Parecía muy delgada, y seguramente hacía solo uno o dos años que había tenido su primera sangre. La dejé, pues parecía estar realmente exhausta. No quise preguntar nada.

Nos retiramos a un lado, al otro lado de la puerta del patio. Acabé de contarte lo que había. Tú sonreíste y me besaste como sueles, en el borde de los labios. Se te veía el rostro cansado.

- No sé qué decirte. Tú eres la medidora. Dales buen alimento y escucha sus palabras. Ésa es la única receta que se me ocurre darte.

- No te pido una mezcla, shadra, sino una valoración.

- Tenías que intentarlo. Si quieres, te digo que has hecho bien. Es asombroso, valga o no valga, que lo hayas logrado.

- ¿Pero ahora qué hago?

- No sé como debes continuar. Te aconsejo que cantes, pero creo que ellos deben participar.

- ¿Y cantar a su vez, mientras se vayan?

Ni tuviste que pensarlo, lo que me hizo sentir que no me había equivocado al elegirte, hace más de seis años, como mi siguiente amante:

- Eso podría ser adecuado. Tú siempre me has dicho que un buen canto es la mejor manera de comunicarse. Y si no te he entendido mal lo que tenéis que hacer es crear una especie de puente, bueno, que lo estáis creando desde que han venido, y que hay que dejarlo abierto al paso cuando se vayan.

Asentí. Miré hacia la sala de la muchacha y me dijiste que no. Luego cambiaste de opinión y entré a despedirme de la sureña, que dormía respirando afanosamente. Le besé la frente y el pelo, varias veces, intentando no interferir en su lucha por domesticar el aire. Le volví a masajear los brazos y las piernas, intentando que recuperaran la tensión de querer buscar el día de mañana. Le canté las sílabas de su idioma que mejor recordaba. Luego me levanté y volví hacia mi casa.

SPR.. Heth - Capítulo séptimo

Cuando llegué todos estabais dormidos, incluidos flor y ponto. Os desperté, y me contasteis lo que para vosotros eran la necesidad en la destrucción, la locura y el peso. Sobre éste último punto fue donde más se entrecruzaron los argumentos.

SIGUE EL RELATO DE ELLOS, con el fin de ese quinto día y el paseo de los elefantes, y el comienzo del sexto día

La tarde caía ya, y llevábamos horas y horas hablando.

- ¿Y no puede ser por la cantidad de gente?, dijo entonces flordecactus.

Los dos la miramos. Tenía, según nos había explicado, poco más de veinte años de vida a sus espaldas, y tanto ella como ponto habían discutido con nosotros apasionadamente el sentido de nuestras palabras, preguntando todo lo que no entendían, conformándose a duras penas con las explicaciones y los datos que podíamos ofrecerles. Finalmente, ella había llegado a esa conclusión, y después de lanzarla consiguió convencernos (aunque fuera por extenuación, porque ya mediaba la tarde), de que si la locura podía referirse a la avaricia, la costumbre, la crueldad o la tontería, a partes iguales, lo del peso era una referencia a la densidad demográfica. Por nosotros el tema podía ser así, y en todo caso todavía no nos sentíamos pillados en todo eso. Lo de los alephs, lo de la profecía, lo de comunicar los mundos para que pudiera revitalizarse lo perdido... Nosotros nos hallábamos inmersos en otras preguntas, y finalmente la medidora nos aseguró que antes del final de las fiestas intentaría abrir nuevamente la puerta de luz para que pudiéramos salir de este paréntesis absurdo. ¿Podría hacerlo? Llegaban las primeras sombras, y tú y yo estábamos extrañamente tristes o temerosos de algo. Quizás, simplemente, de no poder volver nunca de este viaje.

- Vamos arriba, dijo entonces la medidora.

“Arriba”, por lo que pudimos entender cuando todos nos levantamos para seguirla, era caminar a paso vivo por un sendero distinto al que habíamos llevado esta mañana, paralelo a un camino bastante ancho con las roderas empedradas, cruzándonos con varias personas, grupos y carros que iban en sentido contrario, ganando la ciudad. La oscuridad creciente, y las ganas de que no fuera verdad que nos habíamos vuelto locos o nos habíamos muerto en aquel puto restaurante. Yo me había echado al bolsillo las llaves de colche de alquiler y las palpaba con mis manos, como si fueran una especie de amuleto contra la imposibilidad de lo que nos rodeaba. Tú, por primera vez desde que superamos el susto de ayer, habías desoído la última observación de ponto, balanceando la cabeza en un silencio repentino y obstinado. Detrás de nosotros, los dos jóvenes empezaron a charlar entre ellos en su propio idioma, que en esos momentos me pareció especialmente ajeno, hasta desagradable. La medidora abría la marcha. Al cabo de un rato se desvió del sendero que seguíamos para empezar a trepar, siguiendo un rastro de cabras un altísimo cerro con bancales.

(...)

El cielo empezaba a oscurecerse sobre el mar cuando llegamos a la cima. La vista era extraordinaria. Al suroeste, sobre una extensa llanura al lado de un lago espejeante, manadas de grandes animales cuadrúpedos. La medidora nos hizo descender por ese lado, hasta que llegamos a un desnivel de rocas en las que nos sentamos. El espectáculo, y más aún el sonido y los gritos que surcaban el aire, era impresionante. Justo debajo de nosotros media docena de elefantes (todos ellos más pequeños, creo, que los que hasta ese momento había visto en zoológicos y documentales) se juntaban Varios individuos se olisqueaban entre sí, reconociéndose. Otros daban una especie de señal de marcha, golpeando la tierra con las patas y resoplando, y la manada de animales volvió a empujarse en dirección a un punto, a la izquierda de la misma elevación en que nos encontrábamos, contorneándola. Allí las aguas se dividían en lenguas diferentes y parecían hacerse someras, entre afloraciones de juncos y altas cañas. Una especie de vacas muy oscuras se arremolinaba en esa zona, con la corriente hasta las rodillas, mugiendo de vez en cuando.

- Se van, dijo la medidora. No quieren quedarse en este trozo de tierra cuando las aguas se aceleran y les cortan el paso. Odian sentirse encerrados. Unos salen por aquí, otros (señaló al extremo más lejano) rodean el lago vadeando los ríos y también remontando la montaña.

- Volverán el próximo año, dijo ponto mirándolos. Parecía haber captado nuestra congoja, y nos señaló como para animarnos el panorama, realmente privilegiado, que teníamos delante. Uno de los animales, cuando el sol casi rojo se hundía muy lejos, más allá de las lomas y de las nubes de polvo que empañaban el horizonte, emitió una especie de grito quejumbroso, que nos conmovió en ese momento hasta extremos insospechados. Era un mundo perdido, pletórico de vida, el que teníamos delante. Contemplamos aquella migración como si se llevara algo nuestro, hasta que la oscuridad cayó y ya no pudimos ver nada. Hicimos el trayecto de vuelta sin hablar, comimos con hambre unos trocitos de carne mezclada con vegetales amargos y filetes de peces parecidos a boquerones en vinagre, bebimos unos sorbos de agua y les dijimos que querríamos acostarnos.

Como si pudieran entender nuestra congoja y cansancio, nuestros tres acompañantes se limitaron a desearnos buenas noches y a preguntarnos si podíamos seguir hablando mañana.

Dijimos que sí, claro. Aunque los dos estábamos hartos de hablar, y bastante cabizbajos. La noche toledana que habíamos pasado, el emocionante despertar y después tanta reflexión, tanto hablar de temas extraños, tanta preocupación por qué nos pasaría mañana… Y al final, el golpe de aquellos emocionantes gritos y movimientos de la salvaje cañada… Lo único que deseábamos, creo, era olvidar todo un rato. Recuerdo haber dado muchas y muchas vueltas en la dura cama, pensando y repensando en todo lo que nos había pasado.

CONTINÚA EL RELATO DE ELLOS, narrando el sexto día de viaje y algunas reflexiones previas

Al despertarnos, salimos al patio de la casa. Tres puertas, contando la nuestra, se abrían a él. A los pocos segundos salió la propia medidora con una especie de camisón (o vestido) de un tejido o paño bastante grueso. Permanecía en el umbral de su choza con una taza entre las manos, mirando el horizonte del este desde su puerta, sin hacernos gran caso.

-¿Os sentís más relajados?, dijo finalmente.

¿Qué contestar?... El hecho es que habíamos tardado bastante en dormir. Al cabo de dar muchas vueltas cada uno por separado, empezamos cada uno a susurrar y glosar sus propias incomodidades, desde la picazón de las mantas a la de no haber podido ducharnos ni cambiarnos de ropa, hasta que llegamos a aceptar que en realidad lo que nos pasaba es que todo esto nos estaba superando, y que jamás podríamos llegar a aceptarlo. Poco importaba que la experiencia fuera o pareciese, real. La posibilidad de que estuviésemos realmente vivos y sanos parecía descartada de antemano, y hasta llegamos a confesarnos mutuamente que posiblemente era el otro el que no existía, y uno mismo el que sufría pesadillas postmortem u otras enajenaciones mentales... Pero... ¿qué mente teníamos que tener para habernos montado esta película? Ninguno de los dos, asegurábamos, habíamos tenido jamás una fijación tal con la historia antigua que justificara este tipo de delirio, ni aceptado la posibilidad de viajar en el tiempo como algo más que un argumento fantástico más o menos manido. Por otra parte, y lo peor sin ninguna duda, lo cierto es que el enorme verismo de algo que no podía ser más que un engaño estaba empezando a arrojar una enorme sombra de irrealidad sobre la única realidad que podíamos considerar verdadera, la de nuestro verdadero viaje de vacaciones contratado y pagado a nuestra agencia de viajes, una realidad o normalidad de la que no habíamos podido salir en realidad como creíamos haberlo hecho, así que debíamos estar en ella, estar en alguna parte...

La frase era complicada pero nos llevaba claramente a preguntarnos: bueno, ¿entonces donde estamos? Y lo peor era sin duda no poder asegurarlo, porque no ya solamente la visita a Útica y Bizèrte, el paseo por esa ciudad o el restaurante tardíamente abierto que encontramos, sino también la propia habitación de hotel y el hotel mismo en que nos hospedábamos, los viajes en tren que creíamos haber hecho, la capital del país y el mismo aeropuerto donde habíamos comenzado ese viaje podían ser tan falsos como esta habitación primitiva en la que creíamos estar acostados. Si seguíamos por esa vía de pensamientos (y desde luego, siguiéndola, continuamos hablando hasta altas horas mientras la luna se movía, pues al poco rato de iniciar la conversación decidimos salir con unas mantas al aire libre de más allá del patio para poder usar un tono de voz normal, en la cabaña nos sentíamos constreñidos) el siguiente paso era dudar de la realidad de cualquier otra cosa, suceso o hecho que nos hubiera acaecido en cualquier momento, y volvimos a especular con la hipótesis de la inexistencia ajena o propia, con que nos hubiera dado un jamacuco a alguno de los dos y deliráramos bajo los efectos del formol o de lo que sea que se use en los hospitales como anestesia (ninguno había pasado por ese trance, así que no podíamos contrastar si una anestesia general o cualquier otro fármaco que se dé a un accidentado grave podía justificar lo que uno de los dos o los dos o cada uno creíamos que nos estaba pasando), y, en general, nos planteamos muchas otras hipótesis del mismo tipo, incluido un accidente de avión al salir de Barajas, que cada vez nos hacían sentirnos más como peces fuera del agua, más y más enajenados.

Te conté como esta tarde había apretado las llaves del coche de alquiler, con su pequeño metacrilato blanco y verde con el nombre de la agencia de alquiler de vehículos, y te pregunté qué pensabas tú mientras subíamos al monte de los animales. Como no contestabas, tuve una especie de rapto y empecé a decir, “¡claro, el lago!”, frase que repetí un par de veces porque de pronto me parecía haber encontrado algún tipo de asidero a mi desfalleciente cordura. “¿El lago?”, me preguntaste. “Sí, el lago. Bizèrte también tiene una especie de laguna o golfo o estuario, vimos un cacho en aquella larga calle que daba a una especie de zona industrial, y se accede a la ciudad por un puente que se levanta para que pasen los barcos”... Yo hablaba con un entusiasmo que evidentemente tú no compartías. “Sí, hay un lago, me dijiste, e incluso un parque natural al que ni siquiera pensamos en ir. ¿Y eso qué?. Esto y aquello no tienen nada que ver, ni siquiera la orografía es comparable”.

También me preguntaste, con un tono que juzgué demasiado agresivo, que qué pasaba con los elefantes y con los otros animales que habíamos visto, que si también me parecía que los bichos esos podían ser reales.

- Bueno, contesté yo, podía ser que por aquí hubiese elefantes antes. Aníbal. -me olvidé que decir que ese nombre, como los otros que quisimos preguntar a la medidora, no le sonaba de nada, ni siquiera cuando con un alarde memorístico que me dejó asombrado le dijiste lo de Barca y ella te preguntó si no era lo mismo que un barco-, Aníbal era de aquí y llevaba elefantes.

- ¡Los traería del sur, no te jode! Además...-continuaste tras una intensa pausa, que yo dediqué a sentirme a partes iguales ofendido y cansado- si había elefantes... ¿qué ha pasado con ellos?. Los árabes no traían de eso cuando cruzaron por Gibraltar, sólo caballos.

La conversación no parece, ahora que intento recordarla, tener el menor sentido, pero en ese momento nos enfrascamos en una recesión de datos históricos que pudieran tener que ver con el ítem “elefantes en el norte de África” (un animal que yo, por cierto, siempre había asociado con la India, seguramente uno de los motivos por el cual no distinguía muy claramente al tal Aníbal del griego Alejandro Magno). En un momento dado, después de decidir que en Tartarín de Tarascón no aparecían, aunque claro está que eso era en Argelia, uno de los dos dijo que posiblemente, en las batallas ésas de animales que hacían en los circos los romanos, interviniesen a veces elefantes del norte de África, y que ésa podía ser una de las causas de su desaparición, punto que discutimos durante un buen rato.

