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jueves, 22 de abril de 2010

LA CASA DE LA PESADILLA... CAPÍTULO 1º para AUTO-edición por entregas en blog ASNEIDA

Antes del accidente o incidente que ya, con el título que éste lleva, he encontrado narrado en internet, había perdido el contacto con ellos. Hace ya tiempo que no veo a mis amigos Klaus y Enma. Ignoro si en su momento entró también en los pequeños titulares de la prensa local, quizás en las líneas de las páginas interiores de las fechas siguientes a los sucesos. Quizás suscitó en su día que algún cámara se acercara a grabar el aspecto de aquellas fachadas, o que un redactor resumiera lo que pasó en unas breves palabras, lo ignoro.

No he querido tampoco, después de recibir el llamamiento de Klaus, informarme más. Me parece por completo irrelevante que su caso llegara o no a esos espacios. Sus consecuencias están,. a día de hoy y según me cuenta él mismo en su vehemente escrito, en manos tanto de los tribunales como de los médicos.

Para contestar a su petición escribo hoy estas líneas sobre aquellos derrumbes y aquel enmudecimiento. No sé si podré trasladar cómo fueron los hechos.

Por una parte, fue mi estancia en aquel rincón de uno de los barrios más típicos del lugar en que acontecieron, bastante fugaz, y previa a las sucesivas remodelaciones que cambiaron algo la cara al lugar, y, (aún menos que Klaus y Enma), poco llegué a conocer a sus vecinos. Yo me mudé de allí tres años antes de que pasara esto.

Pero, por las fotos y el relato que ellos, Klaus y Enma, me han hecho llegar, además de por mi propia experiencia allí, intentaré reconstruir, tal y como me cabe imaginar, aquellos días escasos que duró la que Enma califica de pesadilla.

Klaus, a quien cuando le conocí muchos llamaban “Santa”, es un tiarrón de casi dos metros, que entonces y ahora luce unas pobladas barbas rubias y una complexión física más imponente en la España a la que llegó de joven, con apenas veintiséis años, que en su Sajonia natal.

Con Enma, una mujercita de aspecto dulce pero terca como un asno, salí yo mismo tiempo después durante unos meses, hasta que se emparejó con el alemán, y ellos, yo y otros dos amigos nos mudamos, a título casi experimental, a la ciudad en que años después se desarrollaron los hechos.

Hoy, ella no habla, al parecer a causa de lo sucedido, y él me escribió ayer para pedirme que les diera nueva luz en este relato.

***

Extrañamente, recuerdo más el tiempo en que todos, junto con otros, vivíamos en lugares como Madrid y Barcelona y Girona y Balears; de Klaus, por ejemplo, tengo grabada la imagen...

Pero esto no interesa. Enma es Enma, y lamento la presentación que le he hecho, pero es así: dulce y terca.

Dulce y tercamente intentó abordar aquellos pocos días el problema doméstico, mientras Klaus... Ya lo contaré.

En primer lugar, ella fue a la taberna. Eran como las diez y viente de la primera mañana de los días en que se concentra lo sucedido mañana, y había otras mujeres comprando alguna cosas. La taberna es el súper, y el súper es la taberna, y así la recuerdo yo, y adjuntas van las fotos para que la veáis cómo es ahora.

En el entonces al que me refiero, era todavía parte, pero ya apéndice, del nuevo negocio “Supermercado típico” La Taberna de Lagrurre”. Así he decidido apodar en este relato, supuestamente de ficción, a la población que muchos podrán reconocer en la descripción. La habrán visitado de algún modo.

Y más no quiero decir de Lagrurre, cuya descripción íntegra y perfecta encontrarán en muchas guías turísticas a través de internet. Quienes la conocen sabrán si conocieron o reconocieron la calle a que me refiero.

¿Qué es una ciudad? Un conjunto físico y humano, sin duda. Un cuerpo, en este sentido de la orgánica moderna. Anatómicamente, y en disección, veamos un trocito minúsculo, apenas cincuenta buenas carretadas de piedras y tierra a través de los siglos.

Las piedras y la tierra del yacimiento arqueológico son como una de los zancos en que se apoya esta ciudad en su río.. Y sobre esa columna en reposo hay restos antiguos y modernos mezclados, otros sólo modernos, y otros, antiguos, aún organizados, como huesos bajo la piel de la ciudad, en formas como la adoptada por la taberna supermercado.

Bistos en un diagrama, parecen un muslo de pollo o un anco de rana.