- Y, si ese tal Aníbal los usó como arma, quizás otros hiciesen lo mismo en esa época, hasta los mismos romanos, o los griegos... (pausa dubitativa) ¿Había griegos en el norte de África, o sólo fenicios?

- Por lo que yo sé de historia y de geografía, por mí podía haber aquí elefantes, chimpancés, gacelas y hasta dromedarios. Pero... ¿tú que estabas pensando antes de ver los elefantes, mientras subíamos, que ibas tan callado?

No me contestaste tampoco entonces, y, como se me estaba cansando el codo en el que me apoyaba, me tumbé boca arriba y me puse a mirar la luna entre las hojas del árbol bajo el que estábamos. Me entró tristeza, otra vez, como cuando vimos ese mogollón de animales. Pasó un buen rato, y empecé a quedarme dormido al calorcito de la manta..

- Pues yo me niego -empezaste a hablar con voz algo aguda e incluso temblorosa, lo que me hizo pensar en volver a apoyarme en el codo para mirarte, pero no lo hice- me niego absolutamente a considerar así las cosas.

-¿Eh? –debí de hacer ese ruido u otro semejante.

Y siguió una larga sucesión de frases más o menos conexas de las que se desprendía que estabas harto de que intentáramos negar la evidencia, y que como colofón afirmaba que puesto que todo lo que nos ocurría era evidente, ergo era verdadero, ergo era rea. Eso fue el primer bloque de contenidos, que se cerró golpeando repetidamente el puño de una mano sobre la palma de la otra, afirmando que ya estaba bien de darle vueltas a algo tan obvio, y que además (segundo bloque de contenidos) lo que nos estaba pasando era algo increíblemente cojonudo y un pedazo viaje, y que te alegrabas enormemente de haber tenido la ocasión de vivirlo. (El resumen es mío, pero más o menos creo recordar lo que dijiste, además de un par de observaciones personales acerca de mi supuesto “espíritu negativo” o “cerrado”, lo que, en otras palabras, venía a significar que te estaba pareciendo terriblemente duro de mollera). Cabe decir también, respecto a este paréntesis, que en ese momento me alegré de haberme ofendido antes, con lo que me ahorraba el trabajo de hacerlo ahora, y me dediqué más bien a pensar en esa nueva interpretación que apuntabas para los acontecimientos de los últimos días, sin encontrarle más que ventajas.

En primer lugar, si era así como decías, no nos (me) pasaba nada malo. En segundo lugar, esa gente tan simpática no nos estaba mintiendo... ni engañando para que cayéramos en algún tipo de trampa. Al llegar a este punto, considerando que ya se te habría pasado el arrebato, y preocupado todavía por lo de la “trampa”, decidí comunicarte mis impresiones a ver tú que opinabas:

- ¿Y entonces lo que están haciendo es intentar revivir su mundo muerto, o algo así? ¿Crees que todo lo que dicen es verdad?

- Ellos –subrayado por tu parte en el “ellos”- creen que es verdad.

- ¡Muy lógico, primero la confesión de fe y ahora el arrepentimiento escéptico!

(Me sentí inmediatamente orgulloso de la frase. Además, me había vuelto a poner de buen humor, y estar de buen humor es básicamente mi objetivo primordial durante las vacaciones, si no durante el resto de toda mi vida, así que siempre me alegro cuando lo consigo, así que el buen humor se realimentaba a sí mismo acabando con los últimos restos de disgusto, fracaso, vergüenza, preocupación y miedo que había estado sintiendo en las últimas horas.)

- Lo que te pregunto es si tú –subrayado también por mi parte- crees que lo que dicen es verdad – continué.-

- De eso deberíamos hablar, en vez de dudar tanto de nuestro propio estado mental. Y también planificar qué debemos hacer, trazarnos un plan de conducta, pensar. Hasta ahora hemos estado como obnubilados por que no dábamos crédito.

Si yo me había vuelto a sentir de buen humor, estaba claro que tú también habías recuperado tus habituales bríos. Sin embargo, y aunque echamos un buen rato aún al fresco antes de decidir que sería mejor volver a la cabaña porque el rocío estaba humedeciendo las mantas, no llegamos a grandes acuerdos estratégicos ni teóricos, Coincidimos en que ninguno de los dos consideraba muy verosímil eso de los alephs, aunque también se podría decir, siguiendo ese argumento, que si no acabáramos de aceptar la evidencia tampoco creeríamos nada verosímiles los viajes en el tiempo, así que... ¿por qué seguir cuestionándolo? La medidora, en nosotros, había demostrado poder manipular el tiempo a su antojo. Y si podía trastocarlo… ¿no era señal de que lo conocía, al menos, mejor que nosotros? Concluimos en que razonable fiarse de ella, y que por tanto nuestro papel aquí debía ser importante, acaso necesario. Por abstracto que todo ello pudiera parecernos.

Pese al resfriado de nariz que empezó a manifestarse al día siguiente, lo cierto es que la conversación nos había animado y... sí, en fin, estábamos efectivamente más relajados esa mañana, en que nos levantamos bastante tarde, y así se lo dijimos al encontrarla.

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Aparte de tener las narices un poco taponadas, nuestros dos huéspedes, convinimos la gata y yo, parecían, como ayer, estar en buen estado de salud esta mañana. Dormían, comían, bebían, hablaban... Y sí, claro, ayer me había olvidado algo, así que les pedí disculpas, les hice un par de preguntas sobre sus costumbres a la hora de lavarse, y les recomendé que se acercaran al templo o al río, como prefirieran, a pegarse un buen baño. Les recordé cómo llegar, pues parecían dudosos, y les dije que no se preocuparan, que en el templo estarían flor y ponto al tanto y que yo también iría allí dentro de un rato. Parecen gente tímida y aprensiva.

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Ya que no quiso acompañarnos, dejamos que cayera la responsabilidad sobre su cabeza y nos arriesgamos, a plena luz del día, a recorrer la ciudad solos. Hubiera sido el momento de tirar las mejores fotos, y esa mañana nos lamentamos aún más que antes de su batería agotada ya en Bizerte, las últimas fotos habían sido las de los azulejos del minarete de su mezquita. Durante el trayecto al templo, pese a la rareza evidente de nuestras ropas, zapatos y cortes de pelo, lo más que cosechamos fueron un montón de miradas y un saludo repetido, que no sabría como grafiar. A falta de cosa mejor empezamos a decirlo nosotros también a todo el que veíamos, con lo cual, como nos explicó luego ponto, habíamos ido por ahí diciendo algo así como “hola (o salud), extranjero”, a la población infantil y adulta que advirtió nuestro paso. Algo que, si no nuestro aspecto o acento, podía explicar varias de las risitas ahogadas en tosecillas, o incluso las francas carcajadas, con que muchos acogían nuestro saludo..

Volvimos a ver el puerto, examinamos la arquitectura que parecía casi urbana en ciertas calles con las casas (de dos y hasta tres pisos) con los exteriores y los marcos de puertas y ventanas pintadas en diferentes colores, sobre todo tierras, amarillos, azules y blancos, rodeadas también éstas de patios, cercados y separados de la calle por muros de piedra o adobes, y a la luz del día advertimos mejor la curiosa mezcla que, a lo largo de los varios kilómetros que podía tener el radio de la población, se daba entre lo urbano y lo rural, incluidas huertas, granjas y presencia de animales y aves de diferentes clases en todo el casco urbano Entre los animales domésticos, reconocimos gatos, perros de diferentes tamaños y pelajes (poco ladradores y al parecer no mordedores, aunque no tentamos la suerte de acercarnos a ellos, y por suerte nuestro olor o algo de nosotros parecía amedrentarlos). También mulos, pollinos, caballos, gallinas, patos, una especie de cerdos de pelo largo que colonizaban una zona boscosa y cercada, muy amplia, que hasta ahora no habíamos visitado, así como las vacas, cabras y ovejas que pacían o recorrían las franjas herbosas y arboladas que, más que las calles, estructuraban la población. Avestruces no vimos ninguna, pero no aseguraría que no las hubiera en alguna parte. En todo caso, y pese al efecto de la enumeración, la densidad de presencia animal no superaba la humana, y en general (y en eso la ciudad sí que parecía un pueblo muy largo) no había aglomeraciones ni de casas, ni de gente ni animales en ningún barrio, excepto en la consabida del puerto, donde más allá de la playa parecía celebrarse una especie de subasta o lonja de pescado fresco, que parecía estarse acabando. También había bastante gente en los anexos del templo, que finalmente encontramos después de dar lo que creíamos sería un breve rodeo y se convirtió en un paseo de un par de horas.

(...)

En los recintos del templo nos volvió a entrar la vergüenza, porque varias personas de varios sexos y edades que iban de lo juvenil a lo provecto intentaron trabar conversación con nosotros en lo que (por sus diferentes sonoridades) reconocimos como idiomas diferentes, haciéndonos seguramente preguntas acerca de nuestras ropas, gafas y procedencias. Desesperábamos de encontrar a flor y a ponto, pero evidentemente habían sido avisados de nuestra presencia, pues aparecieron como quien no quiere la cosa mientras nosotros explorábamos lo que debía ser la zona de culto del templo.

Llegamos allí a través de uno de los edificios que delimitaban la explanada festiva que tan bien conocíamos. Allí varios grupillos de personas, quizás familias enteras, parecían ocupados en celebrar una larga romería con acompañamiento de cantos, música, comida y bebida. Cruzamos entre ellos para entrar en el templo con tanta tranquilidad como si se tratase de las fiestas de un pueblo en España. ¿Se habría interrumpido aquel trasiego desde que abandonáramos la explanada perseguidos por ponto la noche de nuestra llegada? Las gentes se diseminaban, para comer y celebrar, en la explanada y las arboladas gradas que la cercaban. Distinguimos el lugar en que nos habíamos sentado la otra noche. Era increíble, pensamos, que hubiera pasado en realidad tan poco tiempo desde entonces.

(Por cierto, he pensado que quizás un viajecito… Sin salir, naturalmente de España.

¿Sabes que nunca he ido a tu pueblo? ¿Cuándo son las fiestas? ¿En verano? ¿Y si me acercara… No creas que es una frivolidad, pero quizás, un clavo saca otro clavo.)

(...)

( Como te dije, nada de viajes conjuntos en algún tiempo o nunca. A ti todo esto puede haberte animado, pero a mí no me resulta tan fácil de tragar. Si sólo por escribirla una experiencia resultase más auténtica, Dante se habría paseado por el cielo y el infierno, y eso es algo que no estoy muy dispuesto a asumir. Además, odio las fiestas de mi pueblo. Continúa o no, como te de la gana, y resígnate a aguantar la soledad de unas vacaciones solo por una vez en tu vida. Yo me niego, como te he dicho, a moverme este año a ninguna parte, y también a recibir visitas. Estoy dispuesto a escribir, pero sólo para olvidarlo.

Por favor, continúa y acabemos cuanto antes. Tengo mucho trabajo esta tarde.)

(...)

( Muy amable...)

Bien, pues pensamos que esta nueva zona, en el edificio contiguo a la explanada, era de culto porque se componía de una serie de salas con signos de ello, como estatuas y altares de hermosa arquitectura, varios de ellos pintados, así como de un vasto patio al que estas salas, casi todas ellas con unos grandes aparadores y baúles de madera, que no abrimos, se abrían.

(Y me niego a seguir. Esperaré hasta que te animes a reenviarme esto, o lo dejaré estar. No pienso escribir solo, y quedamos de común acuerdo en contarlo, leerlo y guardarlo ambos. Así que dale, cuando quieras.)

(...)

Flor y ponto nos saludaron alegre y ruidosamente, se interesaron por nuestra salud, nos preguntaron si estábamos inquietos por no poder avisar a nuestros parientes o amigos de nuestro paradero, y, en fin, entre que contestábamos a sus preguntas e intentábamos colar las nuestras, nos acompañaron, a través del mismo patio de los altares donde nos encontraron, hasta otra de las fachadas exteriores de un edificio que, evidentemente, no habíamos explorado todavía por completo: la zona de baños.

(Acepto seguir, como ves, pero este día te tocaba a ti, según otro trato.)

(...)

(Vale, vale.)

Entre las muchas cosas que nos asombraron del conjunto del templo, este ala resultó quizás la más sofisticada o sorprendente. Cuando ponto y flordecactus nos localizaron, ya habíamos examinado el patio intermedio, el de los altares o lo que fueran aquella especie como de nichos grandes, algunos con una especie de mostradores incorporados a los lienzos o paños de pared pintados. Las pinturas representaban motivos vegetales, con letras, con figuras de delfines, peces y palmeras. En otros altares o nichos había pintadas figuras humanas bajo estrellas, lunas, soles y otros astros, así como otros se formaban con simples grecas y diseños geométricos que hacían juego e incorporaban elementos de arquitectura, como piedras talladas. Algunas de las piedras eran relieves, algunas pintadas como si fueran cuadros.