Enri, que vivió con nosotros un mes, en mi casa. Klaus y enma ocupaban la que ahora tienen ya:, que es pequeña, especialmente la planta superior, donde su estudio; allí Klaus parecía siempre casi un enano, enmudecido su cuerpo de gigantón por aquellos lienzos enormes en os que trabajaba tanto).

Fue el quien me enseñó el diagrama de los restos arqueológicos debajo y en el retorcido ¿edificio..? de la taberna supermercado . Aquí, me iba señalando con un lápiz, están las cavas de las tabernas y la ciudad romana, los almacenes, la calle estrecha. Aquí... Y subía y se desviaba... Está el nivel medio de la ladera.

- ¿Y mi casa?, preguntaba yo, por no bostezar. Enri era buen muchacho, pero demasiado amante de lo suyo.

- Estamos aquí, señalaba triunfalmente. Viste...Pero como... tres metros detrás. Esto es un alzado, ya sabes...

Está su portal tres casas más allá y en la misma calle que la casa de la Enma a la que me refiero.

Imaginárosla: rubita, no muy alta, con carita de cuarenta años sin pintar y a punto de salir a la calle después de haber sufrido un susto de muerte en su casa. Klaús trabajaba y estornudaba a ratos en el piso de arriba.

Según luego me contó, ignoraba aún las preocupaciones que aquejaban a su “mujé”, como pronunciaba aún su gótica garganta a veces, buscando en vano una frau en Enma, de quien estaba, y sigue, al parecer completamente enamorado.

Y es que Santa siempre nos dijo que estaba harto de las frau de su país, y muy satisfecho de las que había conocido hasta dar con ella. Yo la tenía entonces en mis brazos, todo hay que decirlo, fue una tarde en un pub, creo, eso me han dicho, luego ya ella empezó con Klaus, se empezó a hablar de dècamper como si fuera un verbo recién inventado en castellano, y nos abrimos todos. Unos días al campo, con su familia, Enri, al sur de Francia. Yo a mi pueblo castellano. Klaus a Euskadi. Enma se quedó en casa. Al final del verano, empezamos a buscar sitios para mudarnos.

Muchos tiraron a Pirineos, Chelo y Luis, al menos; otros a Lleida, nosotros a Lagurre. Y era 1993.

El caso, que Enma sale de la planta baja sin decirle a Santa que sale.

Lleva un buen susto en el cuerpo, pero no se lo notaríais porque ella es impasible para estas cosas. Se va toda compungida a la taberna-súper, espera su turno y empieza a pagar. Entonces se anima a comentar, con su voz finita, finita (Enma cantaba razonablemente bien antes, además de hablar, que yo sepa, perfectamente) por primera vez a alguien lo que tanto le inquieta esos días.

No como haría con alguien de su confianza, como Klaus o cualquier amigo de los que tienen en Lagurre, o como le contaría lo que pasaba a mí mismo si la hubiera encontrado ese día allí en Lgurre por la calle.

Concretamente, el vecino de enfrente, al menos auno de los vecinos de enfrente.

Ya cuando vivíamos allí los tres hablaba así de ellos: “los vecinos de enfrente”. Una familia de varios hermanos, unos tíos, una madre, pocos hijos..

No sé con quien sería. Uno de los hermanos, quizás... ¿cómo se llamaba?... Roberto o uno de ellos.

Así que le pregunta, mientras paga, así, de sopetón, que si ellos no han tenido problemas de agua aquí abajo, en la taberna. Y miró al suelo, estoy seguro, porque siempre lo hacía. Enma es de esas tías que siempre miran hacia aquello a lo que se refieren. Miró al suelo de la Taberna, un suelo típico, con un feo revestimiento cerámica de reciente instalación en la parte de la barra, pero aún de piedra y sólido donde los haya en toda la zona de tránsito de los clientes.

Antes de continuar, un dato importante: Lagrurre es ciudad turística, artística, patrimonial, o como sea que le digan ahora al tema del arte en esto de internet. Su arte es la arquitectura, la construcción. Eso era al menos lo que Enri decía, y lo que a él le atrajo allí unos semanas. Luego viví un año y pico allí, luego me vine aquí y aquí estoy, contando lo que pasó aquel día.

Empezaré por lo que había pasado en su casa antes de que Enma, sin decirle nada a Klaus, cruzara aquella maldita calle poco después de levantarse y vestirse la mañana del martes.

Daré más datos sobre esto luego. Apuntar sólo aquí, que, como en ciertas localidades conquenses y otras exquisiteces del juego geología-arte, parte del caserío de este lugar, el más antiguo, se asienta en el lateral de una pequeña falla geológica. Un tema importante para la historia que nos ocupa, según un tío al que he consultado en internet

CONTINUARÁ EN CAPÍTULO 2º

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