El patio de los altares era largo y rectangular era como dividido longitudinalmente por un canal por el que discurría, como si de un arroyo bastante rápido se tratase, una estrecha pero bastante profunda corriente de agua, con dos pasos (losas de piedra tapando el canal) para comunicar ambos lados. Un par de esos nichos o altares o lo que fueran estaban aparentemente inacabados. Había otros que parecían antiguos, con la pintura (¿podía ser estuco?) algo vetusta y agrietada, matizada y difuminada por el paso del tiempo. En uno, que a mí particularmente me encantó, muy sencillo, protagonizado por un trozo de granito tallado y sin pintar incorporado al muro, éste excavado o construido como si del interior de una concha de un par de metros de alto y ancho se tratara, figurando el granito la base de la misma. En esa piedra, saliente, podías sentarte, como si estuvieras en el cóncavo interior de un bivalvo abierto que te protegiera o abrazara, y tenías delante, más allá del canal de agua y del enlosado del patio, el altarcillo de enfrente, que era el de las tres figurillas humanas y las dos palmeras también pequeñita y casi esquemáticas. Las tres figuras humanas estaban de pie y tenían los brazos en alto, entre una estrella, un sol y una luna que casi rozaban con sus dedos extendidos.

Además, si estabas allí sentado y hablabas, como hice yo cuando te pregunté por qué en este patio no habría nadie, la voz tenía una sonoridad especial, que te hizo dar un buen brinco. Tú estabas en ese momento tumbado en el borde de cantería del canal de agua, escuchando el agua, y así nos encontraron flor y ponto cuando llegaron. .

Entre las salutaciones anteriormente descritas, nos olvidamos de preguntarles si esta parte del templo eran capillas, enterramientos, o algún tipo de aulas de oficios (pues realmente varios de los espacios delimitados por los nichos o las secciones o altares o mostradores tenían indicios de ello: estantes con vasijas, platos, recipientes y otros objetos y utensilios de varios materiales - reconocimos el barro cocido, el hueso, la cáscara de coco y, como no, los huevos de avestruz- a medio fabricar, tallar cortar o pintar, según los casos, además de pinceles, herramientas y pigmentos de diferentes colores).

Flor y ponto nos condujeron a uno de los extremos de aquel patio, saliendo, como he dicho antes, a una fachada exterior que aún no habíamos visto. Miraba hacia la ciudad, y aquí era muy evidente que el templo se encontraba en un alto. El terreno, desde el primer nivel al lado de los muros, hasta el tercero más inferior, descendía en tres planos comunicados entre sí por tramos de escaleras y rampas laterales.

Y en el primer nivel, donde nos encontrábamos, no una, sino seis potentes bocas de agua manaban de los muros, cayendo en una especie de piscinas o bañeras grandes, poco profundas y alargadas, de unos tres o cuatro metros de largo por dos o tres de ancho cada una, recubiertas en su interior de ladrillos (algunos de ellos, vidriados, azules y verdes y blancos brillantes bajo las láminas de agua). Desde estas piscinas, pegadas al muro salía el agua por otras canalizaciones semejantes a la del patio de los altares, para caer en el segundo plano de la ladera, en otras seis pilas o canalizaciones más profundas y estrechas que se alargaban en la pendiente de ese tramo intermedio, en el cual un fuerte desnivel aceleraba la caída del agua hasta ser ésta tragada y atravesar el borde de un muro o talud que debía ser bastante alto, y quedaba fuera de nuestra visión, pero no de nuestros oídos: evidentemente allí, desde ese talud al nivel inferior, debían brotar otra vez los chorros para caer unos metros más abajo con notable fuerza, con rumor de cascada...

La parte más alejada de ese tercer nivel, bajo nuestras miradas, se extendía como una confusa mezcla de edificaciones y nuevas canalizaciones, hasta que todo aquello vertía y acababa en una corriente de agua natural, bordeada de árboles, que buscaba unos kilómetros más allá, al norte de la ciudad, su desembocadura en la línea del mar.

En fin, el paisaje de aquel lado del templo, al que llegamos desde el patio de los altares por un estrecho túnel o pasillo con bóveda de cañón, era tan sorprendente e inusitado que nos quedamos allí de pie, embobados, oyendo los ruidos del agua y sin prestar ni siquiera atención a los ocupantes (la mayor parte niños) de las hermosísimas piscinas.

Nuestros acompañantes se rieron de nuestra estupefacción, se avinieron a explicarnos que el agua provenía de unos ricos manantíos que brotaban bajo la roca del otro lado del templo, que habían sido contenidos y canalizados atravesando y surtiendo el edificio y que, además de servir para el baño y la limpieza, el verdadero objetivo de todo aquello era precipitar el agua sobre los cubos de los molinos y batanes del último nivel, invisibles desde aquí, aprovechando los abruptos taludes naturales reforzados por los constructores del templo. Agua que luego, en aquellas imprecisas edificaciones y piletas que se abrían al fondo de nuestro horizonte servía también, según nos dijeron, además de para moler el grano y lavar la lana y el lino, abastecer otros talleres de la ciudad de agua corriente (tintes, alfarería, curtidores y torneros son algunos de los que recuerdo) y dar agua también a las carnicerías y mataderos, que al parecer se congregaban en un templo bajo, cercano a la linde del mar y la desembocadura arbolada, donde un mogollón de gaviotas y otras aves parecía aglomerarse. Todo sonaba muy eficiente, y nos hubiera gustado visitarlo todo, aunque, como nos dijeron, en estas fechas de fiestas la mayor parte de la gente abandona sus oficios y se dedica sólo al placer.

Además, flor y ponto nos dijeron que si no nos parecía bien bañarnos allí, había otras instalaciones, aunque más pequeñas que estas, y unas interiores con agua que se calentaba en invierno, pero que como hacía buen día ellos nos recomendaban que siguiéramos su ejemplo. Y, cogiendo de unas tinajas que presidían cada piscina, incluida la que teníamos más cerca, unas conchas, un par de jabones y unos pequeños trozos de paño grueso, nos bañáramos. Ah, las conchas, nos dijeron, eran para echarse por encima el agua, y si los niños no las habían gastado todas, algunas podían tener también una especie de aceite de baño perfumado que nos aconsejaban que probáramos.

Bueno, el entorno parecía adecuado, el ambiente el de una piscina pública cualquiera, salvando la ausencia del olor a cloro, pero los niños y, tres piscinas más allá, el grupo de ancianas morenas sentadas en el agua que les llegaba hasta debajo de los pechos caídos, charlando y masajeándose mutuamente, estaban evidentemente tan desnudas como amenazaban quedarse inmediatamente flor y ponto a nuestro lado, así que olvidamos que la temperatura no era la más adecuada para nuestros gustos y, con la menor ceremonia de la que fuimos capaces, nos quitamos zapatos, calcetines, ropa interior, camisas, jerseys y pantalones (no exactamente por ese orden), que dejamos a salvo del agua y los viandantes al lado de las ropas de ellos, superamos temblorosamente pretil de la misma piscina en la que, ambos todavía de pie y (todo hay que decirlo) bastante menos blancos y fofos que nosotros, flor y ponto procedían, entre alegres grititos, a salpicarse mutuamente con pies y manos, una atención que no se privaron tampoco de brindarnos.

Nuestros gritos semiahogados al recibir lo que nos pareció una ducha helada, unida a la impresión de que habíamos perdido, amputadas al entrar en la piscina, súbitamente nuestras extremidades (o tus gafas, que al parecer no te quitas cuando te bañas) habían atraído la atención del corrillo de ancianas morenas, dos de las cuales se habían puesto de pie para interrogar a ponto y flor sobre nosotros, con gran interés y acogiendo sus explicaciones con exclamaciones y grititos que nos parecieron de asombro. Ellos les contestaron lo que fuera, finalmente ellas se rieron y dedicaron su atención a llamar y agarrar a unos cuantas criaturas que las rodeaban con el casi exitoso objetivo de lavarles la cabeza y frotar sus cuerpos, especialmente cráneos y pliegues corporales con algún tipo de substancia líquida o sólida que no llegamos a distinguir. Esto último provocó la desbandada generalizada de los que consiguieron escaparse, recogiendo al salir de las piscinas sin casi secarse esa especie de taparrabos o calzoncillos amplios que al parecer llevaban, por toda prenda, los niños de aquellos lares. También se calzaron apresuradamente (algunos, otros iban descalzos) diferentes modelos de chanclas de paja, zuecas, abarcas y sandalias de esparto, no siempre las que se correspondían con la talla de sus pies.

Me pregunté si los padres de aquellos críos les reñirían al llegar a casa por haber extraviado o intercambiado sus zapatos, como hacían expresa y solemnemente ahora dos criajos de unos cinco o seis años sentados en el murete de la bañera en la que estábamos. Iba a preguntarle algo sobre eso a ponto o a flor (a la que me daba cierta vergüenza mirar, es verdad, tenía los pechos hermosísimos bajo el agua) cuando una mano artera dejó escurrir sobre mi coronilla y sienes algo bastante viscoso o arcilloso, que olía a cenizas de madera, y empezó a frotarme con eso el pelo. Yo estaba sentado con la espalda apoyada en el murete de la piscina, y la mujer mayor que se me había acercado por detrás (bajita, arrugada, sonriente, ralo pelo gris atado atrás y negras pupilas resplandecientes, según pude ver al darme la vuelta) no se había cortado de tratarme, ante la aquiescencia tácita de nuestros acompañantes y tu prudente retirada al otro extremo del baño, como a uno de los chiquillos forcejeantes, y me masajeaba el cuero cabelludo mientras le decía algo a nuestros acompañantes. No parecían hablar de mí, y como no sabía qué debía hacer me limité a permanecer allí, mirando el agua y chapoteando tímidamente en ella con las manos, sintiendo que me sobraban un par de décadas para sentirme realmente a gusto, hasta que la mujer dejó de frotarme vigorosamente el pelo y los pabellones auriculares.

- ¿Qué, echas de menos tu patito de plástico?

Algo así dijiste, lo recuerdo perfectamente. Me vengué, después de sonreír y cabecear mucho hacia la mujer, que pareció divertida ante mis aspavientos, metiendo la cabeza en el agua para quitarme aquello y aprovechando para tirarte de los pies hasta conseguir hundirte hasta los hombros en el agua que parecía menos gélida que antes. No creo que te golpearas el hombro contra los bordes de la piscina tan fuerte como fingiste, y además lo del agua fría, una vez que te hacías a la idea, pedía un poco de movimiento, así que decidí perder de una vez por todas mis inhibiciones y repetí la jugada con los pies más cercanos. Flor se limitó a dejarse deslizar con gracia sobre el fondo de la piscina hasta quedarse tumbada unos segundos con la cabeza bajo el agua y más cerca de mí que antes, luego se incorporó y, abriendo los ojos y chorreando agua, cálidamente me pasó un brazo por los hombros y me preguntó, sin parecer advertir en el hecho de que nos tocáramos nada extraño, que si me estaba sentando bien el baño. ¡Vamos! Entre todos los recuerdos más o menos vívidos, agradables o desagradables, que guardo en mi memoria y en nuestro cuaderno del viaje…

En fin, y para no alargarme, reconozco que ese momento del baño fue de lo más dulce, y el agua se volvió un poco más cálida también inmediatamente, así que no te agradecí ni media que decidieras que era el más adecuado echarnos con una concha una gran cantidad de agua sobre nuestras espaldas, mientras te reías jocosamente...

Chapoteamos un rato más, tú fuiste muy seriamente conminado a probar aquel mismo champú, champú o lo que fuera, los cuatro nos enjabonamos unos a otros sin que al parecer ponto y flor (que habían recuperado la iniciativa en ese momento) tuvieran ningún reparo en tocar cuerpos ajenos, entrepiernas, vientres, ingles, nalgas y sexos incluidos (prefiero ahorrarme los comentarios, nosotros dos nos limitamos, -manoseados, pero púdicamente occidentales, católicos o hispanos- a intentar evitar tocar esas determinadas zonas ajenas sin que se nos notase mucho que no era por casualidad o despiste). Nuestros paños más interiores, calcetines y calzoncillos, fueron también enjabonados y restregados, y, después de secarnos “al sol” (al aire gélido, diríamos más bien) nos vestimos llevándonos las prendas mojadas para secarlas en casa de la medidora, que no había hecho acto de presencia esa mañana en el templo.

(…)

Mientras caminábamos en silencio, bajo ramas y pájaros, hacia ese lugar, nos sentíamos realmente bien, con los cuerpos tonificados y sin frío, como cuando uno vuelve de la playa después de pasar allí el día. Les preguntamos a ponto y flor si ellos no se bañaban en el mar, nos dijeron que sí, que claro, luego afirmaron que se morían de hambre porque habían trabajado mucho antes de encontrarnos, y desde muy temprano, y cuando les preguntamos en qué nos respondieron que habían estado acabando la pintura de las últimas máscaras y que esperaban que se secaran para esta noche, porque todas y más iban a hacer falta. Al parecer, era el último día de la fiesta de aleph.

- ¿Y...? –preguntamos nosotros, muy interesados.

- ¿Y qué? - dijo Flor. La conversación se quedó ahí, pues en ese momento llegábamos a la casa. Ellos entraron para buscar algo de comer, y nosotros tendimos como pudimos, en uno de los palos y sobre el borde del pozo los calcetines y la ropa interior, deseando poder hacer lo mismo con nuestros interrogantes. El baño había sido tan agradable, y el solecillo otoñal tan agradable… Pero enseguida entramos detrás, a ver si podíamos ayudar en algo o conseguir más información.

SIGUE EL RELATO DE ELLA. La última tarde.

Aleph... Mis manos se mueven sin que yo lo pretenda. Me siento mal, me empecé a sentir mal a media mañana, y en vez de ir al templo decidí quedarme acostada un rato a ver qué pasaba. No había comido ni bebido nada especial, no me había picado ni mordido ningún animal, no había tenido una insolación o cambio brusco de temperatura, no había sufrido caída alguna ni me había golpeado con fuerza en la cabeza... Repasé primero todas las otras posibilidades.

De acuerdo, me dije luego. Tiene que ver con este aleph, y lo que debo hacer es dejar que mi cuerpo me diga lo que quiera expresarme. Pero es demasiado fuerte en el vientre, y noto que vomito sin poder evitarlo.

Unos minutos de reposo, que aprovecho para levantarme a medias, y gatear más que caminar hasta la vasija más cercana de agua, mojar un trapo y limpiar esa mezcla de saliva con restos de comida. Veo que su color y olor es normal, quizás un punto demasiado acre.

Luego el dolor vuelve sin centrarse en ningún órgano y me tumbo otra vez en el rincón de la manta, y lucho contra el dolor por todos los medios que conozco. El más acertado, como descubro pronto (pero nunca es demasiado pronto cuando se trata de un dolor intenso) es interrogarle suavemente, separando sus partes o ingredientes, relacionándolos con el objeto adecuado, extrayendo su sentido de las palabras e imágenes que cada ingrediente del dolor convoca, buscando así el porqué más complejo de este presentarse el dolor a mi cuerpo.

Imágenes… La vaca que atraviesa mis entrañas es el empuje del tiempo acumulado, más fuerte que cualquier vaca. El tiempo hinca sus pitones muy profundamente en mi carne, y está apartándome o empujándome...

El veneno que siento circular por mi sangre y mi linfa, hinchándose en botones duros en mis ingles estriadas es el poder de destrucción... No, es el poder a secas, el poder hacer, el poder pensar, el poder medir, el poder imaginar y describir... el veneno que noto es el poder, el dios de ser capaz trayendo su peor máscara. Los gusanos que veré comiéndose mi carne cuando llegue esa fase son...

No lo sé, busco bajo el dolor los últimos restos de mi voluntad desfalleciente.

Intento respirar, intento secarme el sudor en la manta, intento mover mi cuerpo y recuperarlo, estirando y contrayendo mis músculos y articulaciones principales en el orden adecuado, de izquierda a derecha y de abajo hacia arriba, me falla la concentración a la altura de las rodillas, me aferro a la imagen de la vaca o del toro que me apresa con los cuernos, intento abrirme a su voluntad de empujarme, veo como en medio de un camino o de un desfiladero es ella y la mayor, al frente de una vigorosa manada de las salvajes que navegan como barcos en los prados del sur. Ella, al querer apartarme abre el paso que obstruía mi cuerpo tumbado, intenta hacerlo a un lado con los cuernos que se enredan en la carne. ¿Por qué tanta premura? Detrás, al final de la manada que la viene siguiente un corro de grandes perros acecha los cuartos traseros de la más retrasada, y se prepara para la carrera y el salto definitivo, los animales mugen su pánico... Bien, la situación es clara, dejo pues, tumbándome de lado, que mi cuerpo caiga a un lado del camino y resbale por su talud para que la manada pase delante, oigo las pezuñas jubilosas emprender el galope hacia la seguridad, habiendo llegado a campo abierto y no habiendo terneros entre ellas dejarán atrás el peligro pronto, o eso piensan o sienten mientras pasan jubilosamente sobre el tambor de la tierra seca de la llanura que acaban de ganar.

Jadeo sin poder evitarlo. Mis manos vuelven a abrirse y cerrarse sin que intervenga mi voluntad, prensando el aire, y me enfrento ahora con el veneno del poder. Me concentro en los bultos que crecen y amenazan detenerme la sangre y las aguas de mi cuerpo: una serpiente de bultos dolorosos que quiere colonizar en espirales el interior de mi vientre, cuando llegue a extenderse al centro de mi cuerpo me estallará el corazón.. Gimo porque la sensación crece con fuerza y no es agradable, pero conservo la cabeza fría y sé que debo centrarme y afrontarlo, dejar que la muerte que vive en mi interior estalle como una cápsula de semillas al calor del verano, semillas que no caen al aire sino que arraigan... Y sí, dejo que el corazón mío estalle, lo veo por dentro, desde la caverna cuyas paredes baten rítmicamente, en cuyo interior he estado tantas veces, ahora las dos paredes laterales se desgarran como se rompe con el golpe definitivo de viento una vela demasiado tensada, llevando la barca al naufragio, y ondean hilachas de mi corazón como látigos, el dolor es terrible pero ha de pasar... Y sí, mi corazón cae sobre mí como esa misma vela cuando el viento se calla y amaina bruscamente, cae sobre mí como las telas de mi madre cuando yo empecé a conocerla, cae, finalmente, como cae la pluma de un pájaro que flota, y entonces ya puedo darme la vuelta y comprobar que el cielo, tras la ventana, no es rojo sino azul como siempre y que, intermitente y débil, pero presente, mi corazón late aún perfectamente.

Veo a flor y a ponto en la puerta, les hago un gesto exangüe pero suficientemente imperativo de que me dejen en paz, acepto que me limpien de la cara y el cuello y la manta el último vómito, que no recuerdo, y vuelvo a cerrar los ojos, pues me faltan el poder y los gusanos, el poder de morir, mejor dicho, ya lo he experimentado pero no me siento libre todavía de él... Intento retomar la poderosa imagen, vuelvo al momento en que estalla mi corazón y ahora sí, ya no me quedo al margen, todas las venas y cauces de mi cuerpo se rajan al mismo tiempo y la marea moja mi carne, gimo sin poder evitarlo y oigo como se remueven unas personas más allá, a unos pasos que podrían ser la distancia que media entre los dos extremos del firmamento, veo un poniente y un amanecer que se producen al mismo tiempo en los dos extremos del cielo, porque me estoy muriendo hay también cuatro lunas en diferentes fases...

Cuando me recupero, los extranjeros tienen tal cara de pena que me dan pena, miro a flor y ella lo entiende porque se los lleva, ponto empieza a enredar en la alacena, me alegro de que mis dos ayudantes, que por algo lo son, entiendan sin tener que explicárselo otra vez largamente que no pueden ayudarme más que respetando mi espacio, estos dos metros cuadrados que necesito para acabar esta mi muerte súbita de aleph, de aleph cósmico, siento así otra arcada y es entonces cuando el suelo se abre y la manta se desgarra comida por los gusanos que suben desde lo profundo a devorar mi carne, abriendo con sus cientos de diminutas bocas los primeros agujeros en mi espalda. Me retuerzo, el dolor es otra vez intenso, grito varias veces porque no puedo, no puedo, nunca he podido ni podré, aceptar lo de los gusanos y pedirles que me muestren la última conseja, su propio mensaje... Me retuerzo, pero como ya es el momento empiezo a gemir y gritar y a respirar con el ritmo marcado para este momento de la superación del dolor, el dolor es el grito y el gemido y soy yo y los voy dominando y masticando en mi garganta como rumian su alimento los cuadrúpedos herbívoros, el dolor es una bola de comida que ensalivo a través de mi canto, soy un elefante que mastica, soy la gacela, soy la yegua y la vaca, soy el rumiante con todas sus bocas y estómagos en terco movimiento, al final el dolor es sólo la última bola de comida que he masticado y ahora escupo porque no la necesito.

¡Menos mal! ¡Se ha acabado! Muevo la cabeza, abro los ojos deprisa y pido, lo mejor que puedo, a ponto que me ayude ahora. Se apresta a acercarme el vaso que le indico, y él mismo me mete dos tallos de regaliz en la boca para que pueda empezar a chuparlos, su sabor es regenerador y, efectivamente, aunque los gusanos siempre me venzan, he domado y expulsado, después de extraer su sentido, dos tercios del dolor y éste es ahora algo bastante soportable, he vuelto a la normalidad y a formar parte del mundo y dentro de un rato, le digo, estaré dispuesta a salir, no hace falta que te quedes conmigo, gracias por todo.

Ponto le lleva la comida a los otros y vuelve, como no, a sentarse a mi lado y a preguntarme antes de tiempo si quiero que me cambie la manta o me lave, con sus grandes ojos marrones fijos en mi rostro y todavía preocupados. Es un buen ayudante, aunque algo blando. Como aún estoy débil ahorro fuerzas y no le contesto, pero miro sus ojos y su rostro y me alegro de que haya vuelto para quedarse, no es difícil a mi edad agradecer que alguien te atienda cuando te sientes así. Cuando era más joven, les habría echado desde el primer momento y me habría acercado yo misma a por los tallos y el agua. Como tengo otra edad, me quedo mirándole y me alegro enormemente de tenerles hasta que me entra el sueño que suele seguir a los esfuerzos, y en el bendito alivio de no tener ya dolor, me adormezco.

CONTINÚA EL RELATO DE ELLOS. Continúa el sexto día de viaje.

Cuando entramos en su casa medidora estaba echada en el suelo, evidentemente muy enferma, y ponto y flor parecían dispuestos a no hacer nada después de limpiarla, excepto empujarnos con firmeza al exterior, al patio. Luego volvieron a entrar hasta que la chica salió y nos pidió que la acompañáramos a la tercera casa o cabaña que se abría al patio, donde sin decir ni pío cogió de un anaquel un lío de trapos requemados, desenvolvió cuidadosamente su interior, y, ante nuestra sorpresa, en vez de llevarle lo que fuera que venía a buscar aquí a la medidora empezó a encender un fuego tranquilamente. Primero se agachó junto a una especie de chimenea cuadrada que había en aquella habitación y echando en el hogar, sobre unas hojas secas de conífera, la primitiva yesca, se aprestó a encender ese montoncito de polvo y trocitos que parecían de plantas resecas y machacadas, prendiéndolo con chispas de unas piedras que cogió de un montoncito que había al lado de la chimenea, para chasquearlas. Las chispas caían sobre la yesca.

- ¿No crees que deberíamos hacer algo? La medidora parece muy enferma.

Eso o algo así le dijimos, intentando no resultar acusadores. Al fin y al cabo, quizás intentaba hacer fuego para preparar algún medicamento... Salí corriendo hacia el patio a por mi mochila, donde estaban el tabaco y el mechero, y entré a dárselos para acelerar el proceso.

- ¿Está enferma o no lo está?

Eso o algo así le preguntabas tú cuando volví a entrar. Flor dijo que no sabía qué significaba exactamente en nuestro idioma “enferma”. .

- La medidora, continuó, necesita un tiempo para recuperarse. Ponto está con ella, aunque no me sorprendería que lo eche. No os preocupéis tanto.

- Sin embargo, tú pareces preocupada.

Y lo parecía, efectivamente, soplando sobre sus ramitas y aún examinando la llama del gas, que ya tanto le había interesado ayer cuando le mostramos su funcionamiento al hablar de los combustibles fósiles.

Pese a la preocupación, miramos con curiosidad a nuestro alrededor, pues todavía no habíamos entrado aquí. La cabaña, que parecía similar a la que nosotros habitábamos y a lo que habíamos visto de la casa de la medidora (en la que no había camas, ella estaba echada en el suelo, sobre una manta, y sudaba muchísimo) era bastante oscura porque no tenía ventanas. Sólo un pequeño ventanuco encima del mismo hogar.

- Estoy preocupada, sí - dijo Flor.- ¿Cómo no voy a estarlo?. Ella sufre. Tiene un dolor muy fuerte.

Resolvimos ser prácticos:

- ¿Qué medicinas tenéis para darle? ¿Hay que ir a por algo, o llevarla a alguna parte?

Nos miró con expresión inescrutable. El fuego ya estaba encendido. Lo miró unos segundos, sin contestarnos.

-Tenemos que esperar, simplemente. ¿Tenéis mucha hambre?

Aseguramos que ninguna, y era verdad.

- Pues yo sí. Voy a ver.

La seguimos sin entrar en la habitación de la medidora, para no molestarla. Aunque asomando por el hueco de la puerta abierta vimos como ponto le entregaba a flor una cesta. La medidora parecía dormida o inconsciente. Flor volvió con la cesta en la cabaña de la lumbre, cuyo techo de palos entrecruzados (ennegrecido, casi no se veía de tan oscuro) empezaba a humear. Al parecer el techo era en parte la chimenea.

- ¿Queréis traer agua? – Nos señaló una de las vasijas de barro.

Salimos al pozo, y mientras atábamos el recipiente a la cuerda y lo hundíamos para que se llenase intercambiamos, otra vez, unos susurros acongojados. Además de lamentar el malestar o la enfermedad de la medidora, asegurarnos uno al otro que tenía muy mala pinta, y de deplorar que aquella gente seguramente no tuviera un buen sistema sanitario, la breve conversación rozó brevemente el punto clave, que a los dos nos rondaba la cabeza: ¿qué pasa si se pone enferma de verdad o se muere? ¿qué pasa simplemente si tarda unos días en restablecerse?... En otras palabras: ¿qué pasa con nosotros? En vez de formularlo de ninguna de esas tres formas, dijiste algo así como:

- Esto se pone chungo.

Y yo dije algo así como:

- Sí, tío, pero el cacharro ya está lleno, tira.

En la cabaña, flor había dispuesto una especie de trípode plano sobre el fuego de ramitas. La leña estaba ya preparada, como las piedras y la yesca, alineada cuidadosamente en la pared entre el hogar y la puerta. Troncos gruesos, cortezas, hojas y ramas secas, y un buen montón de piñas al lado de la piedra plana del hogar. La hoguera chisporroteaba mientras las llamas empezaban a arder.

Cuando entramos, ella echaba en un recipiente de barro de gruesas paredes una especie de harina. Nos sentamos a su lado, en el suelo, y escuchamos el susurro de la fina columna blanca cayendo en el recipiente.

Como en un reloj de arena la arena, así caía la harina del estrecho cuello de la vasija que flordecactus inclinaba, sin mirarnos. Luego nos dio un par de varillas de madera y nos dijo que fuéramos echando el agua, e hizo ademán de levantarse. Al ver nuestras caras, se volvió a sentar y nos dedicó una breve clase de cocina práctica, vertiendo un chorro de agua y empezando a removerla fuerte y habilidosamente con la harina.

- ¿Podéis seguir vosotros? Poco a poco, no de golpe.

Asentimos solemnemente. No era el momento de andarse con chiquitas, aunque esperábamos que no nos dejaran solos preparando la comida en esos momentos, que fue precisamente lo que hizo ella, después de decirnos:

- Echadle también seis huevos. Están en la cesta.

En la cesta había efectivamente media docena de huevos, y además un montoncito de setas frescas. Nuestra experiencia micológica no sobrepasa las bandejas de champiñones troceados, así que aquello no nos dio buena espina, pero de las setas aún no se había hablado nada y además la situación no estaba para bromas, porque mientras intentábamos batir los huevos y mezclar en una masa más o menos homogénea la harina y el agua con las claras y yemas, la medidora empezó a gritar en la habitación de al lado.

Salimos escopetados al patio. Flor estaba en el vano de la puerta, y no nos atrevimos a acercarnos mucho. Nos quedamos allí, bajo el sombrajo, sintiéndonos paulatinamente más miserables, extranjeros e inútiles, hasta que ella se dio la vuelta, nos sonrió con una tranquilidad que nos pareció pasmosa mientras seguían sonando aquellos aullidos, gemidos y jadeos desgarradores, y volvió a dirigirse a la cabaña del fuego.

Fuese porque ninguno de los dos estamos hechos de la madera de los héroes, o porque nos sentíamos culpables de haber abandonado nuestra tarea en la cocina, la seguimos de nuevo. No nos pareció el momento de hablar. En silencio, como nosotros, pero sin abandonar sus apacibles modales y con aspecto cada vez más despreocupado, flor arregló como pudo el aspecto de la masa echando más agua, empuñó otra varilla y siguió batiendo la mezcla.

Los gritos continuaron un buen rato (que a nosotros se nos hizo muy largo), llegándonos con la misma extraña regularidad, que al parecer se hacía cada vez más regular hasta que se pareció bastante a un repetido canto silábico, a cuyo ritmo fuimos acoplando nosotros, casi sin darnos cuenta, nuestra propia respiración, hasta que flor – que ya había dejado de remover- nos miró y sonrió.

- No os preocupéis. La medidora está bien.

Efectivamente, la voz que llegaba desde la habitación contigua era ya parecida a la que escuchamos durante el asombroso despertar de ayer, pero ahora no nos provocaba ningún tipo de imágenes, como mucho una cierta somnolencia por la que no dejamos de sentirnos culpables. Sin embargo, la mañana había sido larga e intensa, llevábamos horas sin comer y la tensión duraba desde hacía demasiado rato, y, sí, estábamos soñolientos, casi adormecidos al calor de la hoguera. Le devolvimos la sonrisa, la voz de la medidora se calló al fin, y flor probó la temperatura de aquella especie de trípode que estaba sobre el fuego, rozándolo con los dedos con la punta de un dedo, que se había pasado antes por la boca para humedecerlo, mientras nosotros admirábamos sin decir nada la pinta de la masa casi líquida, perfectamente homogénea, que ella había conseguido preparar. Salimos de nuestra abstracción culinaria por la entrada de ponto, que levantó la cortina lo justo para asomarse, entregarle tres platos de cerámica vidriada a flor y decir antes de salir:

- ¿Comemos en el patio? Ella va a dormir un rato todavía, creo.

La chica empezó entonces a volcar encima de aquella especie de trípode (cuya superficie tenía tres huecos planos y circulares, del tamaño de platos) la masa, que se cuajaba con bastante rapidez, luego dejó el pesado recipiente en el suelo otra vez y retiró las tortas hacia los platos usando las varillas, y siguió repitiendo la operación con una solvencia y coordinación de movimientos que nos hizo desistir de ofrecerle algún tipo de ayuda. El montón de tortitas olía bien según iba creciendo.

- ¿Qué pasa con la medidora? –preguntamos-.

- No creo que tenga hambre -contestó flor, sin advertir que nos malinterpretaba.- Luego si quiere le hacemos más.

Y empezó a trocear las setas para mezclarlas con las últimas tortas.

Nuestra participación a partir de ahí se redujo a ofrecernos a lavar los platos después de comer, lo que ante nuestra sorpresa ella admitió sin más aclaraciones, al pedírselas nosotros nos dijo que para eso servía la pila del patio, y que por ahora nos fuéramos sentando. El comedor y sala de la casa de la medidora, por si no lo hemos dicho, estaba en el patio, en unas cuantas piedras planas dispuestas en círculo al lado del pozo, o en los poyos adosados a las cabañas, debajo del sombrajo.

Cuando hubo dejado las tortas en la piedra que hacía de mesa junto al pozo Flor se fue hacia la parte del patio que se abría a la fachada trasera de las cabañas, de donde volvió con unos pequeños racimos de uvas secas, casi pasas.

- Mientras duerme la medidora podemos hablar, si queréis.

Asentimos, pero por una vez no sabíamos qué conversación sacar. A fin de cuentas, flor y ponto podían estar simulando toda aquella tranquilidad, y desde luego no parecían del mismo talante que esta mañana, antes de encontrar a la medidora retorciéndose en su cabaña.

- Querríamos saber si le pasa algo grave, -insistimos-.

- Tiene esos dolores a veces. No pasa nada.

- ¿Le ha pasado desde que la conoces?

- Desde que llegué al templo. Yo soy de ... (un nombre impronunciable, que pronunció señalando un punto cardinal indeterminado). Ponto sólo está con nosotras desde hace dos años. Los dos somos sus ayudantes, como ya sabéis.

- ¿Sois sus discípulos? ¿Qué aprendéis, además de idiomas? (Esta no parecía una pregunta adecuada, pero sentíamos mucha curiosidad por todo lo que se refería al templo y la medidora.)

La palabra no parecía sonarle. Agitó la cabeza con gesto de duda.

- En cierto sentido, supongo. Discípulos… Veréis, vuestra lengua es muy complicada, y no estoy segura de entender bien muchas palabras. Sin embargo, le estoy cogiendo soltura.

Ella hizo una pausa, mirando las tortitas sobre el plato, y luego miró hacia la casa.

- ¿Vais a participar en la celebración de esta noche?

Expresamos que no teníamos ni idea, que la medidora no nos había dicho nada de ninguna celebración, y como nos parecía que ponía cara de no entendernos o de no creernos consideramos llegado el momento de aclarar nuestra posición con tres afirmaciones fundamentales:

- No sabemos bien en que consiste eso de los alephs, ni lo que tenemos qué hacer... (Esto, en tono dubitativo e interrogador)

- Ni siquiera sabemos si tenemos algo que hacer. (Esto, en tono un poco quejumbroso)

- Ni si en caso de que tuviéramos que hacer algo nosotros sabemos si lo haríamos. No lo vemos suficientemente claro. (Esto, en tono práctico y decidido).

Era una confesión en toda regla, desde nuestro punto de vista, pero ella no pareció impresionada. Asintió con la cabeza, hizo un gesto con los dedos de la mano derecha, luego dijo algo así como:

- ¿Empezamos a comer?.

Y agarró una tortita doblándola pulcramente, y un racimo de uvas.

Como nos miraba solemnemente, sin empezar, le dijimos que sí, e intentamos imitar su gesto, consiguiendo que se nos rompiesen un par de aquella especie de tortillas que comimos así, a trozos, con bastante alegría porque realmente, y pese a toda la preocupación, estábamos muertos de hambre. Pronto se nos unió ponto, después de llegar y pronunciar una curiosa versión de “¡Buen provecho!”, que le hizo reírse de sí mismo cuando le tuvimos que pedir que la repitiera, pues no entendíamos a qué se refería. Dijo también que la medidora estaba descansando, y que no creía que tardara mucho en despertarse. Dijo también, señalando con un dedo las tortas con setas, antes de sentarse y empezar a zampárselas con apetito.

- ¿No os gustan?

Dijimos que sí, que estaban muy buenas. Ésa sería nuestra última comida en aquel patio, mirando los árboles, y no amplió mucho nuestra información sobre dónde y en qué estábamos realmente metidos. Después, los acontecimientos empezaron a precipitarse.

Primero llegó un grupo de gente, cuatro hombres que se quedaron al otro lado de las matas que separaban el patio de la calle, y con los que flordecactus se levantó a hablar, mientras ponto comía y nosotros descubríamos que las uvas no estaban tampoco malas, y que si se mezclaban en la boca con los trozos de torta el resultado mejoraba.

Después los hombres se fueron y flor volvió a entrar en la casa de la medidora y tardó mucho en salir. Cuando lo hizo fue sólo para coger un balde de agua y una escoba hecha con arbustos secos atados a un mango muy corto, que estaba colgada del sombrajo al lado de nuestros calzoncillos. Nosotros intentamos entonces sonsacar a ponto, que se brindó a contestar todas nuestras preguntas, y básicamente vino a decir que no sabía nada de lo que se preparaba, porque era la primera vez que hacían esto, claro, pero que la medidora sabía y que podíamos fiarnos. No quisimos discutir ese punto.

Después sacamos otra vez agua para lavarnos las manos y llenar la pila de piedra que había en una esquina del patio, y, siguiendo a ponto dejamos los platos dentro y sacamos también de la cabaña del fuego, para lavarlo frotándolo con las manos y con un poco de arena en un paño, el grueso recipiente donde se secaban los restos de masa. Después vaciamos el agua de la pila (tenía en el fondo excavado en la piedra un desagüe que se tapaba con un trozo de corcho), echamos un poco más de agua para dejarla limpia y volvimos a taparla. Ponto echó un poco de agua en su fondo, y nos dijo que rellenáramos la vasija que habíamos utilizado para el agua, dejándola al lado de la pila.

-Es para que beba el gato, nos dijo, y acto seguido entró también en casa de la medidora, donde había sonado una voz llamándole.

¿Qué íbamos a hacer? Al acabar de fregar nos sentamos y liamos un par de cigarros. Nos habíamos dejado el mechero en la otra casa, así que fuiste a por él, encendimos los cigarros, y antes de acabarlos nos llamaron. Debían ser algo así como las cinco o las seis de la tarde de nuestro sexto día de viaje, el tercero de los que allí llevábamos. Apagamos las colillas, las metimos debajo de una piedra para no manchar el aseado patio, y entramos en casa de la medidora.

SIGUE EL RELATO DE ELLA

- Aleph.... - Eso les digo cuando ambos se arrodillan al lado de mi manta.

- Ya han venido del templo para buscarte.

- Esto corre más prisa. Tengo que hacerlo ahora.

- ¿Ahora? Pareces fatigada.

Ponto es amable, como siempre; flordecactus, que me conoce más, no dice nada.

-¿Qué tenemos qué hacer?

- Necesitaremos máscaras. Voy a levantarme.

Lo intento, pero no me sostienen las piernas todavía. Bueno, para esto no necesito caminar mucho rato. Luego podrá. Les hago gesto de que esperen un rato. Rechazo los tallos que me han vuelto a acercar, pues no necesito ahora un estimulante. Lo que necesito es un poco más de aire. Oigo mientras respiro a ponto y flor, que pronuncian ghimel amistosamente, comprendiendo mi debilidad, y también heth, heth, con esa sonoridad que se le da a la octava sílaba para animar y acompañar el esfuerzo de alguien. Eso me ilumina por dentro.

Fuera, lo noto, la tarde se está nublando sobre el mar. Esta noche, lo más tardar mañana, caerán las próximas lluvias. Invierno empieza a acabar cuando comienza.

Les digo que hagan entrar a los dos extranjeros, mis invitados. Luego me levanto, ahora sí, para ir a lavarme al pozo. Flor me acompaña y saca el agua, dice que va a calentarla al fuego. Me desnudo y empujo la ropa sucia con el pie, tendré que lavarla luego, y también la manta. Ponto medita sentado, sé que prefiere quedarse junto a mí por si me pasa algo, pero sé que estoy bien. Reconduzco mis pensamientos para encarrilarlos a la vida.

Por ejemplo: la manta quizás la queme en el sacrificio de esta noche. Me gusta desprenderme de algo cada fin de aleph y no he de olvidar la importancia de la propia fiesta anual. En el templo ya habrán empezado los primeros desfiles. A última hora de la noche, después de comer y beber, sé que tendré fuerzas para cantar a todos los presentes, y que ellos me acompañarán bajo las máscaras. Cantaré aleph con ghimel y heth, y las voces se sumarán y seguirán mi tono lealmente. Creerán que es una plegaria para el año que comienza, y quizás algunos se inquieten pensando qué oscuros males nos acecharán las lunas siguientes, para necesitar entonar esta noche previsora tantas notas de duelo y de coraje. No les explicaré que es un tributo de nuestra generación a las venideras, un llanto de duelo y aceptación para un porvenir que ninguno de nosotros, así lo espero, conocerá, ni las hijas e hijos de nuestras hijas, pero sí otros descendientes de otros pueblos y de nosotros mismos, que se acumularán donde vivieron sus antepasados y aún más allá, y heredarán una cultura a punto de serles arrebatada a golpes y a guerra

Una buena cultura, creo, y no sólo porque sea la nuestra, una cultura a punto de ser perdida cuando ellos aflojen y cedan al miedo, a la avaricia, a la espantosa costumbre de la violencia, a la propia tristeza y la resignación ante lo que se les viene encima.

Sí, diremos aleph, principio, y ghimel, duelo, y finalmente heth, ánimo, y la última y tercera sílaba será para cada presente futuro, para que os llegue navegando en las olas laterales del tiempo, las que comunican curvas y sentidos secundarios, relegados, a menudo incomprendidos, pero también presentes en la historia y el encadenarse de las generaciones y los siglos y los viajes. Heth llegará allí donde haga falta, porque antes abriremos el camino, trazaremos el puente. Además, y pienso en la muchacha del sur en el templo de eshmun, la que seguirá cuidando shadra a estas horas, no sólo hace falta aliento en los tiempos de duelo.

Será un buen canto, y a la gente, sobre todo a los niños, les encantará que haya máscaras para todos, o para casi todos. No serán todas de gran calidad, pero una hoja en su tallo para tapar los ojos, o simplemente cerrarlos, surtirán el mismo efecto. De la planta que llamas aspidistra. Sí, será un buen espectáculo, y me daré el gusto de verlo y oírlo con los ojos abiertos, hasta que pronuncie heth y me concentre en vosotros, miembros de una generación equilibrista que poblará el planeta cuando estáis vivos, cuando nosotros estamos muertos… Será, es verdad, el de este aleph un verdadero canto de duelo.

El agua caliente es una maravilla, y el trozo de jabón también. En la cabaña tengo cinco máscaras que he pintado estos días. Con tres puestas y dos en la mano, si todo va bien, haremos después del canto colectivo nuestras habituales representaciones en el templo, que tratarán... um... sobre dos extranjeros, los mismos que nos han visitado y que muchos han visto, yendo de un corro a otro para que todos los que quieran puedan verla y oírla. En ese momento estaremos contentos, y seguro que resultará gracioso.

Estaremos contentos, sí, si hemos llegado al templo. Este aleph, lo primero es lo primero.

- Flor, ¿estás dispuesta a correr un riesgo conmigo?- le pregunto solemnemente después de bañarme.

La frase es casi sacramental, y ella sabe que no debe apurarse. Medita con las cejas fruncidas, con una preocupación que debe acentuar mi propio estado físico. Ponto sale con dos cuadrado de lino limpio, que yo reservaba para otros usos, pero que acepto. Le repito la fórmula, y, como flor, agacha la cabeza para asegurar la rectitud de su respuesta. Le oigo dudar, y me enternece mientras me seco porque sé que desea volver a su tierra de origen.

- Para nosotros va a ser como morir. Luego volveremos a aquí, o eso espero, pero primero tenemos que morir.

No añado que espero llevarme la peor parte. Espero su respuesta. La verdad es que me hacen falta.

Los dos asienten al fin. Miro los árboles, las piedras, el cielo, y me preparo. Entre los árboles pasa un halcón. Un bonito presagio. Pan también ha decidido salir de su rincón favorito, donde ha permanecido, estoy segura, este largo rato mirándome y durmiéndose según los momentos. Se sube al brocal del pozo. Clava en mí sus ojos, dos pozos dorados de dibujo perfecto, dos gotitas de luz que se ha hecho carne viva, verde y dorada y gris cuando hace falta, como ahora. La acaricio mientras me alegro de volver a estar bien. La acaricio mientras deseo que no sea la última vez.

CONTINÚA EL RELATO DE ELLOS. Sexto día: en casa de la medidora (por XXX e YYY)

La casa de la medidora, que observamos al volver a entrar en ella atentamente, parecía dividida en dos partes, sin que mediaran tabiques entre ellas.

(...)

La examinamos con curiosidad, pues antes apenas habíamos atisbado, y era el primer “interior” doméstico al que teníamos acceso, aparte, claro, de nuestra cabaña o casa de invitados, donde había poco más que las mantas, las dos camas y la lámpara, que sólo nos encendieron la primera noche. En ésta no se veían lámparas.

CONTINÚA EL RELATO DE LA MEDIDORA: en el patio, con sus ayudantes.

No les he dicho que espero llevarme la peor parte...

No se lo he dicho, pero pienso en ello mientras me preparo. Me visto una de las telas que os destinaba por si queríais cambiar de abrigo, y que ahora ya no servirán para ese fin. Además de la muerte física, sentiré lo demás, y esta vez será real, porque el velo del tiempo tiene que volver a caer como antes estaba, tapando mi mordedura de gusano, el puente aún abierto entre mi carne.

Doblo la prenda sucia, y la baño en la pila. Ponto me ayuda. La dejaré ahí hasta tenderla mañana. Toco en silencio la piedra de granito que excavaron, cuando eran más jóvenes, mis brazos, a golpes de escoplo y de martillo, tallando sus bordes y su desagüe.

La muerte, la destrucción, todo lo que amo y se va a perder. La ciudad, el bosque, la llanura de los animales. Las cañadas, los claros, los propios animales y las plantas. Las hijas y los hijos de los nietos de los nietos de los nietos que nunca tendré, pero que serán más míos cada vez al mezclarse las sangres.... Voy a asistir a esa muerte, otra vez, peor que ninguna de mis peores pesadillas. Y cuando el tiempo, todo el tiempo que media de nosotros a ellos caiga, lo hará muy deprisa, y será verdadero. Caerá verdaderamente. Moriremos.

Si yo no fuera la medidora del templo, si no supiera tanto del futuro, no me dolería tanto como sé que me va a doler, si es que lo soporto. Pero será una medida definitiva. Mi alma colectiva me dejará en paz después de esto. Y que los muertos entierren a sus muertos.

Espero sobrevivir, me digo a mí misma mientras acaricio la gata. Mi pequeña diosa felina.

También es verdad que si yo no fuera la medidora del templo no habría llegado a ver que la muerte, toda muerte, es poco más que un cambio de estado. Allí donde se acaban nuestras mediciones ese cambio deja de ser un hecho relevante. Sé esto y soy fuerte, sino no me habría metido arriesgado a meterme en esto. Lo terminaré y sobreviviré.

Genero sobre ese deseo toda la confianza que puedo, y recibo toda la que ella me aporta. Mi caricia es una forma de darle las gracias. La sigo acariciando mientras como un poquito, no demasiado. Me hace falta.

¿Va a funcionar? ¿Vamos a sobrevivir todos?...

Eso le pregunto, en silencio, a la gata, antes de incorporarme y entrar. Como ella es amable y enigmática, no le cuesta decirme que sí, irradiando confianza de sus ojos de gata.

CONTINÚA EL RELATO DE ELLOS, SEXTO DÍA: en casa de la medidora (por XXX e YYY)

En la pared frente a la puerta se abría la ventana, un cuadrado que dejaba ver ramas de los árboles de detrás de la casa. A la derecha de la puerta se levantaba la pared que separaba esta habitación de la nuestra. A la izquierda, según se entraba, el rincón con la manta sobre el suelo, con lo que sería el cabecero pegado a la pared. Ahora la manta estaba doblada allí, donde antes tenía su cabeza la mujer postrada. Bajo la ventana, abierta aproximadamente a la altura de nuestros hombros, un estrecho “armario de obra” (de brillantes ladrillos cocidos, las comillas son mías) sin puertas, cuya superficie creaba una pequeña encimera o estante a la altura de los codos. Dentro del armarillo y encima de esta encimera, algunas vasijas y recipientes de barro pintado y sin pintar, de diferentes formas, y supongo, contenido, cinco de ellas de cuello estrecho como botellas, tres platos hondos con tapa y otros seis más llanos, apilados en un montón. Había también varias cestas cuadradas tapadas con sendos paños, que no levantamos.

(...)

El resto de la habitación (de unos diez o doce metros cuadrados, techada como la nuestra) era un cuadrilátero ocupado en tres de sus lados con unos anaqueles o aparadores similares a los que habíamos visto en el templo, de madera los laterales y la superficie, con puertas correderas sobre una fila de piedras del suelo, todas del mismo tamaño, talladas cuidadosamente con un filo saliente. Las puertas estaba realizadas con un marco de madera (trabajado evidentemente el listón inferior con una ranura para aprovechar esos raíles) y esa especie de paja u otras fibras trenzadas (material que también habíamos visto antes, sin conseguir identificarlo) formando una lámina más delgada y clara que el marco de madera, y eran (o parecían, pues no nos atrevimos a intentar abrirlas) bastante ligeras. Cada aparador tenía dos, montadas a una distancia suficiente para poder superponerse.

(...)

Esas diferencias de profundidad en los paños verticales de las puertas, amén de los propios dibujos de las fibras vegetales, con dos diseños que se sucedían y enlazaban aparentemente, les daban un aspecto bastante atractivo a los muebles. Fijándonos más, como tuvimos tiempo que hacer porque nos dejaron solos un montón de tiempo, mientras al parecer la medidora se bañaba, vimos que no eran idénticos al aparador que habíamos examinado en el templo, una de cuyas puertas era más sólida, de madera, y estaba abierta, dejando ver dentro varios estantes del mismo material con un montón de telas dobladas dentro.

(...)

Creo que habría que precisar: cuando nos llamaron, y después de dirigirnos un par de sonrisas y pedirnos que entráramos y nos pusiéramos cómodos, pues convenía que “nos preparáramos”, la medidora salió sostenida por flor y ponto. Cualquiera entenderá que no pidiéramos más aclaraciones, y también que nos quedáramos dentro de la casa cuando ellos salieron, visto el panorama de la enferma desnudándose al lado del pozo. Así que nos quedamos dentro, y examinamos el mobiliario.

Evidentemente, aquel aparador en forma de u no era un mueble contra ladrones, y en una ciudad donde las principales puertas de los hogares eran cortinas de colores, eso daba bastante que pensar. Por otra parte, el aspecto de esa parte de la habitación, ese cuadrilátero cuidadosamente enlosado con cachos de piedras pequeñas más o menos cuadradas ingeniosamente dispuestas para mostrar su mejor cara, formando una “tarima” unos centímetros más alta que el suelo de la zona de entrada, (dormitorio y... ¿trabajo?... ¿almacenamiento de utillaje doméstico?,,,), cuyas piedras brillaban aún un poco porque acababan de ser fregada, era bastante solemne. Todo parecía muy limpio y recién fregado.

Sobre la superficie de los aparadores tampoco había polvo, y formaban un mostrador alto compuesto por tablas cuidadosamente enceradas, (o eso nos pareció al pasar las manos sobre la lisa y agradable superficie, tímidamente). Como único adorno, había en el aparador central, apoyadas contra la pared, cinco máscaras. En los dos laterales, nada. Quizás ese arreglo fuera lo que daba su tono solemne al cuadrilátero empedrado, y uno se preguntaba a qué usos estaría destinado ese espacio, sino simplemente a sentarse, y también qué contendrían aquellos muebles. Atisbando, es verdad, entre las pajas trenzadas del que recibía a esa hora más luz de la media tarde, nos pareció atisbar una fila de frascos dispersos en un estante. Aparte de eso, el interior del mueble parecía muy vacío. Además, al arrodillarnos curiosamente (aceptando la recomendación de ponernos cómodos, vamos) vimos que la paja de una de las puertas de un aparador lateral estaba arañada y comida por las uñas de la gata, seguramente, lo que nos demostró que era un felino doméstico bastante normal, pues el mío, como te comenté para distraer aquel rato de huroneo y ensimismamientos, hacía lo mismo: elegía una superficie adaptada a tal uso y la convertía en su lugar particular y favorito de limarse las uñas. Las fibras trenzadas, fueran de lo que fueran, debían formar un material bastante fuerte, porque pese ello no presentaban desgarraduras, como te comenté, sintiéndome cada vez menos Sherlock y más Watson, y en general bastante estúpido con mis observaciones. Para redondear el efecto, o simplemente para ver si te animabas tú a decir algo, comenté que por el resto la gata parecía un perro, y que si te habías fijado en cómo había salido siguiendo a la medidora después de olisquearnos.

(...)

Ambos estábamos igualmente preocupados, pese a que tú afectaras lo contrario, y después de examinar el interior de la casa tuvimos, más o menos la siguiente conversación. Tú, bajando el tono de voz después de decir algo sobre los muebles o sobre la disposición de la habitación o sobre el gato:

- ¿Qué vamos a hacer?

Yo, decidido a mostrarme práctico como al parecer debo ser porque así crees tú que soy, algo que nadie más (y yo mucho menos) comparto:

- Depende de lo que nos pidan.

En realidad yo esperaba, como no, una segunda opinión, por eso lo dije. Pero tienes esa mala costumbre, perdona que te lo diga, de ampararte en las opiniones ajenas sin darte cuenta de que lo haces, como he ido descubriendo cada vez más a lo largo de este relato, aunque quizás esta idea sea tan absurda como la tuya acerca de los “bríos” de mi carácter.

Bueno, fuera por lo que fuese te quedaste callado, así que continué hablando, y te pregunté, más o menos, si tú creías que la medidora nos podía devolver a nuestro “tiempo”, y si se lo íbamos a pedir inmediatamente o le sugeríamos quedarnos unos días...

(...)

Sí, (obvio el paréntesis, me alegra ver que se te está levantando el ánimo) sí, hablamos de eso y de si tendría sentido comentarle algo acerca de las fechas del vuelo, y que si esto era un bucle temporal como nosotros nos imaginábamos, quizás fuera posible que nos quedáramos allí unos días o incluso más tiempo sin que tuviéramos que perderlo. En fin, en unas cuantas frases nos dio tiempo, efectivamente, a enredarnos en la cuestión de las paradojas temporales, cuando tú dijiste

- Me gustaría preguntárselo a la medidora.

- A mí también hay muchas cosas que me gustaría preguntarle – contesté yo. Esperábamos poder hacerlo cuando volvieran, o quizás mañana, si hoy se hacía tarde y ella tenía que descansar para recuperarse.

Meditamos unos segundos mirando la manta doblada, las luces de la puerta y de la ventana uniéndose en el suelo que a diferencia del de nuestra habitación, parecía donde no estaba empedrado de tierra arcillosa y arena compactada, pues tenía un tono rojizo, pero no era polvoriento.

La habitación, desde donde estábamos sentados, nos pareció muy agradable. Aunque evidentemente sería húmeda y fría cuando hiciera más frío, con los dos vanos abiertos sin protección contra las inclemencias del tiempo, que ahora dejaban entrar sólo la luz del sol (el de la ventana alargando la sombra de su marco en el suelo, pues caía la tarde y miraba, creo, al sur o al oeste, cuanto más pienso en los puntos cardinales más me joroba no acordarme con precisión). Esa tarde, no sé si lo has comentado, tenía un aire casi primaveral o veraniego, más que otoñal. Una de mis preguntas habría sido, ahora que lo pienso, sobre el clima de aquel extraño lugar. ¿Sería normal ese calor estos días de noviembre? ¿O estábamos simplemente en otro mes del año?...

En fin, no sigamos dilatando la narración.

- Espero que esté realmente bien –dijiste.-

- Yo también –te contesté.-

- Si está enferma quizás no sea el momento de irnos.

- Por otra parte, si está enferma quizás no pueda transportarnos. Dijo que lo haría pronto, ¿no?

- Sí.

- A mí no me importaría quedarme unos días.

- A mí tampoco.

No sé si volvimos en ese momento de la conversación al viejo tópico “esto es una locura”. En todo caso, para dármelas yo también de psicólogo, ambos dábamos vueltas sin comunicarnos algo que en realidad nos preocupaba más, trazando argumentos cada vez más circulares...

- Si dijo que lo haría, creo que nos podemos fiar.

- No se habrá puesto enferma por todo esto, ¿no?

En fin, para qué seguir. Hablamos así hasta que, fuera por miedo o por curiosidad o porque estábamos a gusto, los dos estuvimos de acuerdo en que, si nos pedían nuestra opinión, les preguntaríamos si nos podíamos quedar unos días sin perder el avión. Eso, y todo lo relacionado con el posible viaje de vuelta, su posibilidad o imposibilidad, su momento, su adecuación o inadecuación a nuestros verdaderos deseos, etc. etc. (creo que llegamos incluso a preguntarnos a nosotros mismos cosas como si habría algún trabajo que pudiéramos conseguir allí sin conocer el idioma para “pagarnos nuestros gastos”, en caso de poder quedarnos una temporada) parecían los únicos temas de conversación que nos podíamos o nos queríamos permitir en aquellos minutos preciosos antes de que pasara algo.

Que iba a pasar algo lo tuvimos claro (o lo empezamos a sospechar o a temer) desde que nos llamaron para que entráramos en la habitación de la medidora, creo. Claro que simplemente era posible que la medidora quisiera tomar su ducha en soledad, (no, no queríamos asomarnos continuamente a ver qué pasaba en el patio, ese tipo de cosas no son de muy buena educación, y nosotros, fuese por lo que fuese, nos sentíamos más “invitados” que “secuestrados”, eso era tan evidente que ni siquiera lo habíamos comentado). También podía ocurrir que lo que estuvieran haciendo ahí fuera fuese algún tipo de curación más o menos ritual. Para nuestros gustos, salir a mojarse al aire libre cuando uno tiene la cara desencajada que llevaba esa mujer, y se apoya como ella lo hacía en los brazos de dos personas es una animalada, pero viajad y veréis mundo, como decía mi padre.

Esperábamos a que alguien entrase o nos llamara. En el patio se escuchó el caer del agua, pero ninguna conversación. Claro que las paredes, pese a la puerta abierta, podían simplemente ahogar las voces. Nosotros no nos sentíamos escuchados.

Finalmente, cuando entraron, no fuimos nosotros quienes abordamos la situación, sino la chica que conocimos como flordecactus.

(...)

Efectivamente. Llegaron y se sentaron con nosotros. (Más concretamente, a nuestra derecha y como nosotros, aprovechando el respaldo de los aparadores, con las piernas flexionadas, se sentó ponto, a su lado flor cruzó grácilmente las piernas bajo su cuerpo, y frente a nosotros la medidora se sentó sobre sus talones, con las rodillas plegadas y juntas, y las manos apoyadas en las rodillas. La postura le prestaba, con la espalda totalmente recta y la barbilla alta, como la mantenía, un aspecto de gran dignidad. Parecía totalmente repuesta y ya no sudaba. En lugar de la especie de bata cruzada que llevaba antes, vestía ahora una especie de toalla fina y larga de color claro, que parecía casi grisáceo a la luz del cuarto.

Flor, como dices, fue la primera en hablar, y repitiendo un gesto con la mano derecha, que creo que ya le habíamos visto antes y se me ha quedado grabado, dijo algo así como:

-Tienen tres preguntas.

Nos miró como preguntando si continuaba. Asentimos con la mirada, claro está. Aquella muchacha encandilaba, y su acento había mejorado notablemente. Antes, mientras hacía la comida, quizás preocupada por la medidora, había vuelto a sonarnos extraño, pero ahora no recuerdo que nos provocara esa impresión. O quizás, porque esto de los acentos es muy subjetivo, fuimos nosotros los que en ese momento de preocupación nuestra nos volvimos a fijar en su extrañeza, a la que las últimas horas de trato (y especialmente la alegre mañana en los baños del tempo) ya nos habían acostumbrado.

Quien sabe, y, también, qué más da. Sin embargo, ahora que nos queda tan poco, siento como nunca la tentación del detalle. A fin de cuentas fue eso, prometer que contaríamos todo lo que recordásemos, lo que me hizo engancharme con el plan de emprender y acabar este absurdo relato. ( Creo también... )

(...)

(He borrado, como ves, la última parte de tu mensaje. Aunque es un derecho que hemos practicado poco, acordamos que borraríamos todo lo que, pese a ser un documento destinado a quedarse en la privacidad de nuestros archivos de documentos, no deseábamos que figurara entre las conversaciones que sobre su escritura mantuviéramos a través de este medio, conversaciones por escrito que, decidimos, formarían igualmente parte del relato. Y en este caso lo he borrado. Pensaré si debo darte respuesta.

Continúo, después de esta breve interrupción, el relato de esa tarde).

(…)

- Tienen tres preguntas - dijo flor, dejándonos estupefactos. La medidora la miró:- Bueno, tres aparte de las que tratan sobre ti.

Le agradecimos in mente que no detallara. Ella continuó, más o menos así:

- No han comprendido qué son los alephs, y desearían saber más. Saber si tienen que hacer algo en el fin de éste, y qué sería. Tampoco saben si querrían hacerlo, lo cual es más una duda que una pregunta.

(Esta gente era bastante puntillosa a veces en el modo de hablar. Además, me fijé en ese detalle, enumeró con los dedos contando hasta tres, mientras pergeñaba las frases.)

- ¿Qué hacemos aquí, a fin de cuentas? Eso es lo que queremos saber –la interrumpí yo. No acostumbro a ser impetuoso, pero en esta ocasión me salió del estómago.

- A todos nos gustaría saberlo, supongo.- Éste fue ponto, y me sorprendió su tono. Hasta este momento pensaba que eran totalmente dóciles con respecto a la medidora, sin embargo al interpelarla ahora me pareció... ¿cómo decirlo?... quizás desafiante. Acaso era que se ponía de nuestro lado, o simplemente que se preocupaba, como nosotros, por su parte de intervención prevista en este invento.

- Yo estoy aquí –contestó la medidora- y os he convocado aquí a los cuatro, para crear un puente entre alephs, del remoto pasado al remoto futuro, buscando una inversión en la dinámica del tiempo. Sin embargo, no es que yo o vosotros podamos alterar el tiempo. Si esa inversión se está produciendo, ya está en marcha. Si no, desde luego ni yo ni vosotros podemos hacer nada. No se trata de eso. Pero hay que vivirlo

- Me gusta, por cierto – continuó- esa forma tan directa que tiene vuestro idioma de preguntar: ¿qué hacemos aquí? Quizás no hacemos nada. Simplemente estamos.

Se quedó callada como si esa última afirmación fuera la respuesta a nuestra pregunta. Sonrió.

- Y el hecho de que estemos aquí es el puente.

Volvió a sonreír:

- ¿No lo entendéis?

Nos preguntó:

- ¿Os habéis sentido bien entre nosotros?

La respuesta era dudosa, quizás, pues habíamos tenido realmente muy malos ratos, como ayer mismo, o durante la primera noche. Pero dijimos que sí, que habíamos estado muy a gusto. ¿A qué venía ahora ese cambio de tema?

- Nuestra cultura es diferente a la de otros pueblos –continuó ella.- Los que vivimos aquí (hizo un gesto circular que podría referirse lo mismo a una ciudad que a medio continente) somos pueblos diferentes, pero hemos llegado a entendernos bien. Ésa es nuestra cultura.

- He conocido extranjeros, extranjeros contemporáneos nuestros, extranjeros de otros lugares, que no hubieran estado a gusto ni medio día aquí. Nos desprecian, o nos despreciarían si llegaran a conocernos. Nos odiarían, les pareceríamos un peligro a destruir.

- De hecho, – sonrió extemporáneamente, quizás fuera una mueca, pero parecía una sonrisa- nos destruirán. Nosotros comerciamos, pero no saqueamos ni robamos por la fuerza, ni siquiera imponemos nuestras propias condiciones ni leyes. Comerciamos porque es bueno que se trafique entre personas y que exista intercambio. Corremos ese riesgo, y nos ha beneficiado.

-No imponemos, he dicho. Esto cambiará. Esa gente lo cambiará. Y aunque se enriquezcan, o piensen que lo hagan, cada vez más dejarán de beneficiarse. Cada vez el comercio será menos benéfico, pues esclavizará o perjudicará cada vez más incluso al que crea beneficiarse de él.

-¿Eso tendría que cambiar, no?

La pregunta fue tan súbita, que nos pilló totalmente por sorpresa. Así dicho... Los dos contestamos que sí, que eso tendría que cambiar.

(Si debo decirlo todo, la sensación que tuve después de oír nuestros dos síes, fue que nos habían metido un gol. “Todo lo que diga puede ser utilizado en contra suya...” ¡Dios, qué increíble sistema jurídico puede haber llegado a crear semejante expresión! Fuera por lo que fuese, así me sentía yo, y me prometí no volver a decir nada más sin pensármelo bien. Ella nos estaba introduciendo en su propio juego, pensé. Lo que aún no sabía era cual era.).

- Sí, pero – quise matizar - ¿a qué te refieres con beneficios? Y además, ¿en qué te basas para afirmar todo eso? ¿Son cosas que tú has visto?

- Y además, ¿hablas de tu futuro, de nuestro pasado, o de nuestro futuro? – quisiste saber tú-.

- ¿Y hablas de personas o de sociedades? ¿ De países? ¿de grupos? ¿O hablas del mundo entero? - quisimos saber ambos.

- No hay tiempo para eso. Lo siento. La pregunta era válida para cualquier momento. Y la verdad, me refería a vuestro presente.

La siguiente interpelación por nuestra parte hubiera sido quizás: “demuestra eso que dices”. Pero nos cortó así, sin más, diciendo que no había tiempo. Sonaba a imposición, eso. No me pareció juego limpio, y lo dije. Dinos al menos qué querías decir con beneficiarse en vez de enriquecerse.

- Lo siento, de verdad, no hay mucho tiempo. Beneficio es lo que vuestra palabra dice, es lo que hace bien a alguien. Para afirmar todo esto me baso en intuiciones. Hablo de vuestro futuro, que también es el mío, y de vuestro presente, que será el futuro de mi pueblo y de todos los pueblos que viven ahora. Podría equivocarme al formularlo. Pero cuando he dicho que no hay tiempo para largas contestaciones, no me equivoco. He dicho la verdad. Yo no tengo más tiempo. Vosotros no lo tenéis. ¿Puedo continuar?

Le dijimos que sí, esta vez sin resquemores. Volvía a tener muy mala cara. Aunque mantenía su posición hierática la vi tocarse varias veces el vientre y las piernas con las manos, como quien se toca porque le duele algo. No creo que fingiera.

- ¿Qué sentíais ayer cuando mirabais la llanura de los animales? – nos preguntó a continuación-. Yo sentí vuestra impresión. A mí me impresionó vuestra impresión. Nosotros rara vez pisamos la llanura de los animales. No cazamos ni cultivamos allí. Ese terreno no es nuestro. Nuestros caminos lo cruzan, como los de otros animales, pero pocos salimos del camino y nos internamos en esa llanura.

- Podéis decir que la respetamos, o que es sagrada para nosotros. Yo sentí vuestra impresión ayer. Esa es una de las claves.

No hay nada malo en decir lo que uno siente. Si me hubiera pedido que explicara lo que sentí al ver ese lugar hubiera contestado de buen grado. Pero no hubo tal interrogación. En su lugar, nos formuló otra pregunta:

- ¿Os importa que hagamos esta noche una parodia sobre vosotros? Dentro del festival, para los grupos.

El cambio de tono, otra vez, y de contenido, sobre todo, fue tan brusco, que apenas comprendimos a qué se refería. Al parecer, había dado por acabada la parte trascendente de la conversación, y la pregunta sonó ligera, casi casual, como una ocurrencia de última hora. Ella señaló las máscaras que estaban sobre el aparador, a sus espaldas. Fue ponto el que contestó, dando su opinión, al parecer, y adoptando una expresión de regocijo... (¿de alivio?, se me ocurre pensar ahora), preguntó a su vez:

- ¿Imitaremos a dos extranjeros de paseo por la ciudad? Sí, será divertido para la gente. ¡Me pido hacer de medidora!

Flor se rió, y preguntó a su vez, en tono muy práctico:

- ¿Tendremos tiempo para hablarlo antes de que empiece el festival? Recuerda que ya te están esperando.

- Sólo iré para el canto colectivo, a última hora -respondió la medidora.- La imitación la haremos luego, si os parece.

De pronto, aquello parecía una reunión para preparar algún tipo de evento al que no sabíamos si estábamos o no invitados, y de un minuto a otro, me dio la sensación, iban a ponerse a hablar en su propio idioma, como ya nos habían hecho alguna vez. (Luego solían disculparse y traducirnos muy cortésmente, todo hay que decirlo, lo que habían dicho.).

- Pero aún no estamos allí ni entonces –continuó la medidora, y los rostros de flor y ponto volvieron, creo, a ensombrecerse. Y ella nos preguntó, mirándonos a los ojos casi curiosamente:- ¿Queréis cantar conmigo antes de iros, o mejor dicho, mientras os vais? El puente ya está creado. Lo haremos con esas mismas máscaras.

Fue a coger las que tenía detrás, sobre el aparador central al fondo de la habitación, pero no completó el movimiento. Flor se le adelantó, se levantó y empezó a repartirlas.

- Os las tenéis que poner si queréis volver a vuestro mundo –dijo la medidora.- Ahora. Si tardamos mucho más –otra vez sonrió- me temo que no voy a estar lista ni para la hora del canto. Me siento un poco débil, y para esto hace falta mucha concentración Ésta es una experiencia que no pienso repetir – aclaró.-.

- ¿Nos ponemos las máscaras ahora?, dijo ponto.

- Sí, dijo la medidora.

Se pusieron las máscaras, sin más orificios que dos agujeros en el lugar de los ojos. La medidora todavía nos miraba, sin taparse la cara.

Eran dos cáscaras de cara, blancas a la luz de la tarde en la ventana. Poco más que el perfil de dos ojos almendrados pintados con un pincel de trazo grueso, y un dulce signo vegetal en lugar de la boca. Hojillas lobuladas, en otra un pequeño trébol.

Sin armazón de ningún tipo, dos trozos de huevo de avestruz que sujetaban ponto y flor con la punta los dedos.

- ¿Queréis cantar conmigo ahora?, nos preguntó la medidora. Tenía el rostro atento y remoto al mismo tiempo.

Era ahora o nunca, al parecer. Pero aún les mirábamos, sin responder.

- No va a influir en nada. Podéis cantar o no -dijo la medidora del templo- como queráis.

Y nosotros la creímos, aunque no nos creíamos capaces de cantar mucho en esos momentos. Sonreímos a flor y a ponto, dos ojos de verdad debajo de la máscara, asentimos mirando hacia la medidora, y nos tapamos la cara. Entonces empezó el canto.

Era en otro idioma, un idioma que nadie entiende ni conoce en nuestros días. Era una lengua muerta, pero sonaba bien y decía así:

la locura y el peso, la necesidad en la destrucción

la vaca impetuosa

la serpiente de bultos, los gusanos

que se comerán nuestra carne

los gemelos terribles

el huevo que no eclosionó

la máscara que nos tapa los ojos

los que son otros

los que somos nosotros

el puente que se tiende

la corriente que fluye

los pasos

los pasos sobre el agua de las gentes…

Y seguía, repitiendo los mismos versos una y otra vez, en diferentes órdenes...

La recuerdo perfectamente, porque la oí cientos o millones de veces, comprendiendo su significado, cada vez más pendiente de la voz hasta que dejé de oír ni de percibir ninguna otra cosa.

(...)

Mientras oíamos el canto, dejamos de estar allí arrodillados (habíamos imitado la actitud de la medidora, y nos sentamos sobre nuestros talones como ella estaba, con las rodillas juntas, la espalda recta, su máscara, idéntica a la de flor y ponto, idéntica a las nuestras, todavía en la mano.

Así la recuerdo yo, pronunciando en voz baja las palabras con la cabeza alta, hasta que dejé de ver nada y me quedé como ciego, como quieto, como muerto, como ido, y perdí hasta la noción de mi cuerpo.

Dejamos de estar allí arrodillados. Aparecimos de pie en Bizérte, en la real ciudad de Bizerte, justo al comienzo del puente, en la carretera. Creo que si hubiera habido tráfico en esos momentos, los coches nos podrían haber arrollado mil veces sin que nos diéramos cuenta. Pero el tráfico estaba detenido, esperando. No sé cuánto tiempo permanecimos allí, mirando como estupefactos el espectáculo que se desarrollaba delante de nuestros ojos. Unos minutos, supongo, mientras el trozo de carretera y acerado que teníamos delante, el puente levadizo de Bizèrte se levantaba para permitir el paso de un barco, que no llegamos a ver.

(...)

El puente se elevó y se bajó otra vez. El tráfico se reanudó. La gente (no éramos los únicos peatones allí detenidos junto a los coches) se echó a andar. Y al final nosotros también. Cruzamos el puente y volvimos a entrar en la misma ciudad que habíamos conocido antes de entrar a comer en el restaurante.

(...)

Nos sentíamos como zombis. Tardamos muchísimo en recuperarnos. Caminamos, sin decirnos nada uno al otro, durante varias horas.

(...)

Vimos otra vez la ciudad. Entramos por el arco de piedra calcárea que apenas tenía unos siglos. Vimos el agua sucia del diminuto puerto. Rodeamos el perímetro urbano. Las carreteras se abrían, los edificios tapaban lo que nos rodeaba.

(...)

No era el mismo paisaje en ningún sentido, estoy seguro. Yo creo que estuvimos en Útica o en cap Bon o en Byrsa o en Kerkouane o en Maktar... Da igual. Los días que nos quedaban en el país recorrimos todas las ruinas que pudimos de los establecimientos púnicos, fenicios o cartagineses, como les queráis llamar, del país, sin encontrar ningún parecido concluyente.

(...)

Ningún paisaje era el mismo. Ninguna ruina. Ningún lugar. Ninguna montaña. Ningún accidente geográfico.

(…)

Ese día, en Byzerte, encontramos el coche de alquiler y probamos la llave. Ahí, habrían pasado unas cuantas horas, volvimos a hablar por vez primera.

- Vamos al restaurante, decidimos.

(...)

-“¿Pour quoi vous étes sortis?”, nos preguntó cuando entramos el camarero o dueño del restaurante, algo indignado. “Difficil, maintenant, difficil”, decía agitando las manos.

Nos parecía un marciano, pero acabamos por entender su punto de vista, incluso con nuestros dos malos franceses juntos, el suyo y el nuestro. Durante esa absurda conversación tuve mi primer pensamiento coherente de la tarde: me juré aprender algo de árabe antes de volver a esta zona del mundo.

(...)

(Sano voto que no has cumplido. Yo me había jurado hasta aprender ese maldito alfabeto, pero no encuentro nada. Creo que mi voto era menos sano.)

(...)

(Sobraba esa interrupción. Interrumpe el relato.)

(...)

¿Volvemos al cuaderno? Tenemos mogollón escrito de esos días.

(...)

¡Ni de coña! Tira y acaba.

(...)

¿Qué hay de ese viaje juntos este verano?

(...)

(No releas mi frase anterior. Te la voy a volver a copiar yo mismo otra vez antes de reenviarte esto:

- ¡Ni de coña! Tira y acaba.)

(...)

Al parecer, según acabamos por comprender cuando comprendimos, dentro de nuestro increíble aturdimiento, el punto de vista de aquel hombre, dueño o camarero del restaurante, desde su punto de vista habían pasado unas cuantas horas entre que salimos del restaurante y volvimos a entrar en el, y no sé si comprendió algo de lo que sobre nuestro propio punto de vista llegáramos a expresar en ese momento en castellano. En todo caso, teníamos realmente hambre después de deambular durante horas, y una comida muy tardía en un restaurante casi desierto se convirtió así en una cena aún más tardía en un restaurante abarrotado.

EPÍLOGO. En el restaurante. El final del viaje.

Y es que cuando conseguimos empezar a parecer normales, nos disculpamos como pudimos y preguntamos si podíamos volver a sentarnos para comer algo.

(...)

Lo preguntamos... Aproximadamente así:

- Excusez-nous, monsieur, desolés.. Est ce que on pourrait manger encore maintenant quelque chose, ou ...?

(Codazo en mi costado, susurro en mi hombro: “pregúntale si no es demasiado tarde”. Te propino un empujón defensivo y continúo mi frase como puedo, el hombre me mira ya menos indignado –tenía razón porque empezamos preguntando cosas como “¿podemos entrar ahí, nos puede abrir la puerta del fondo, la que está cerrada y no son los wáteres?” (tú, después de dar un par de vueltas por el local y “est ce qu’ on peur entrer audelas du restaurant ?” (yo, llegando sudoroso a tu lado), además de un increíble montón de incoherencias más, en todos los idiomas que conocíamos o creíamos conocer y con todas las muestras de enajenación mental posibles, que eran aún muchas en esos momentos. Incluso le soltamos las palabras que recordábamos del canto, y las repetimos mientras nos miraba con ojos atónitos antes de dejarnos con la palabra en la boca para servir los platos de otros clientes, y volver pacientemente a ver qué queríamos... Por suerte el canto no intentamos ni intentar traducirlo, se lo dijimos tal como lo oíamos aún en el interior de nuestras cabezas, en perfecto castellano con un extraño acento... Sí, el hombre tenía mucha razón, y nosotros ninguna. Le recuerdo con mucho cariño, pese al olor... - )

(...)

Sí, el olor las primeras horas fue lo peor. En toda la ciudad. Desde que llegamos al puente. El aire. El olor de los coches. Yo aún no lo he olvidado. Continúa.

(...)

Lo preguntamos, y nos excusamos... Aproximadamente así:

- Est ce trop tard pour... (chispazo de iluminación) ... pour dîner?

(Pausa y repetición, por si acaso, mientras el hombre ponía cara de ir comprendiendo que aparte de lo mismos tarados de antes éramos también dos turistas hambrientos, y por tanto, otra vez, dos clientes)

- Est-ce trop tard por manger? - Acotaste tú aún, llevándote las manos a la boca, gesto por tu parte que no agradecí especialmente, pero que ayudó al buen hombre a decidirse. Después de decirnos que esperáramos unos minutos, nos dieron una mesa. No la que queríamos, pero al menos estábamos aquí, donde todo había empezado o continuado. Otra vez sentados aquí. La puerta por la que la medidora nos había hecho pasar había desaparecido..

(...)

No nos dieron la misma mesa, la primera en la que habíamos estado, sino la tercera a lo largo del pasillo, pasillo cuyo fondo era un muro. Quizás lo hicieron para que no se nos ocurriera escapársenos otra vez, como por la mañana, después de hacer la comanda de los platos, dejando abiertas sobre la mesa la botella de agua y la botella de vino, aprovechando un descuido del camarero.

Si fue por eso por lo que acabamos en la tercera mesa, la tercera desde la puerta y la segunda contando desde el fondo del pasillo, que desde luego no tenía ninguna puerta, me pregunto qué pensarían cuando nos vieron, entre plato y plato, palpar con cuerpos y manos el susodicho muro, donde un día (un día distinto, según nosotros, no el mismo día) viéramos abrirse la puerta luminosa.

A lo mejor ni se fijaron. Había muchos clientes, y, después de que nos sentáramos, yo creo que se desentendieron de nosotros.

En todo caso, la primera mesa, donde hace unos días nos habíamos sentado, estaba ocupada. Cuatro personas deglutientes a las que yo me acerqué por detrás, hasta quedar a su lado, como la camarera que luego no lo era había hecho allí mismo. Lo hice varias veces, por si acaso, a ver si pasaba algo, sin el menor resultado. Ni siquiera me permitieron sentarme.

(...)

Y qué pensarían también cuando (con la excusa de ir al lavabo, me dijiste) te levantaste, entraste con las manos extendidas en ambas toilettes, saliste precipitadamente, e intentaste nuevamente forzar una puerta cerrada, que debía llevar al almacén.

Por suerte te sentaste antes de que las cosas pasaran a mayores, aunque se produjese un pequeño revuelo de voces en el restaurante, y el camarero se acodara más cerca de nosotros, en la barra, abandonando al hombre con el que antes había estado hablando.

Tú palpabas, yo tampoco había recuperado plenamente la normalidad en la vista, estuvimos como con los ojos velados aún por la máscara, aunque viéramos, hasta que dormimos esa noche en nuestro propio hotel, y no había pasado (al menos no nos cobraron ningún recargo cuando lo abandonamos en pos del aeropuerto, unos días más tarde) ninguna noche más que las establecidas en nuestra tarjeta de viaje. Debajo de nuestros nombres (nom / name/ nome/ nombre, dos puntos y una línea en blanco para cubrir), debajo del número de la habitación (chambre / room / zimmer / camera / habitación, dos puntos y una línea en blanco para cubrir). Sí, estaba allí: “arrivée” o “arrival” y “départ” o ”departure”, y debajo los respectivos espacios para apuntarlas, antes de la inexistente “signature”, última palabra de una tarjeta que aún tengo delante, una palabra al lado de la cual nadie había firmado. Allí estaba esa semana, en ese espacio inferior de nuestra tarjeta de la compañía “tal tal hoteles”, allí donde el pluri-lingüismo se reducía a dos lenguas por motivos de espacio o de importancia. Ahí estaban nuestras dos fechas de llegada y salida. En la primera fecha, el personal del hotel la había graciosamente rellenado, en aquel vestíbulo, mientras sorbíamos un sorbete de sabor indeterminado, cansados por el viaje en avión que acabábamos de realizar. En la segunda, nos iríamos del país, y los días inexistentes irían cayendo, poco a poco, en el olvido.

(...)

Hecho

(...)

Hecho

(...)

Me alegro.

(...)

(...)

Esto ya no forma parte del relato, pero puedes dejarlo como última frase: ¿te has pensado ya lo de ese viaje?...

FIN



1 Nota: los títulos de los parágrafos, así como el relato de ella, se incorporaron

posteriormente al documento. Se han eliminado, posteriormente, la mayor parte de las “firmas”

(XXX, YYY) con que los redactores intentaron proteger su identidad, por considerar que obstruían la lectura.

[1] Los puntos suspensivos entre paréntesis (...) indicarán a partir de aquí los reenvíos del documento

· Les Phéniciens (Éditions Stock, 1997) publicado por primera vez en 1988 como catálogo de una veneciana exposición